Friday, January 02, 2009

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA Y LOS POETAS DOMINICANOS


"Pedro Henríquez Ureña y las primeras
antologías poéticas dominicanas"

Por: Alejandro Paulino Ramos


(En las tres fotos que aparecen arríba, en ensayista y filológo Pedro Henríquez Ureña)


En Pasado por Agua, sección aparecida en Vetas número 87, publicamos un documento oficial relativo a la formación de una antología para ser incluida, por la Real Academia de la Lengua Española, en la Antología de Poesía Hispanoamericana. Más recientemente encontramos un texto de Pedro Henríquez Ureña en que se refiere a ella, aclarando que no se le puede considerar la primera, pues antes se había publicado en 1874 el libro La Lira de Quisqueya, de José Castellanos, el primer intento para recopilar y presentar la producción de los más importantes poetas de la República Dominicana: «Se ensayó a hacerla, sin éxito, dos veces -dice Pedro Henríquez Ureña en su escrito Sobre la Antología publicado en la revista La Cuna de América, en 1904- una por Don José Castellanos en 1874 con su colección de La Lira de Quisqueya, que pecó por una falta absoluta y tremenda de selección; otra, en 1892, cuando la Academia Española propuso la Antología de Poetas Hispano-Americanos, que no dio resultado respecto de Santo Domingo ‘porque se compuso exclusivamente de versos de autores muertos’, y entonces aún vivían todos los mejores poetas dominicanos». El argumento, a nuestro entender errado, para rechazar las antologías de 1874 y 1892 estaba sustentado en que los poemas que aparecen en la «Reseña histórico-critica de la poesía en Santo Domingo» eran de «autores muertos», cuando en realidad una parte importante de los que aparecen en ella estaban todavía vivos, como eran, por ejemplo, Salomé Ureña, Federico Henríquez y Carvajal, Enrique Henríquez y Arturo B. Pellerano. En La Lira de Quisqueya también muchos de los que aparecen estaban vivos al publicarse la obra. Posiblemente el interés de Pedro Henríquez Ureña radicaba en que se publicara otra antología que recogiera a los escritores de finales del siglo XIX y principio del XX, especialmente a los que no aparecen en las antologías anteriores. Pedro Henríquez Ureña escribió su artículo «Sobre la Antología» en 1904, para anunciar la que en ese momento estaba preparando el historiador Américo Lugo, y que parece no llegó a publicarse. Por lo menos en 1906 todavía no se había impreso y el propio Lugo anuncia que «está en preparación la Antología de Poetas Dominicanos»; pero revisando las diferentes antologías que recogen los libros del historiador, ella no aparece reseñada ni citada, por lo que creemos no llegó a concretizarse. En 1906 Américo Lugo publicó una obra que tituló «Bibliografía», en la que incluye su interesante ensayo «Notas sobre nuestro movimiento literario», y emite juicios críticos sobre los más importantes escritores muertos entonces: Unos «cuantos escritores yacen, sin embargo, en nuestro panteón literario, sobre cuyos labios inspirados jamás tendrá completa jurisdicción la muerte». También tocó la producción de los poetas contemporáneos a él y separó las generaciones en dos: los anteriores y posteriores a 1880, estos últimos influenciados por Hostos y la Escuela Normal. En cuanto a José Castellanos y su «Lira de Quisqueya», la que Henríquez Ureña considera antología fallida, su obra impresa en 1874 consta de 328 páginas en las que aparecen las notas biográficas-literarias de los 17 poetas y 2 poetisas, además de sus mejores poesías: Manuel María Valencia, Javier Angulo Guridi, Félix María Del Monte, Nicolás Ureña, Félix Mota, José María González, Josefa A. Perdomo, Manuel de Jesús de Peña, José Francisco Pichardo, Manuel Rodríguez Objío, José Francisco Pellerano, José Joaquín Pérez, Miguel Román y Rodríguez, Manuel de Jesús Rodríguez, Federico Henríquez y Carvajal, Juan Isidro Ortea, Salomé Ureña, Francisco Javier Machado y Apolinar Tejera. Los señalamientos críticos sobre las primeras antologías de la poesía dominicana, hechos por Henríquez Ureña, resultan de interés para la historia de la literatura dominicana de principio de siglo XX. Su aporte, enviado desde La Habana, Cuba, en octubre de 1904, fue publicado en la revista dominicana La Cuna de América número 73, del 20 de noviembre del mismo año. Invitamos a su lectura en las páginas siguientes.APARA



“SOBRE LA ANTOLOGÍA”


Por: Pedro Henríquez Ureña

Revista “La Cuna de América”, Santo Domingo,
Año II, número 73, 20 de noviembre de 1904.

“Hace poco anunció “La Cuna de América” que el celebrado escritor Américo Lugo tiene en preparación una Antología de poetas dominicanos, obra que podría ser útil como ninguna a las letras patrias, pero que hasta ahora no se ha realizado en buena forma.

Se ensayó a hacerla, sin éxito, dos veces: una por Don José Castellanos en 18784 con su colección “La Lira de Quisqueya”, que pecó por una falta absoluta y tremenda de selección; otra, en 1892, cuando la Academia Española propuso la Antología de Poetas Hispano-Americanos, que no dio resultado respecto de Santo Domingo porque se compuso exclusivamente de versos de autores muertos, y entonces aún vivían todos los mejores poetas dominicanos.

Así, la antología dominicana está aún por hacerse. Y es, sin embargo, el área donde deben guardarse las joyas de nuestro parnaso. Una colección de autores nacionales sería ponderosa e inútil, pues con excepciones contadas y conocidas, nuestros poetas, sobre todo los viejos, solamente han producido, cada uno, tres o cuatro composiciones selectas, que, por otro lado, sería lastima perder.

Por esto, la Antología dominicana exige de su colector un gusto refinado y certero, y un don de selección escrupulosa y justa. Pero precisamente el colector actual, el Lcdo. Lugo, es el prosista más brillante de nuestra juventud y una de nuestras más vigorosas intelectualidades.

De toda la poesía escrita en Santo Domingo desde su colonización, solamente cabe en una Antología alguna de la escrita a partir del siglo xix. Antes, sobre todo en los primeros días de la colonia, hicieron allí versos españoles y nativos, y por cierto figura entre ellos la más antigua de las poetisas americanas, la monja Doña Leonor de Ovando; pero esos versos sólo pueden conservarse a titulo de curiosidad.

El primer poeta dominicano digno de tal nombre es Francisco Muñoz Delmonte, tenido generalmente por cubano y devuelto a nuestro parnaso por Menéndez Pelayo.

Es discutible la legitimidad de esa devolución, porque si Muñoz Delmonte solía recordar (Mi cumpleaños) que había nacido a orillas del Yaque, aún con mayor insistencia llamaba a Cuba su Patria. De todos modos, en una Antología genuinamente dominicana no hace falta, porque su poesía no se relaciona con la vida de nuestro país.

Los primeros ensayos serios, pero aún muy pobres, de poesía dominicana, los hicieron Núñez de Cáceres con su Oda a los vencedores de Palo Hincado, luego Manuel J. Delmonte y Manuel M. Valencia, a quienes sigue, al fundarse la República, la generación que preside Félix Maria Delmonte y en la cual forman Javier y Alejandro Angulo Guridi, Félix Mota, Felipe Dávila Fernández de Castro, José Maria González, Nicolás Ureña de Mendoza y Encarnación Echavarría de Delmonte.

Harto difícil es escoger lo que debe conservarse entre las producciones de esta generación. Si se procede con un criterio como el del escritor hostosiano, que recientemente quiso reducir a cincuenta el numero de grandes obras poéticas de los Estados Unidos; si se emplea el mismo rigor de Menéndez Pelayo, que no incluyó en la Antología Americana versos de ninguno de esta generación (el único poeta dominicano admitido fue Muñoz Delmonte), hay que desecharlos a todos con la posible excepción del que cito como jefe intelectual, que aún vivía cuando juzgó a los otros el docto académico.

Pero sí, perdonando los defectos debidos a la pobreza del medio en esa época, se estima conveniente conservar lo mejor de estos versificadores, es aún muy difícil la selección. A la distancia, hoy nos parecen todos demasiado fríos e incorrectos. Por ejemplo, entre el mar de versos líricos y dramáticos de Javier Angulo Guridi, solo rememoro como selectos algunos pasajes vibrantes del poema “Iguaniona”, otros de su oda “Al grande arquitecto del universo”, y aquella estrofa celebre de “A la vista de Santo Domingo” que principia: “Quien te dijera, Grecia, que algún día...”

De Félix Mota, a quien injustamente pone Menéndez Pelayo por encima de Angulo Guridi, puede someterse a juicio “La Virgen de Ozama”, en sáficos métricamente correctos pero algo incoherentes.

Y pasando por alto a los demás, creo que merecen conservarse el soneto “A mi patria” de Encarnación Echavarría de Delmonte, y “Un guajiro predilecto”, de Nicolás Ureña, consagrado por el voto popular.

Desde luego, debe tratarse especialmente a Félix Maria Delmonte. Ahí están sus versos políticos: el soneto “A Santana”, la “Despedida”, el soneto “A mi patria”, a mi juicio inferior al de su esposa, pero citada por Pepe Candido como uno de los mejores ejemplares de poesía nacional, “El arpa del proscrito”, muy vigorosa, si algo afeada por la repetición de la invectiva y del nombre propio. En otros géneros, quedan a opción la “Dolora”, muy delicada, el apólogo “La tórtola”, y sus versos eróticos publicados en los Lunes del Listín poco antes de su muerte: dos sonetos, y unas octavas que principian: “Tú que en los sueños de mi edad primera…”

La generación siguiente, la de Meriño, Galván y Tejera produjo más y mejores prosistas que poetas. Los cuatro más conocidos por sus versos son Josefa Antonia Perdomo, Manuel Rodríguez Objío, José Francisco Pichardo, y Manuel de J. de Peña y Reynoso. De los dos primeros, fecundísimos e incorrectos, hay sendos tomos de `poesías entre las que difícilmente se hallará alguna digna de antología: lo más sentido y cuidado de Rodríguez Objío “Acto de fe”, escrito días antes de su muerte, y entre las composiciones últimas de la Perdomo las más correctas y animadas son “A Dios”, “A Bolívar”, “Triunfo de la patria”, y los sonetos “Desconsuelo y desencanto”.

Pichardo, demasiado extenso y quejumbroso, suele tener algunos hermosos versos aislados en “Suspiros y deseos” y el romance “A la palma”; y Peña y Reinoso tiene trozos selectos, como “El color azul”, que pueden tomarse en consideración.

Con la tercera generación literaria de la República, que florece a partir de la Restauración, alcanza la poesía dominicana sus cimas más altas alta ahora, en José Joaquín Pérez y Salomé Ureña de Henríquez. En segundo lugar figuran en esta época Juan Isidro Ortea, muy espontáneo en “Tú y yo” (a José Joaquín Pérez) y “sueños”; y Federico Henríquez y Carvajal, que se ha distinguido con su “Americana” y algunos de sus versos más recientes.

Si se debe ser prudente y escrupuloso al elegir entre los medianos, creo que aún mayor tino es necesario para reunir las piezas que deban representar a los mejores, sin incluir ninguna ociosa, sin excluir ninguna capital. Y a veces, surgen dudas, porque una composición de tercer orden entre las de un poeta superior suele ser más hermosa que la más selecta de un poeta mediano.

Mi admiración por José Joaquín Pérez me ha llevado a estudiar a fondo su obra poética, dispersa y vasta, y de aquí que me atreva a sugerir, como sus más esplendidas y significativas composiciones estas: “Tu cuna y su sepulcro”, “Ecos del destierro”, “La vuelta al hogar”, “Quisqueyana”, “El junco verde”, “Guacanagarí en las ruinas de Marién”, “El voto de Anacona”, “Un mambí”, “Salomé Ureña”, “El nuevo indígena”, y “El amor de Magdalena”; en segundo lugar “Ráfagas”, “Mis canas”, “Americana”, a Polita Delima y Carmen Brigé, “El 5 de julio”, “La torcaz”, “En la cumbre” (a G. F. Deligne), “Retoños”.

Quedan sus “Contornos y relieves”, todos dignos de antologías, especialmente el numero VI, y su traducciones de Thomas Moore; una, “Lágrima por lágrima”, finísima.

En cuanto a Solomé Ureña, la selección es más fácil por ser muy conocidas sus poesías sobresalientes: “Ruinas”, “La fe en el porvenir”, “La llegada del invierno”, “Impresiones”, “En el nacimiento de mi primogenitito”, “Sombras”, “Mi ofrenda a la patria”, “En la muerte de Ulises F. Espaillat” y “Tierra”. En segundo término hay que escoger entre “La gloria del progreso”, “Melancolía”, “A la patria”, “A los Dominicanos”, “El ave y el nido”, “A Quisqueya”, “En defensa de la Sociedad”, “Luz”, “A mi esposo ausente” (1880), “Mi óbolo”, “Angustias”, ”Fe”, “Umbra-Resurrexit”, y el numero XIX del poema “Anacaona”.

Las generaciones siguientes ocupan ahora la palestra, y han producido varios poetas correctos y fecundos, como Pellerano Castro, los Deligne, B. O. Pérez, que no estarían cabalmente representados en un número corto de sus obras.

Los poetas muertos de estas generaciones son Pablo Pumarol, satírico que de nada dejó que pasara de una corrección mediana; Virginia E. Ortea, muy sentimental en algunas rimas breves (El poeta, Para ti) Mariano Soler y Meriño, promesa tronchada en flor que apenas indicó sus posibilidades en rasgos como “Mi esperanza”; César Nicolás Penson, de quien hay que conservar a toda costa el “Poema de los humildes” y la “Víspera del combate”, llamado por Lugo “acaso el más hermoso de nuestros cantos”; Bartolomé Olegario Pérez, uno de nuestros más inspirados de todas las épocas, que ha dejado multitud de trozos magníficos, entre los cuales recuerdo “Lucha sagrada”, “Todo es tarde”, “Noche buena”, “Psalmo”, y Rafael A. Deligne, que llegó a dominar el verso y a producir varias joyas: “Ella”, muy sentida, “Por las barcas”, “A las almas tristes”, ,”Insolación”, “Voces mudas” , y otras.

Entre los vivos sobresalen Gastón Fernando Deligne y Arturo Pellerano Castro quienes, por desgracia, no han producido en estos últimos días tanto hermoso como en sus principios. Las flores de antología de Gastón son “Angustias”, “Maireni”, “aniquilamiento” (para mí la más brillante y levantada), “Valle de lágrimas”, “El Silfos” (paráfrasis) y “En memoria de nuestro primer poeta”; secundariamente, “Confidencia de Cristina”, “Epitalamio”, “Arriba el pabellón”, “Subjetiva”, “En el botado”, “Los Monóstrofes”, y su último romance de la Hispaniola “Montbars el Exterminador”.


Pellerano Castro tiene sus grupos de “Criollas”, “Cantos bohemios”, “Americanas”, “Patriótica” y las breves estrofas “Tristes” como “Ah”… y aquel incomparable poema en seis versos “En el Cementerio”.

Después, van Fabio Fiallo, que está casi todo en su volumen “Primavera sentimental” y algunos rasgos sueltos, “Vibraciones”, “Ave Reina” &; Isabel Amechazurra de Pellerano con tres perlas: “Levántate”, “Estrofas” y “Cartas de mi madre”; y Enrique Henríquez, el poeta erótico de los “Nocturnos” y de la “Epístola a Beatriz” (celebrada por M.A. Machado), que ha sido también poeta civil aunque menos espontáneo, en “La Lira Americana” y “Miserere”.

Si otros poetas vivos deberían citarse aquí, vale dejar a la opinión del ilustrado colector el escoger los más dignos de la antología; pero no quiero pasar sin mención estas composiciones selectas: “La madre del porvenir”, de Emilio Prud´homme; “Te quiero porque sufres”, de Andrejulio R. Aybar; “Salve” de José E. Otero Nolasco, y “Campestre” de Bienvenido S. Nouel.

Resta citar a la juventud novísima, aunque es muy arriesgado juzgarla. Varios en la nueva generación poseen felices cualidades y disposiciones, y el triunfo de Perdomo y Morales en el Certamen de Agosto es significativo.

A mi juicio, los dos adalides de la poesía juvenil dominicana son Valentín Giró y Porfirio Herrera. Este es el más correcto, el más sereno; aquel más variado, más animado, más original. Su “Iba Cristo” se me antoja un rasgo excepcional, a pesar de sus vaguedades.

Por de contado, sería imprudente querer incluir en una Antología las producciones de la juventud que aún no ha definido su personalidad, y podría quedar falsamente representada; y no están faltos de razón los académicos que opinan que sólo a los muertos se puede juzgar definitivamente, pero, si no engañan los entusiasmos, poetas como los dos jóvenes que cito están destinados a figurar, a su debido tiempo, en las antologías”.

Habana, octubre 1904.




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