Friday, May 16, 2008



Eugenio María de Hostos: Ciudadano de la Inmortalidad

Por : Miguel Collado

(En las fotos: 1) Eugenio María de Hostos (1839-1903), 2) Alejandro Paulino y Miguel Collado en el Archivo General de la Nación, Santo Domingo, 2008). Conferencia dictada por Miguel Collado en el Congreso Hostos y Martí en New York, CUNY 2003.

Fueron varias las ocasiones en que el ilustre dominicano Federico Henríquez y Carvajal tuvo que contestar la siguiente pregunta: “¿Cómo ha visto y ve usted al señor Hostos?”. Una de ellas fue cuando, el 14 de enero de 1939, pronunciaba su histórico discurso a propósito del centenario del natalicio del Apóstol antillano:

“Siempre lo vi i aun lo veo de alma entera. Así lo vi siempre porque estuve, en un lapso de veintiocho años, muy cerca de él, junto a él, a su lado; nunca en frente i tampoco a sus espaldas. Era bueno. Era sabio. Era justo”. (1)

Es en esa misma ocasión, y al cierre de su discurso, cuando el amigo entrañable de Hostos y de Martí, exclama y sentencia:

“...se oye de nuevo el clamor de la noche triste, el cual ya no es una censura ni una protesta, sino una clarinidad de la Historia que nos dice: ‘Los Grandes Muertos dan testimonio de que Los Grandes Vivos no mueren. Ellos sobreviven, cuando son sembradores e iluminadores i con sus obras i con su vida edifican el alma de las generaciones del presente i el alma de las generaciones del futuro...’” (2)

Decimos nosotros, ahora, a 100 años de su fallecimiento, que Eugenio María de Hostos siempre ha sido un Gran Vivo y desde su tumba centenaria sigue dando testimonio de ello, porque la grandeza de su obra espiritual y el ejemplo de su vida como extraordinario ser humano, le sirven de fundamento incuestionable; porque fue un Sembrador como ningún otro en América y porque no hubo senda por donde anduviera que no iluminara con la luz de su pensamiento. Quizá por todo esto es que una extraordinaria mujer y brillante educadora como Ivelisse Prats Ramírez de Pérez nos hace la siguiente confesión:

“...mientras más tiempo pasa más lo admiro y reverencio, más me asombran su valor infinito, su modestia acrisolada, su vocación abnegada de darlo todo por la libertad de los pueblos y de los espíritus.[...] Estaba lleno de una bondad y generosidad que lo condujeron por la vida bordeando el martirio, libre de los egoísmos mundanos, aferrado a esa utopía que cuando hablaba la hacía ver y tocar a sus discípulos, como un mago racional y persuasivo que usaba en vez de trucos la brujería inefable de su inflamado verbo”. (3)

Hostos murió “el 11 de Agosto de 1903, a las 111/4 p.m., durante una perturbación atmósférica” (4), como si acaso la naturaleza expresara su dolor por la muerte de quien tanto la amó. Con dolor profundo, con una pena muy honda, Don Federico describe la atmósfera que, al día siguiente, sirve de manto a esa circunstancia funesta en que tienen lugar las honras fúnebres al Sembrador, al Iluminado:

“La tarde era triste...mui triste! Llovía. La lluvia caía como lágrimas del cielo. El sol, envuelto en una clámide de nieblas, se hundía en el ocaso como si se extinguiese para siempre. La tarde era triste...mui triste! El silencio reinaba en el cementerio...Mudo, con el mutismo de la Esfinge, el cadáver de fisonomía socrática, yacía en el féretro. Mudo estaba el séquito bajo la pesadumbre del gran duelo. Muda la ciudad doliente. Muda la Naturaleza”.(5)

Y es en esa tarde triste del 12 de agosto de 1903, golpeado en el hondón de su alma por la partida de su amigo casi hermano, cuando Don Federico Henríquez y Carvajal pronuncia aquel memorable discurso panegírico del que todavía truena la ya célebre frase: “Esta América infeliz que sólo sabe de sus grandes vivos cuando pasan a ser sus grandes muertos”.

¿De qué murió Hostos? Los médicos que lo asistieron durante los pocos días de su breve gravedad fueron connotados facultativos egresados de la Universidad de París: Francisco Henríquez y Carvajal, Arturo Grullón y Rodolfo Coiscou. Eran, además, amigos suyos, especialmente el primero. Grullón y Coiscou fueron sus discípulos aventajados. Conforme a la opinión profesional emitida por ellos, el Sr. Hostos -¡cómo era respetado este hombre!- había muerto:

“de una afección insignificante a la cual hubiera vencido fácilmente cualquier otro organismo menos debilitado y, sobre todo, menos postrado por el profundo abatimiento moral que minaba hacía algún tiempo la existencia del insigne educador” (6)

Ese profundo abatimiento moral no tan sólo socavaba su salud física, sino también su salud espiritual, su ser más profundo, sus ganas de vivir, su deseo de seguir. Y ese mortal abatimiento lo atribuían sus amigos más íntimos

“a la desesperanza de la redención de su patria nativa, Puerto Rico [ y al] rumbo proceloso y torpe por el cual impulsó la angustiosa vida de su patria adoptiva, la República Dominicana, la irreflexiva y funesta división de los elementos que dirigían el Estado a partir de la caída del Gobierno de Heureaux” (7).

Y bajo esas circunstancias históricas sombrías es que tiene lugar la muerte de Eugenio María de Hostos. Pero hay una circunstancia que no es ni física ni política ni de otro tipo, sino moral-espiritual, que socava la vida del preclaro antillano. Pedro Henríquez Ureña, que había sido tocado tempranamente –en su adolescencia- por la magia envolvente del pensamiento hostosiano, la describe así:

“Volvió a Santo Domingo en 1900 a reanimar su obra. Lo conocí entonces: tenía un aire hondamente triste, definitivamente triste. Trabajaba sin descanso, según su costumbre. Sobrevinieron trastornos políticos, tomó el país aspecto caótico, y Hostos murió de enfermedad brevísima, al parecer ligera. Murió de asfixia moral” (8).

Pero ya antes, en agosto de 1903 y viviendo en New York junto a su hermano Pedro, Max Henríquez Ureña había escrito:

“Enemigos cobardes saliéronle al paso. Sus discípulos se dispersaron en el agitado campo de la política, y cuando se creyó llegada la hora de las grandes redenciones, el estruendo de la lucha fratricida asordó los aires, y la guerra civil devastó de nuevo los campos de la patria” (9) .

Y luego dice: “[a Hostos] Lo mató la tristeza, lo mató el dolor del ideal irrealizado” (10).
Francisco Henríquez y Carvajal, uno de sus más leales colaboradores en su afanosa empresa transformardora del sistema educativo dominicano, fue el médico de su confianza que presenció su despedida definitiva. En su ofrenda a Hostos, titulada “Mi tributo”, él recomienda:

“Es preciso conocer á Hostos; profundizarlo, para conocerlo; conocerlo, para encantarse en él; encantarse en él, para amarlo; amarlo, para darlo á conocer, para enseñarlo como es él en verdad; conocerlo profundamente, conocer en todo su alcance el gran poder de su mente razonadora y el noble sentimiento que lo animó, que le dio siempre una fisonomía de inacabable bondad, para, tal como es, mostrarlo al pueblo...” (11)

Una mujer, una ejemplar educadora, Luisa Ozema Pellerano Castro (1870-1927), una de las primeras graduadas de Maestra Normal, en 1887, en el Instituto de Señoritas fundado por la eximia poetisa Salomé Ureña de Henríquez, pronunció, ante la tumba del Maestro de Maestros, las siguientes palabras elegíacas:

“!Ha muerto el amado Maestro!¢, era el alarido de dolor inconforme que se exhalaba de todas las almas. Y mi alma, surjiendo de las sombras de ese dolor, se decía á cada instante: ¢!Mentira! Es un sueño. El no ha muerto; él no puede morir, porque vive en el espíritu de las generaciones educadas en su apostolado de verdad y amor".

Y hoy, ante la tumba cubierta de flores que guarda tus restos mortales, torna el alma conmovida á repetirme que tú eres inmortal, porque fuista bueno y sabio, y enseñaste lo que predicabas y viviste lo que predicaste. Por eso tu vida fue perenne ejemplo de altísima enseñanza moral”.(12)

Las palabras de Luisa Ozema aparecieron en el periódico mocano El Pueblo, 18 días después del fallecimiento de Hostos, con el siguiente título: “El inmortal”. Y esas palabras nos hicieron reflexionar profundamente sobre la perennidad de la obra del Ciudadano de América, como llamara el puertorriqueño Antonio S. Pedreira al Maestro Eugenio María de Hostos en 1932. Hoy, ante ustedes, en esta ciudad de New York por donde todavía su espíritu libertario anda, nosotros lo nombramos de otro modo: “Eugenio María de Hostos, luminoso Ciudadano de la Inmortalidad”.

NOTAS:
(1) Rev. Clío, Santo Domingo, VII (XXXIV) : 47, marzo-abril, 1939.
(2) Loc. cit..
(3) “Mi rosa blanca para el Maestro”. Listín Diario, Santo Domingo, enero 11, 2003.
(4) Eugenio M. Hostos. Biografía y bibliografía. Santo Domingo : Imp. Oiga..., 1905. Pág. 26.
(5) Rev. Clío, Santo Domingo, VII (XXXIV) : 47, marzo-abril, 1939.
(6) “Relación de la enfermedad, defunción, entierro y actos de duelo efectuados en honor del eminente educacionista”, en Eugenio M. Hostos. Biografía y Bibliografía. Santo Domingo : Imp. Oiga..., 1905. 384 p. Ver: 2 ed. : Santo Domingo : Comisión Permanente de la Feria del Libro, 2003. Pág. 38. (“Ediciones Ferilibros”).
(7) Idem, pp. 38-39.
(8) Pedro Henríquez Ureña, “Ciudadano de América”, en La Nación (Buenos Aires), 28 de abril de 1935. Reproducido en Hostos. Moral social. Buenos Aires : Editorial Losada, 1939. Págs. 7-13. (Col. “Grandes Escritores de América”; No. 2).
(9) Max Henríquez Ureña. “Hostos”, en Eugenio M. Hostos. Biografía y bibliografía. Santo Domingo : Imp. Oiga..., 1905. 384 p. Ver: 2 ed. : Santo Domingo : Comisión Permanente de la Feria del Libro, 2003. Pág. 161. (“Ediciones Ferilibros”).
(11) “Mi tributo”. En: Eugenio M. Hostos. Biografía y bibliografía. Santo Domingo : Imp. Oiga..., 1905. Pág. 347.
(12) Periódico El Pueblo, Moca, agosto 29, 1903.

(Conferencia dictada en el Congreso Hostos y Martí en New York celebrado los días 21, 22 y 23 de noviembre de 2003 en la ciudad de New York y organizado por Hostos Community College-The City University of New York (CUNY).



Thursday, May 15, 2008

JOSÉ NÚÑEZ DE CÁCERES: FABULISTA HISPANOAMERICANO



"José Núñez de Cáceres, uno de los primeros fabulistas de Hispanomérica"

Por: Miguel Collado

La fábula -ese subgénero narrativo o apólogo, en verso o en prosa, en el que lo inani-mado adquiere vida y lo animal es humanizado, y cuyo propósito es de tendencia morali-zante- ha tenido, en la literatura dominicana y en la literatura universal, muy pocos cultores. José Núñez de Cáceres, el artífice de la primera independencia nacional dominicana, no tan sólo es uno de ellos, sino que merece ser reconocido como el primer fabulista dominicano, afirmación ya hecha, en 1946, por el insigne historiador Emilio Rodríguez Demorizi en su Fábulas Dominicanas (Ciudad Trujillo: Editora Montalvo, 1946), antología en la que incluye a otros fabulistas dominicanos: Felipe Dávila Fernández de Castro, Félix María del Monte, Nicolás Ureña de Mendoza, Juan Antonio Alix, Manuel de Jesús de Pella y Reynoso, José Dubeau y Bremón, Pablo Pumarol, José María Jiménez y Luis Emilio Garrido. De la trascendencia histórica de Núñez de Cáceres como político y como patriota se ha escrito mucho, a pesar de que aún no ha sido valorado a profundidad, pero dejemos a un lado este enfoque de su vida para adentramos en el tema central de esta conferencia: justipreciar su pionería literaria como fabulista, tanto en la literatura nacional como en la hispanoamericana.

Los que conocen la historia del periodismo en República Dominicana saben que José Núñez de Cáceres fundó, el 15 de abril de 1821, el periódico El Duende, considerado el segundo órgano periodístico dominicano. De este semanario -de carácter político y satí-rico, y que circulaba los domingos en la ciudad de Santo Domingo- vieron la luz pública trece números, desapareciendo el 15 de julio del citado año. A través de El Duende Núñez de Cáceres se dio a conocer como fabulista, pues aquí publicó nueve de sus fábulas, las cuales firmaba, precedidas por una numeración secuencial romana, con el humilde seudó-nimo de El Fabulista Principiante, como rindiendo honor a la sencillez oriental de los forja-dores del género. A Rodríguez Demorizi debemos agradecerle el rescate de esos textos, reproducidos en su antología antes citada.

Tenía Núñez de Cáceres plena conciencia del oficio de fabulista, lo que es comprobable leyendo el siguiente fragmento de la carta que él enviara, el domingo 3 de junio de 1821, al editor de El Duende: “Ni otra cosa en las fábulas se busca, Que corregir los vicios de los hombres, Y que el sutil ingenio obras produzca. “Al cabo de veinte siglos vengo yo a repetir la misma protesta a precaución de cualquiera maligna inteligencia que se pretenda dar a mis apólogos, porque estoy en ánimo de no dejar el trato familiar de los animales, y de sacar a luz cuanto descubra en ellos pueda instruir o deleitar a mis compatriotas. Con algo se ha de divertir la mohina que a todos nos trae la falta de dinero: los héroes de mis juguetes son los irracionales, y no puedo figurarme que ningún racional tenga el mal gusto y peor elección de ponerse en el lugar del Escarabajo, del Mono, ni de las Langostas. Con que bajo la indicada protesta, manos a la obra y sigan las fábulas”.

La protesta a la que hace alusión Núñez de Cáceres cuando dice “vengo yo a repetir la misma protesta” es aquella elevada por Fedro (Siglo I a. de C.) cuando, en época del empe-rador Tiberio, fue víctima de las falsas acusaciones que, roído por la envidia, le hiciera Seyano, por lo que fue encarcelado y luego desterrado. Seyano era el favorito de Tiberio y tenía mucha influencia en el imperio romano. Nuestro fabulista se refiere a ese hecho de este modo:“/?..] porque hablando antes con el Elefante, que es el archivero de los anales animales-cos, me enseñó un antiguo registro en que consta el ruidoso caramillo que le armaron del marrajote de Fedro por haberse metido en la misma danza de andar contando y refiriendo cuanto atisbaba que hacían y decían los animales allá en sus guaridas; y como el Sr. cuen-tista vivía en la corte de Tiberio, (¡ay que no es nada!) comenzaron a zurrarle la badana, achacándole que bajo la piel del Oso, del Lobo, del Tigre y otros graciosos animalitos, diz-que sacaba a bailar al valido Seyano, al perfumado Narciso y hasta al mismo Emperador” (Carta citada). El celebrado fabulista latino, autor de las muy conocidas Fábulas esópicas, relata lo su-cedido en la quinta fábula del segundo libro de su colección, no en el prólogo, como señala el fabulista dominicano. El título de la fábula es “Tiberio y el esclavo oficioso”, la cual transcribimos a continuación:

“Existe en Roma una raza de entrometidos que van y vienen agitados pero ociosos, sofo-cándose sin motivo, creyendo hacer mucha sin hacer nada, molestos a si mismos y a los demás insoportables. Intento corregirlos si puedo con esta fábula verdadera. Vale la pena prestar atencion. “Tiberio César, camino de Nápoles, detúvose en su finca de Misero, edificada por el pro-pio Lúculo en la cima de una montaña que mira al mar de Sicilia y domina el mar de Tos-cana. Uno de los esclavos del atrio, con las ropas levantadas, pues su propia túnica estaba recogida bajo los hombros con una cinta de tela de Pelusio; colgantes sus franjas plisadas, al tiempo que su señor se paseaba entre los frondosos macizos púsose a regar el suelo ar-diente con una regadera de madera, haciendo gala de su celo, pero sólo le valió unas burlas. “Luego, tomando por rodeos de él conocidos, se adelanta a otro paseo y aplaca también el polvo. César reconoce al hambre y adivina su pensamiento: el esclavo se había creído que algo alcanzaría.

“—Ven —dice el emperador, y aquél acude veloz, lleno de alegría ante la esperanza de una recompensa segura. Y entonces la gran majestad de este príncipe se burló así: —No has conseguido gran cosa; tu afán ha resultado vano. ¡Mucha más caras vendo yo mis bofetadas!” Como Esopo (c. 620-580 a. de C.), Fedro fue esclavo y, como tal, sufrió los rigores de esa vida azarosa que en la sensibilidad de un artista deja huellas dolorosas. Quizá por eso es notoria una gran amargura —y tal vez frialdad- en las fábulas fedronianas, en las cuales bebió, con justificada admiración, el talentoso intelectual dominicano.

Fue Núñez de Cáceres un escritor muy culto y actualizado. él conoció a todos los fabu-listas clásicos (Esopo, Fedro, Jean de La Fontaine, Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte) y, de manera consciente, se dejó influenciar por ellos, especialmente en el uso de los personajes irracionales (animales): águila, Abeja, Burro, Cigüeña, Conejo, Cordero, Came-llo, Lechuza, Lobo, Mulo/a, Palomo/a y Raposa/o. Como personaje racional, es común a todos el Pastor. De los diecinueve personajes que actúan en las once fábulas del fabulista criollo analizadas por nosotros, trece los encontramos en Iriarte, doce en Esopo y en La Fontaine, nueve en Fedro y ocho en Samaniego. Curiosamente, la Acémila —cruce de caballo y burra- y el Abejarrón aparecen en dos de las fábulas de Núñez de Cáceres, pero no así en ninguna de las escritas por los fabulistas clásicos mencionados.

El reputado crítico e historiador literario Enrique Anderson Imbert, en su Historia de la literatura hispanoamericana (México: Fondo de Cultura Económica, 1974, tomo 1, págs. 183-184), cita a José Núñez de Cáceres entre los primeros autores de fábula de la América Hispánica, junto al argentino Domingo de Azcuénaga (1758-1821), al guatemalteco Matías de Córdova (1768-1828) y al ecuatoriano Rafael García Goyena (1 766-1823). 0 sea, que Núñez de Cáceres merece, también, ser considerado uno de los pioneros en la literatura fabulística del Nuevo Mundo, por lo que no es posible escribir la historia de la fábula en Hispanoamérica obviando su nombre, lo cual constituye un verdadero prestigio para las le-tras dominicanas.

Con respecto a las características iniciales de la fábula escrita en Latinoamérica, nos pa-rece interesante lo señalado por Anderson Imbert: “La fábula —antiguo género moralizador y práctico- se transformó en el siglo XVIII en discusión ideológica. Los animales hablaban como filósofos, en la manera de los españoles Iriarte y Samaniego. En Hispanoamérica imitaron el género, no la filosofía”. Esto explica el que Núñez de Cáceres — en una época en la que el movimiento de emancipación colonialista se había expandido por toda América Latina, incluyendo a Santo Domingo- utilizara sus fábulas no con propósitos filosóficos, sino para satirizar los males que aquejaban a la sociedad dominicana de entonces, colocándole a cada una de ellas un epígrafe con el que sintetizaba su intención ejemplificadora: El conejo, los corderos y el pastor Contra los que obtienen puestos elevados y visten grandes uniformes sin las calidades necesarias”: Variemos hay de registro, y hablemos sin consonantes, porque un ridículo cuento en jácara es bien se cante. Sepan todos que el Conejo, por si alguno lo ignorare, símbolo es de cobardía entre los irracionales. Sin embargo, el Señor mío dióse tal maña y tal arte, que en las valerosas tropas del León logró alistarse. Púsose de punta en blanco con chacó y alto plumaje, bordaduras y galones, largo y encorvado alfanje.

Orondo cual Pavo hinchado, por lucir el personaje salió al prado de bracete con la Liebre su comadre. Quiso la casualidad que un Pastor aquella tarde su manada de corderos allí mismo apacentase. Y al ver la extraña figura se creyeron, sin examen, que era un Lobo disfrazado, y corren por todas partes. Sobrecogido el Conejo de aquel no esperado lance, mete a huir de los corderos como de galgos voraces. Adiós, linda compañera, adiós plumas, adiós sable! quedáos en paz esta vez, que lo que importa es salvarse. El Pastor que al mismo tiempo ve su ganado regarse, viene tras del monifato que no conoce en el traje. Cógelo en la madriguera casi al punto de colarse y porque de entre las manos la presa no se le escape. Un golpe con el callado le descarga en los hijares; chilla entonces el Conejo y le dice: “no me mates ". Que si espanté tus corderos, esta acción es inculpable, confesándote que el miedo galgos llegó a figurarme. A esto el Pastor le replica: ten vergüenza, vil infame, pues si galgos te parecen unos mansos animales: ¿ Qué no te parecerían si vieras aproximarse verdaderos enemigos preparados al combate? Y así para que tu miedo en otra ocasión a nadie perjudique como a mi: muere ahora por cobarde. Que el que abraza una carrera sin tener las calidades y virtudes que requiere, pasa por estos ultrajes. La araña y el aguíla Contra el verdadero mérito y la buena opinión que con él se gana, nada pueden las calumnias de la envidia”: De este tiro acabóse su privanza, cayó por tierra su soberbio imperio, qué dulce es la esperanza de salir de su yugo y cautiverio! su júbilo y placer así explicaba una Araño después de haber concluido de sus débiles hilos un tejido en que prender al Aguila intentaba Su rencoroso enojo le nacía de ver cuán alto vuelo la reina de las aves emprendía de su morada a la región del cielo; que todo vil insecto de lo bueno y grande es desafecto. Viene el Aguila, observa el embarazo, muestra una garra y desbarata el lazo. Si el valimiento y la opinión estriban en mérito y virtud sobresalientes, de la envidia los tiros impotentes su solidez afianzan, no derriban.c) “Los malos nunca encuentran nada bueno en los hombres honrados, principalmente si sirven de estorbo en sus maldades”:

El Lobo y la Raposa Los malos nunca encuentran nada bueno en los hombres honrados, principalmente si sirven de estorbo en sus maldades Con impaciencia el Lobo por bosques y caminos gritaba en altas voces: ¡No sé por qué motivo! Dispensa el hombre afable al perro su cariño! Es glotón, es avaro, adula con fastidio. Y si bien se examina su ponderado instinto, no se hallará otra cosa que un falaz artificio. Si de la casa el amo le recomienda el cuido, échenle pan y carne y no dará un ladrido. Observa donde guardan el bocado exquisito, y ronda en su contorno hasta lograr el tiro. Es de la hipocresía el retrato más vivo: en lo exterior virtudes, por dentro todo vicios. Algunos animales de los pocos advertidos al fin se alucinaron con estos y otros gritos. La Raposa a este tiempo se acerca de improviso, la aguardan, la saludan y le ponen en pico. Las cosas que del Perro al Lobo habían oído y que todos estaban prontos a su exterminio. Entonces la Raposa que en su olfato fino husmeó donde estaba el veneno escondido. Después de alguna pausa, y viéndonos tranquilos, les habló con la sorna que le es propia, y les dijo: Aunque es prenda estimada el candor, mis amigos, su dosis de malicia con él hace buen mito. El trato con los buenos será franco y sencillo: mas siempre de reserva usad con los inicuos. ¿Por qué del Perro el Lobo tanto mal os ha dicho? Porque cebar quisiera en la grey su apetito. Y el Perro fiel a su amo con celo siempre activo, defiende de sus garras los mansos corderitos. Y pregunto yo ahora por iguales principios: ¿Acá entre los mortales no sucede lo mismo? ¡Oh, cuántos a los buenos atribuyen delitos! ¿Y por qué? Porque estorban sus malvados designios.

Al espíritu contestatario de Núñez de Cáceres —siempre dispuesto al enfrentamiento: basta recordar su polémica en Venezuela con Simón Bolívar- le iba bien el género de la fá-bula, pues, desde sus orígenes, este modo de expresión de procedencia oriental se nos ha presentado, además de didáctico y moralizante, como efectiva arma satírica. “Contra los que no ven la viga en su ojo, y sí la paja en el ajeno” va dirigida la fábula “El Camello y el Dromedario”, con la que él responde a críticas que le fueron adversas: Si me das, divino Iriarte, algo de la gracia y arte con que en fábula pusiste con que comúnmente oíste divulgado en un refrán, a mí referir me oirán de tu mismo númen lleno la paja en el ojo ajeno que sin caridad notamos cuando nunca reparamos la enorme viga en el nuestro: atención que ya me adiestro. De una larga caravana con placer y buena gana el Camello descansaba y en recompensa aguardaba su ración de paja y grano que con abundante mano el dueño le distribuía después que el viaje rendía. Este mismo propietario mantenía un Dromedario que en los casos de presteza por su extraña ligereza solamente era empleado y así y gordo y descansado en vida canonical era severo fiscal de la falta más pequeña porque la experiencia enseña que siempre la ociosidad fue origen de la maldad Dejemos esto al caso. Vino con ligero paso el Dromedario triscón y al ver la buena ración que se apretaba el Camello levantando el corvo cuello le dice en tono burlesco: ¡oh, cuánto me compadezco de tu suerte, camarada!, pues recibes limitada para un vientre la pitanza cuando tienes otra panza ni chica, sí, de buen tomo encaramada en el lomo la que razón no sería que se quedare vacía: y entaimando la joroba triscaba con esta trova.

Como contra toda ofensa es natural la defensa la suya con gran cachaza así el Camello rechaza. Sí, Señor, está muy bien. Mas su espinazo también carga encima dos corcovas en que caben cuatro arrobas de grano sin comprensión. Iten más otro chichón del pecho en la delantera que no es ninguna friolera, con que explicarme, en qué estribas que teniendo yo una jiba paras la atención en ella. ¿Y tú tres? ¿No te hacen mella? Aunque el Dromedario nada dijo a tan fiera estocada yo responderé por él, que este es un retrato fiel con sus pelos y señales de lo que hacen los mortales: una falta en el próximo, ¡qué fea! Yen sí muchas y grandes no hay quien vea. José Núñez de Cáceres, intelectual, periodista y político dueño de una personalidad sin-gular, tuvo una destacadísima vida pública no tan sólo en su país, sino también en Vene-zuela y en México, donde, en 1848, dos años después de fallecido y mediante Decreto, su nombre fue grabado en letras de oro en el recinto del Congreso Local del Estado de Tamaulipas. En Santo Domingo vio la luz del mundo por primera vez el 14 de marzo de 1772 y el 12 de septiembre de 1846, en el gran país azteca que él tanto amó, cerró los ojos para siempre. Sus restos, traídos al país en 1943, reposan, desde 1972, en el lugar que él supo ganarse con hidalguía y decoro: el Panteón Nacional de República Dominicana.

Sunday, May 04, 2008

HISTORIA DEL TABACO DOMINICANO




En las fotos: Mu-kien Adriana Sang, Franklin J. Franco Pichardo y José Chez Checo)

"El tabaco: Historia general en República Dominicana",
de José Chez Checo y Mu-Kien Adriana Sang

Roberto Cassá
(Palabras del Dr. Roberto Cassá en la puesta en circulación del libro de José Chez Checo y Mu-kien Adriana Sang. Santiago de los Caballeros, Centro León, 15 de abril 2008)

El tabaco es, contrariamente a lo que a menudo se piensa respecto al azúcar, el género mercantil más estrechamente asociado a la evolución en el largo plazo del pueblo dominicano. Su uso entre los aborígenes de esta isla se remonta a tiempos inmemoriales. Se ha llegado a emitir la hipótesis de que su domesticación se produjo en nuestro suelo, con lo que se añade a una larga lista de bienes de la naturaleza que florecen gracias a las bendiciones de las Antillas.

Como recogen las crónicas e ilustran evidencias arqueológicas, entre los taínos el consumo del tabaco se asociaba a las claves de su estilo de vida. Cristóbal Colón se mostró intrigado, casi desde su primer contacto con el “Nuevo Mundo”, sobre lo que consideró una costumbre enigmática. En lo adelante, los usos del tabaco fueron adoptados por los españoles recién establecidos en este laboratorio americano, y más adelante por los africanos. El placer de la humeante hoja se insertó en una corriente vasta y compleja de aculturaciones, que dio lugar a un complejo cultural inédito, el del criollismo americano, verdadero fundamento de la cultura particular del pueblo dominicano. Desde que comenzaron las líneas de mestizaje, no ha pasado un momento, en que el tabaco haya estado ausente de la saga de los dominicanos. Y desde aquí, el placer que por lo visto provoca el consumo del tabaco, se extendió al resto del planeta con la celeridad del ritmo de conformación del sistema mundial.

Si algo, pues, puede identificar a los dominicanos en el mundo, junto a los cubanos y puertorriqueños, es encontrarse detrás de los prolegómenos de la difusión del tabaco por Europa y el resto del mundo. Por ello, resultaba una necesidad una obra que estudiara la historia del producto, en su secuencia temporal completa entre nosotros. Es lo que han abordado, en un esfuerzo harto arduo, los colegas y amigos José Chez Checo y Mu-Kien Adriana Sang.

Existen precedentes historiográficos sobre la historia del tabaco en nuestro país, algunos de los cuales se remontan nada menos que a fines del siglo XVIII y, sobre todo, a la segunda mitad del siglo XIX. Con un tratamiento académico actual, existe ya una bibliografía que aborda desde diversas facetas la historia tabaquera dominicana, entre cuyos autores se puede destacar a Antonio Lluberes, Fernando Ferrán, Pedro San Miguel y Michiel Baud.

José Chez y Mu-Kien Sang recorren, pues, un camino trillado y, al mismo tiempo, dejan nuevas huellas, resultantes de una empresa fructífera. Nos encontramos hoy con el alumbramiento de un hito no solo en la historia del tabaco dominicano, sino en la historia económica dominicana. Con este voluminoso estudio en tres tomos, ambos hacen honor a sus conocidas trayectorias como investigadores y ponen los conocimientos adquiridos al alcance de la comunidad académica y de todos los interesados. Sin que haya lugar a dudas, con este libro se modifica el conjunto de perspectivas con que se ha visualizado un producto de tanta incidencia en el decurso del pueblo dominicano.

En los tres gruesos volúmenes que tenemos por delante se plasma una información multiforme, extraída de las fuentes variables: desde las crónicas más antiguas, la bibliografía disponible, la documentación del período colonial en Sevilla, la documentación en el Archivo General de la Nación y en otros archivos públicos, particularmente en el Archivo Histórico de Santiago, el archivo del Grupo León Jimenes, la prensa de siglo y medio, la observación sobre el terreno y la entrevista oral.

Este logro extraordinario ha sido factible gracias a la disposición del Grupo León Jimenes de apoyar el desarrollo de la cultura dominicana. Con el financiamiento de la investigación y la primorosa edición de la obra, el Grupo León Jimenes ratifica su condición única, hasta donde yo puedo colegir, dentro del concierto empresarial dominicano, de compromiso consistente con la cultura. Personalmente puedo atestiguar la receptividad instantánea que mostró el presidente del Grupo León Jimenes, don José León, de financiar esta investigación. Don José estuvo de acuerdo, o tal vez propuso, que fuera la Junta Directiva de la Academia la responsable de designar a las personas que se harían cargo de realizar la investigación.

Entiendo que debe ser el propósito de estas palabras, por la amistosa solicitud de los autores, que reseñe sumariamente lo que me sugieren los múltiples contenidos de la obra.

Ante todo, apuntaría el logro metodológico de la perspectiva global. El tabaco es estudiado en dimensiones tan variadas como el espacio que lo asocia a microclimas y medios de vida, las técnicas agronómicas, las variedades a lo largo del tiempo, los procedimientos de su preparación, las fórmulas locales del consumo, la actividad exportadora, las redes mercantiles y las empresas comercializadoras, la subsiguiente conexión con mercados del exterior, la ubicación dentro de la economía dominicana, las actividades industriales locales, los impactos en el sostenimiento del Estado, las políticas públicas asociadas, los conflictos sociales que lo han acompañado y las cavilaciones intelectuales a que ha dado lugar. Esta amplitud temática es desarrollada a través de los hitos temporales en que se ha inscrito el tabaco en el decurso de la historia dominicana.

Como los autores indican, durante décadas el tabaco quedó confinado al ámbito del autoconsumo, como parte de un complejo cultural en formación, pero sin mayor importancia en la economía exportadora. Un primer conato aparente de su despegue como género transable fue ahogado por las Devastaciones de Osorio. Hubo que esperar a que, a mediados del siglo XVIII, la política ilustrada de los Borbones, encaminada a la explotación sistemática de las posesiones americanas, diera por resultado la extensión del estanco de tabaco implantado en Cuba décadas antes.

Aunque durante las últimas décadas del siglo XVIII el tabaco no alcanzó una dimensión cuantitativa apreciable, resultado del estado mediocre en que se desenvolvía la economía exportadora, sentó las bases de una nueva sociedad. En este razonamiento nos encontramos con una de las tramas fundadoras de la historia decimonónica dominicana, que se erige en uno de los motivos claves del análisis histórico que efectúan los autores de este libro.

Se trataba de la sociedad de los pequeños cultivadores libres, que sustituía a las relaciones más injustas de la esclavitud. Tal imbricación entre tabaco y sociedad campesina en ciernes se tejió sobre la base de las condiciones favorables en clima y terrenos existentes en las comarcas aledañas a Santiago de los Caballeros, esta segunda capital y la más dominicana, conforme a la tesis de Eugenio María de Hostos. Un factor sociológico intervino en esta génesis: la existencia de menos esclavos en la porción cibaeña, donde no existía un núcleo de propietarios esclavistas como el de la ciudad de Santo Domingo. Una parte de los inmigrantes canarios llegados por esas décadas pudieron poblar espacios vacíos como cultivadores a pequeña escala.

Lo que se hallaba en embrión a fines del XVIII entró en una fase continua de expansión entre las décadas de 1820 y la de 1870. Se conformó en el Cibao, hoy denominado central, una sociedad tabaquera, de fisonomía contrastante con la de la Banda Sur. En ella, como anotaban los viajeros extranjeros, los lugareños llevaban una vida mucho menos pobre. Lo más importante es que la sociedad campesina consolidada en torno al tabaco se situó como el fundamento material de la nación dominicana en proceso de gestación, entre los avatares de la vida cotidiana por la supervivencia digna y las gestas de lucha por la libertad. Pedro Francisco Bonó, la máxima figura del pensamiento democrático radical del siglo XIX, fue el primero que identificó la relevancia del tabaco al bautizarlo como el “Padre de la Patria”. Ya a fines de la década de 1840 el tabaco tomaba la delantera frente a la caoba en la generación de valores exportados, con lo que se situaba como el sustento material de existencia de los dominicanos.

Dentro de su razonamiento sociológico, Bonó ponderó que “del tabaco viven todos”, como resultado de la observación de los efectos que tenía en el desenvolvimiento global de la economía dominicana. De manera categórica, este pensador demostró el impacto que el cultivo indujo en el desarrollo de las fuerzas productivas y en el bienestar de la población.

El tabaco estuvo asociado a coyunturas internacionales, como lo examinan minuciosamente los autores de El tabaco. Historia general en República Dominicana. A fines de la década de 1870 sonaron los clarines que pusieron fin a la hegemonía de la hoja, en beneficio de la de la gramínea del azúcar. El eje de la economía dominicana se trasladó del Norte al Sur. Y con esto advinieron perjudiciales procesos de concentración de la propiedad y de proletarización de segmentos de la mano de obra rural. En pocos años, una vez arrancado el proceso de modernización a inicios de la década de 1880, el tabaco quedó reducido a un lejano cuarto lugar dentro de la composición de las exportaciones, y así permaneció durante alrededor de ochenta años. Bonó, elaboró el núcleo de su obra sobre la base del alegato dramático contrario a las tendencias de moda en la época, que depositaban todas las expectativas en el azúcar. Denunció los desastres que acarrearía la proletarización del campesinado dominicano, con lo que ratificó la propuesta de que el país se reencontrara con la tradición social representada por el cultivo del tabaco.

Paralelamente, la modernización se revirtió en un fortalecimiento del Estado y de las funciones técnicas en pos de ulteriores avances en la producción y la productividad. Esta capacidad de intervención estatal contribuyó a mantener un espacio importante al tabaco en la economía dominicana, fuera en función de coadyuvar a la mejoría de las condiciones de reproducción de la economía regional cibaeña o para proteger la perpetuación de la hacienda campesina, habida cuenta de la desaceleración del ritmo de avance del capitalismo azucarero en el Sur después de 1884 hasta el estallido de la Primera guerra mundial.

Desde el inicio de las exportaciones, a fines del XVIII, y a lo largo de la siguiente centuria, el tabaco dominicano se caracterizó por su baja calidad en comparación con el que se producía en Cuba. Los campesinos carecían de las destrezas agronómicas y de los rudimentos artesanales para el mejor preparado de la hoja. El capital comercial, del otro lado, prefería sacrificar calidad como medio de obtener mayores beneficios.

En los medios ilustrados urbanos se tomó conciencia del imperativo de superar este acuerdo tácito no virtuoso entre productores e intermediarios. Chez y Sang ponen de relieve un abanico de acciones desplegadas por instituciones estatales y sociales para proteger la pervivencia de la actividad tabaquera. Tales acciones incluyeron granjas modelo, experimentaciones agronómicas, reglamentaciones para la producción y exportación, distribución de semillas mejoradas, introducción de nuevas variedades, labores de extensión por promotores capacitados, etc.; el resultado fue una nueva etapa en la evolución del género, en la cual comenzaron a obtenerse mejorías en la calidad aunque siempre en medio de la recurrencia de dificultades enormes.

En el ínterin, se produjeron otros cambios de consideración en la actividad tabaquera. El más importante fue la fundación de empresas manufactureras e industriales, en las cuales se procesaba la hoja o se fabricaban cigarros y cigarrillos. Decenas de empresas se establecieron principalmente en Santiago y villas circundantes. Las relaciones sociales se complejizaron y engendraron nuevas líneas de conflicto, como lo registran los autores. A la contraposición entre cosecheros y mercaderes alrededor de los precios, se agregaron los conflictos de los primeros con los industriales y entre estos últimos y sus trabajadores, muchos de ellos insertos en el trabajo a domicilio.

La fragilidad del Estado no pudo reglamentar las relaciones sociales alrededor de la actividad tabaquera, con lo cual se prolongó una situación inestable, que a menudo la llevaba a la antesala del derrumbe. Por otro lado, la posición de fuerza de los países compradores mantenía al tabaco dominicano en las mismas condiciones desventajosas, que impedían que tuviera un impacto consistente para el bienestar de los campesinos productores, así como de los trabajadores industriales, artesanales y de la esfera comercial. Durante la ocupación militar norteamericana, en la coyuntura de caída de precios, se tuvo que acudir a establecer el primer monopolio, como medio de impedir la quiebra generalizada de cosecheros, intermediarios y exportadores.

El fomentalismo agrario tuvo su máxima expresión durante la dictadura de Trujillo, cuando el Estado logró no solo consolidar la actividad tabaquera, sino proyectarla hacia nuevos parámetros de eficiencia.

A continuación el dictador decidió participar en la actividad como un instrumento más en la extracción de excedentes de la masa campesina, conforme al diseño que había elaborado desde los primeros días del largo reinado. En el tabaco, sin embargo, se observan peculiaridades en la voracidad económica del tirano. En vez de acaparar todos los espacios, Trujillo prefirió restringirse a hacerse cargo de la actividad industrial, principalmente de los cigarrillos, dirigida a un mercado interno en expansión. Esto permitió la supervivencia de las empresas que, como La Aurora, precedente de la E. León Jimenes, se dedicaban a la producción de cigarros.

Tras forcejeos de reglamentaciones proteccionistas y mercantilistas, que incluyeron un segundo monopolio del tabaco, Trujillo logró hacerse el dueño de la mayor parte de las acciones de la Compañía Anónima Tabacalera. Esta empresa, producto de fusiones de capitales, ocupaba una posición relevante en el elenco industrial de la República desde los primeros años del siglo XX y había logrado imponerse a otras firmas productoras de cigarrillos y cigarros. Una de ellas, propiedad del italiano Amadeo Barletta, fue sacada de circulación gracias a expedientes de naturaleza política.

Ya en control de la Compañía Anónima Tabacalera, Trujillo conjuró los conflictos que habían acompañado su propósito de subordinación de todos los agentes económicos. El detenido seguimiento que otorgan los autores a los intereses del tirano en el área del tabaco contribuye a un mejor conocimiento de los procedimientos monopólicos y mercantilistas empleados por este para subordinar a otros empresarios y succionar beneficios al conjunto de la sociedad.

Para un historiador, inmerso en eventos del pasado más o menos distante, reviste el mayor interés lo contemporáneo, lo que a menudo pasa delante de las narices sin ser percibido suficientemente. Es lo que trata el tercer tomo, en el que se enlaza la dimensión histórica con la utilidad del conocimiento del presente.

Después de la caída del trujillato, se registraron cambios de gran importancia en el complejo productivo del tabaco. Por una parte, se ampliaron las labores de asesoría de instituciones públicas y privadas en pos de la mejoría de la calidad. Se asistió a la relevante introducción del tabaco rubio, como parte de tendencias internacionales en el consumo. A la fecha, informan Sang y Chez, el 99% de los cigarrillos que se consumen en el país, están hechos de tabaco rubio.

El avance del tabaco rubio dio lugar a debates. El más curioso fue el asociado a la rivalidad entre la estatal Compañía Anónima Tabacalera y la privada de la familia León. Esta última empresa, al asociarse con la Phillips Morris, tomó la delantera en el fomento del cultivo del tabaco rubio y abogó por un tratamiento tributario proteccionista a la variedad de rubio cultivado en el país. En contrapartida, la empresa estatal, rezagada en la producción de tabaco rubio, adoptó una postura de apertura con el fin de poder competir sobre la base de tabaco importado en el mercado en expansión de los cigarrillos rubios. El debate tomó ribetes nacionales e involucró a una variedad de actores en el Estado, los partidos políticos, los medios de comunicación, la empresa privada, los sindicatos y los intelectuales.

Una segunda innovación fue la disminución de la exportación del tabaco negro en hoja para destinarse de manera progresiva a su elaboración en el interior del país. Surgió así una nueva rama, primeramente asociada a las zonas francas y al capital extranjero, de cigarros de alta calidad, hoy entre los mejores y más cotizados del mundo. El establecimiento de inmigrantes cubanos, desde inicios de la década de 1960, aparentemente fue uno de los factores que sentaron las bases para las transformaciones en calidad agronómica y manufacturera. Esta evolución culminó con la introducción de los cigarros de alto precio y firmas internacionalmente reconocidas, que tuvo por cenit el año 1998.

Aunque el tabaco, al igual que toda la producción agrícola o de base agrícola, haya quedado en una posición secundaria dentro de la economía dominicana, como parte de su tránsito a economía básicamente de servicios, a partir de la década de 1980, se ha asistido a uno de los fenómenos más interesantes de logro de calidad sobre la base de las posibilidades manufactureras y mercadológicas del capital extranjero y sus aplicaciones por el capital nacional.

A pesar de este colofón modélico para una economía como la dominicana, Chez y Sang registran en el balance contemporáneo una situación inestable, producto de una tendencia al estancamiento y a la disminución de la producción tabaquera, que continúa hasta el momento en que redactaron sus páginas.

Este libro nos pone, pues, a meditar sobre la evolución de la actividad tabacalera a lo largo de la historia dominicana. En conjunto, permite ponderar el peso de este producto en la evolución de la economía y de la vida dominicana en general. Permite conectar pasado y presente, y hace así honor a las tareas pragmáticas de la investigación histórica.

Palabras de Mu-kien Adriana Sang en nombre de los autores en la puesta en circulación de de la obra "El Tabaco: Historia General en República Dominicana".

Buenas tardes. Gracias por acompañarnos en esta tarde especial para José Chez y para mí. Ver el fruto de un largo y arduo trabajo es siempre un motivo de orgullo y alegría. José Chez Checo, mi plimo-amigo-hermano del alma, me ha pedido que hable en nombre de los dos. Asumo con halago y entusiasmo la importante tarea delegada.

Cuando iniciamos este trabajo no imaginamos que la historia del tabaco era verdaderamente atractiva e interesante. El cultivo del tabaco ha tenido una poderosa incidencia en el funcionamiento de la sociedad dominicana. Durante el período aborigen, el tabaco tenía un significado ritual y religioso. A la llegada de los españoles, una vez trasvasada la conquista, durante la colonia, los españoles se apropiaron del tabaco y lo incorporaron a sus propias costumbres. Proceso cultural de reencuentro, los patrones culturales nacidos de esta simbiosis se reflejaron incluso en uno de sus productos: el andullo. El tabaco caló tanto en los españoles conquistadores y colonizadores, que lo incorporaron a sus pautas de comportamiento en la colonia, y lo llevaron hasta Europa, lugar donde no solo se popularizó sino que se convirtió durante mucho tiempo en su principal mercado.

A partir del siglo XVI el tabaco se asoció a la estancia, incorporándose en el gusto, la cultura y el comportamiento de esclavos y amos. Ambos extremos de la pirámide social de la colonia usaban el tabaco como forma de distracción.

A partir del siglo XVIII el cultivo del tabaco trascendió la instancia, para incorporarse al mercado, principalmente el internacional, convirtiéndose desde entonces en el germen de la actividad campesina dominicana. Se cultivaba el tabaco, una pequeña parte se quedaba para el consumo interno, destinando el grueso de la producción a la exportación del tabaco en rama. En la primera mitad del siglo XIX, el tabaco se convirtió en el principal producto de exportación, destinado al mercado europeo, principalmente el alemán. A partir de los años 70 de ese siglo, fue desplazado al cuarto lugar de los productos agrícolas destinado a la exportación, relegado por el auge incomparable del azúcar, el café y el cacao. Este lugar se mantuvo casi intacto en los primeros 75 años del siglo XX, hasta el momento en que la economía dominicana dejó de ser agro exportadora, para concentrarse básicamente en el renglón servicios.

Una modalidad importante que se introdujo en la economía tabaquera en el siglo XIX, y sobre todo a principios del XX, fue la fundación de empresas manufactureras, dedicadas inicialmente a la fabricación de cigarros y luego a los cigarrillos de tabaco negro.

El siglo XX fue sin duda el de las grandes transformaciones. El tabaco en el nivel agrícola siguió siendo un producto importante de exportación, sobre todo de tabaco negro en rama, muy demandado por las fábricas de cigarros a nivel internacional. Después de muchos tropiezos, mejoró la calidad de la hoja exportada. A finales de la década del 60, se introdujo en el país el tabaco rubio. La producción comenzó tímidamente, pero con el paso del tiempo desplazó al tabaco negro en el gusto de los consumidores locales. En los 80, el tabaco negro pudo encontrar su nicho en el mercado local e internacional. El país vivió un verdadero “boom” del tabaco negro, creándose en el país grandes empresas dedicadas a la producción de cigarros de alta calidad, dirigidos a exigentes mercados internacionales. Para final del siglo XX el tabaco dejó de tener el gran peso que tenía en la economía del país. Las tierras destinadas al cultivo del tabaco, negro o rubio fueron disminuyendo con el tiempo; la exportación de tabaco en rama ha continuado, lo mismo que la fabricación de cigarros y cigarrillos. Sin embargo, la economía tabaquera sigue viva y vigente en los albores del siglo XXI.

Este trabajo de investigación, titulado inicialmente como “Historia General del Tabaco en Santo Domingo” fue auspiciado por las Empresas León Jiménes. Comenzó formalmente el 1º de febrero del 2003, después de un largo proceso de negociación del proyecto de investigación presentado por la Academia Dominicana de la Historia a los altos ejecutivos de esa empresa. A mediados del año 2002 las Empresas León Jiménes aceptaron financiar la investigación. El Contrato entre la Academia Dominicana de la Historia y las E. León Jiménes fue firmado el 30 de julio del 2002. Razones administrativas retrasaron el inicio de la investigación. Al conocerse la noticia de que se había aprobado la propuesta, la Directiva de la Academia Dominicana de la Historia, después de una profunda ponderación, seleccionó a dos historiadores, para que realizaran el trabajo, pero por razones diversas no pudieron aceptar la oferta. Ante la situación, la Directiva decidió entonces nombrar a José Chez Checo y Mu-Kien Adriana Sang como los investigadores responsables de la investigación.

La investigación fue estructurada para que fuese realizada en 18 meses. Contemplaba la elaboración de 4 informes parciales, un borrador y un informe final. La primera fase, que abarcaba el primer año, tenía como propósito principal la recolección de la información. El objetivo básico era ubicar la mayor cantidad de información e iniciar el proceso de fotocopiado del material. La atención de nuestra búsqueda se centró en los siguientes fondos: Bibliografía general sobre el tema, búsqueda en Internet sobre las investigaciones recientes sobre tabaco, periódicos, revistas, boletines del Banco Central, Memorias de la Secretaría de Agricultura, publicaciones del Instituto del Tabaco, Memorias de Industria y Comercio, Censos Nacionales, Censos Agropecuarios, Censos tabacaleros, Anuarios Estadísticos, Gaceta Oficial, Colección de Leyes y Decretos, así como informes y documentos oficiales y privados.

Una de nuestras preocupaciones era localizar fuentes originales de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, para lo cual se contactó al historiador dominicano Genaro Pérez, que reside en Sevilla, para que trabajara el Archivo de Sevilla, quien logró conseguir documentos sobre el tema y que, por supuesto, fueron utilizados en el tomo I de este trabajo. En la ciudad capital trabajamos en las siguientes bibliotecas: de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Recinto Santo Tomás de Aquino, del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, del Museo de Historia y Geografía, de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, del Banco Central, de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña y la Biblioteca Nacional. En Santiago trabajamos en la biblioteca de la PUCMM, Recinto principal, en la Alianza Cibaeña, el Instituto Superior de Agricultura (ISA), Amantes de la Luz. Archivo de las Empresas León Jimenes, Cámara de Comercio y Producción de Santiago, el Instituto del Tabaco (INTABACO) y el Ayuntamiento de Santiago.

A nivel de archivos trabajamos ampliamente el Archivo General de La Nación, por supuesto, el Archivo Histórico de Santiago y el Archivo de la Empresa E. León Jiménes. Hicimos esfuerzos sobrehumanos para trabajar con el Archivo de la Compañía Anónima Tabacalera. Esfuerzos que resultaron inútiles. Nos dedicamos a indagar dónde podrían estar esos archivos. Cuando pudimos localizarlos, contactamos a uno de los principales funcionarios del Palacio Nacional en el período, 2000-2004, quien amablemente nos dio la autorización. Cuando logramos dar con el almacén que se encuentra en la Autopista Duarte, fuimos hasta allá. Al entrar, nos encontramos con un espectáculo de horror. Un siglo de historia de la principal empresa del tabaco, estaba abandonado en un almacén. Las decisiones, los contratos, las negociaciones, en fin, toda la historia de la CAT, estaba abandonada en un lugar inhóspito. Encima de las cajas se encontraban maquinarias que goteaban aceite sin compasión, dejando la documentación en un estado inservible.

Dificultades personales de uno de los investigadores, así como la gran cantidad de información localizada, demoraron la investigación. Quisiera hacer un paréntesis. Excúsame hermano Chez por esta disquisición. Durante el período que escribimos este libro, mi cuerpo me jugó una mala pasada. Mientras hacía mis múltiples estadías en la clínica, solo me decía una y otra vez: ¡Gran Dios te pido, te suplico, que me permitas terminar este libro! La presión de la enfermedad y la angustia de no honrar el compromiso se convirtieron en verdaderas torturas. A Dios doy gracias. No pueden ustedes imaginarse lo mucho que significa para mí ver materializado un hijo concebido en medio de tantas angustias.

Así pues, a pesar de todos los pesares, el resultado, eso creemos, fue positivo. Como bien explicó nuestro querido amigo y colega, el historiador Roberto Cassá, el trabajo de investigación consta de tres tomos. No hablaremos de su contenido, pues ya han escuchado las palabras de presentación.

Aprovechamos esta oportunidad para dar las gracias a tanta gente que ha hecho posible la materialización de este sueño, que comenzó como una idea en una reunión de la directiva de la Academia Dominicana de la Historia. Una idea que a Dios gracias cayó en terreno fértil.

Queremos agradecer a la Academia Dominicana de la Historia, y muy especialmente a su entonces Presidente Roberto Cassá, por haber sido el promotor-gestor de este proyecto y por habernos confiado su ejecución. Agradecemos de corazón, las gestiones de la Academia Dominicana de la Historia que hizo las gestiones para conseguir el financiamiento. Roberto Cassá fue quien tuvo la visión estratégica de proponer esta investigación, escribió el proyecto de investigación e hizo las diligencias para buscar una empresa patrocinadora. Hoy le damos también las gracias por esas hermosas palabras de presentación, que no han hecho más que comprometernos mucho más en el camino difícil y solitario de la investigación.

Agradecimiento también a E. León Jimenes, en la persona de su Presidente, Don José León, por haber confiado en nosotros y por su comprensión cuando le solicitábamos más tiempo para concluir.

No podemos terminar esta introducción sin antes agradecer a nuestros colaboradores. Juana Hernández, una joven dinámica y trabajadora que caminó por las bibliotecas buscando material y fotocopiándolo. Juana fue también la responsable de realizar con paciencia oriental, los cuadros estadísticos que se exponen en el Anexo que figuran en un CD al final del tomo III.

Antonio de Jesús Báez, por su amplio conocimiento de las fuentes documentales, su dedicación y responsabilidad. Agradecemos también la gentiliza de los miembros del Archivo Histórico de Santiago, en la persona de su director y su asistente, quienes nos proporcionaron invaluables informaciones, que fueron ampliamente utilizadas en la investigación.

Don Fernando León, fue una fuente viviente. Conocedor como pocos del cultivo del tabaco, siendo él mismo parte de la historia del tabaco de Santiago en los últimos 50 años, nos dedicó horas de su tiempo para ofrecernos sus sabios consejos y su sabiduría.

Queremos agradecer de manera especial a Félix Fernández, el juicioso, comprometido y meticuloso responsable de la labor editorial de E. León Jiménes. Sin su empeño y dedicación este proyecto no se hubiese materializado.

Queremos dar gracias también a Lourdes Saleme por el hermoso trabajo de diseño y edición de la obra.

Pero si la obra tiene tantas imágenes nuevas y hermosas fue por el trabajo de investigación que hizo José Chez Checo.

De manera particular quisiera agradecer a la PUCMM por apoyar siempre mis proyectos de investigación y por estar siempre presente en esa faceta importante de mi vida.

Finalmente tanto José como yo queremos expresar nuestras grandes deudas de gratitud con nuestras familias, especialmente nuestros compañeros de vida, Rafael Toribio y Esther Abreu de Chez, porque han sabido acompañarnos en silencio para que pudiéramos seguir trabajando. Porque estuvieron a nuestro lado cuando nos ahogaba la ansiedad y el cansancio. Demostrándonos con su presencia cuánto nos aman. Gracias Rafael. Gracias Esther por haber sido verdaderos apoyos.

Ojala que ejemplos como estos puedan ser imitados por otras empresas. La historia dominicana tiene todavía muchas aristas que no han sido estudiadas, solo hace falta decisión y un poco de dinero para su estudio. Los historiadores dominicanos está ávidos de encontrar manos amigas que le permitan escudriñar el pasado, interpretarlo para darlo a conocer a las generaciones futuras.

Como se ha dicho siempre, solo conociendo bien nuestro pasado, podremos entender mejor el presente y sobre todo, vislumbrar nuestro porvenir. Al conocer el pasado nos miramos en un espejo, que nos permitirá no repetir los errores y trillar nuestro paso por mejores caminos.
Los autores

José Chez Checo y Mu-Kien Adriana Sang

(Centro León, Santiago de los Caballeros
Martes 15 de abril del 2008).