Thursday, May 15, 2008

JOSÉ NÚÑEZ DE CÁCERES: FABULISTA HISPANOAMERICANO



"José Núñez de Cáceres, uno de los primeros fabulistas de Hispanomérica"

Por: Miguel Collado

La fábula -ese subgénero narrativo o apólogo, en verso o en prosa, en el que lo inani-mado adquiere vida y lo animal es humanizado, y cuyo propósito es de tendencia morali-zante- ha tenido, en la literatura dominicana y en la literatura universal, muy pocos cultores. José Núñez de Cáceres, el artífice de la primera independencia nacional dominicana, no tan sólo es uno de ellos, sino que merece ser reconocido como el primer fabulista dominicano, afirmación ya hecha, en 1946, por el insigne historiador Emilio Rodríguez Demorizi en su Fábulas Dominicanas (Ciudad Trujillo: Editora Montalvo, 1946), antología en la que incluye a otros fabulistas dominicanos: Felipe Dávila Fernández de Castro, Félix María del Monte, Nicolás Ureña de Mendoza, Juan Antonio Alix, Manuel de Jesús de Pella y Reynoso, José Dubeau y Bremón, Pablo Pumarol, José María Jiménez y Luis Emilio Garrido. De la trascendencia histórica de Núñez de Cáceres como político y como patriota se ha escrito mucho, a pesar de que aún no ha sido valorado a profundidad, pero dejemos a un lado este enfoque de su vida para adentramos en el tema central de esta conferencia: justipreciar su pionería literaria como fabulista, tanto en la literatura nacional como en la hispanoamericana.

Los que conocen la historia del periodismo en República Dominicana saben que José Núñez de Cáceres fundó, el 15 de abril de 1821, el periódico El Duende, considerado el segundo órgano periodístico dominicano. De este semanario -de carácter político y satí-rico, y que circulaba los domingos en la ciudad de Santo Domingo- vieron la luz pública trece números, desapareciendo el 15 de julio del citado año. A través de El Duende Núñez de Cáceres se dio a conocer como fabulista, pues aquí publicó nueve de sus fábulas, las cuales firmaba, precedidas por una numeración secuencial romana, con el humilde seudó-nimo de El Fabulista Principiante, como rindiendo honor a la sencillez oriental de los forja-dores del género. A Rodríguez Demorizi debemos agradecerle el rescate de esos textos, reproducidos en su antología antes citada.

Tenía Núñez de Cáceres plena conciencia del oficio de fabulista, lo que es comprobable leyendo el siguiente fragmento de la carta que él enviara, el domingo 3 de junio de 1821, al editor de El Duende: “Ni otra cosa en las fábulas se busca, Que corregir los vicios de los hombres, Y que el sutil ingenio obras produzca. “Al cabo de veinte siglos vengo yo a repetir la misma protesta a precaución de cualquiera maligna inteligencia que se pretenda dar a mis apólogos, porque estoy en ánimo de no dejar el trato familiar de los animales, y de sacar a luz cuanto descubra en ellos pueda instruir o deleitar a mis compatriotas. Con algo se ha de divertir la mohina que a todos nos trae la falta de dinero: los héroes de mis juguetes son los irracionales, y no puedo figurarme que ningún racional tenga el mal gusto y peor elección de ponerse en el lugar del Escarabajo, del Mono, ni de las Langostas. Con que bajo la indicada protesta, manos a la obra y sigan las fábulas”.

La protesta a la que hace alusión Núñez de Cáceres cuando dice “vengo yo a repetir la misma protesta” es aquella elevada por Fedro (Siglo I a. de C.) cuando, en época del empe-rador Tiberio, fue víctima de las falsas acusaciones que, roído por la envidia, le hiciera Seyano, por lo que fue encarcelado y luego desterrado. Seyano era el favorito de Tiberio y tenía mucha influencia en el imperio romano. Nuestro fabulista se refiere a ese hecho de este modo:“/?..] porque hablando antes con el Elefante, que es el archivero de los anales animales-cos, me enseñó un antiguo registro en que consta el ruidoso caramillo que le armaron del marrajote de Fedro por haberse metido en la misma danza de andar contando y refiriendo cuanto atisbaba que hacían y decían los animales allá en sus guaridas; y como el Sr. cuen-tista vivía en la corte de Tiberio, (¡ay que no es nada!) comenzaron a zurrarle la badana, achacándole que bajo la piel del Oso, del Lobo, del Tigre y otros graciosos animalitos, diz-que sacaba a bailar al valido Seyano, al perfumado Narciso y hasta al mismo Emperador” (Carta citada). El celebrado fabulista latino, autor de las muy conocidas Fábulas esópicas, relata lo su-cedido en la quinta fábula del segundo libro de su colección, no en el prólogo, como señala el fabulista dominicano. El título de la fábula es “Tiberio y el esclavo oficioso”, la cual transcribimos a continuación:

“Existe en Roma una raza de entrometidos que van y vienen agitados pero ociosos, sofo-cándose sin motivo, creyendo hacer mucha sin hacer nada, molestos a si mismos y a los demás insoportables. Intento corregirlos si puedo con esta fábula verdadera. Vale la pena prestar atencion. “Tiberio César, camino de Nápoles, detúvose en su finca de Misero, edificada por el pro-pio Lúculo en la cima de una montaña que mira al mar de Sicilia y domina el mar de Tos-cana. Uno de los esclavos del atrio, con las ropas levantadas, pues su propia túnica estaba recogida bajo los hombros con una cinta de tela de Pelusio; colgantes sus franjas plisadas, al tiempo que su señor se paseaba entre los frondosos macizos púsose a regar el suelo ar-diente con una regadera de madera, haciendo gala de su celo, pero sólo le valió unas burlas. “Luego, tomando por rodeos de él conocidos, se adelanta a otro paseo y aplaca también el polvo. César reconoce al hambre y adivina su pensamiento: el esclavo se había creído que algo alcanzaría.

“—Ven —dice el emperador, y aquél acude veloz, lleno de alegría ante la esperanza de una recompensa segura. Y entonces la gran majestad de este príncipe se burló así: —No has conseguido gran cosa; tu afán ha resultado vano. ¡Mucha más caras vendo yo mis bofetadas!” Como Esopo (c. 620-580 a. de C.), Fedro fue esclavo y, como tal, sufrió los rigores de esa vida azarosa que en la sensibilidad de un artista deja huellas dolorosas. Quizá por eso es notoria una gran amargura —y tal vez frialdad- en las fábulas fedronianas, en las cuales bebió, con justificada admiración, el talentoso intelectual dominicano.

Fue Núñez de Cáceres un escritor muy culto y actualizado. él conoció a todos los fabu-listas clásicos (Esopo, Fedro, Jean de La Fontaine, Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte) y, de manera consciente, se dejó influenciar por ellos, especialmente en el uso de los personajes irracionales (animales): águila, Abeja, Burro, Cigüeña, Conejo, Cordero, Came-llo, Lechuza, Lobo, Mulo/a, Palomo/a y Raposa/o. Como personaje racional, es común a todos el Pastor. De los diecinueve personajes que actúan en las once fábulas del fabulista criollo analizadas por nosotros, trece los encontramos en Iriarte, doce en Esopo y en La Fontaine, nueve en Fedro y ocho en Samaniego. Curiosamente, la Acémila —cruce de caballo y burra- y el Abejarrón aparecen en dos de las fábulas de Núñez de Cáceres, pero no así en ninguna de las escritas por los fabulistas clásicos mencionados.

El reputado crítico e historiador literario Enrique Anderson Imbert, en su Historia de la literatura hispanoamericana (México: Fondo de Cultura Económica, 1974, tomo 1, págs. 183-184), cita a José Núñez de Cáceres entre los primeros autores de fábula de la América Hispánica, junto al argentino Domingo de Azcuénaga (1758-1821), al guatemalteco Matías de Córdova (1768-1828) y al ecuatoriano Rafael García Goyena (1 766-1823). 0 sea, que Núñez de Cáceres merece, también, ser considerado uno de los pioneros en la literatura fabulística del Nuevo Mundo, por lo que no es posible escribir la historia de la fábula en Hispanoamérica obviando su nombre, lo cual constituye un verdadero prestigio para las le-tras dominicanas.

Con respecto a las características iniciales de la fábula escrita en Latinoamérica, nos pa-rece interesante lo señalado por Anderson Imbert: “La fábula —antiguo género moralizador y práctico- se transformó en el siglo XVIII en discusión ideológica. Los animales hablaban como filósofos, en la manera de los españoles Iriarte y Samaniego. En Hispanoamérica imitaron el género, no la filosofía”. Esto explica el que Núñez de Cáceres — en una época en la que el movimiento de emancipación colonialista se había expandido por toda América Latina, incluyendo a Santo Domingo- utilizara sus fábulas no con propósitos filosóficos, sino para satirizar los males que aquejaban a la sociedad dominicana de entonces, colocándole a cada una de ellas un epígrafe con el que sintetizaba su intención ejemplificadora: El conejo, los corderos y el pastor Contra los que obtienen puestos elevados y visten grandes uniformes sin las calidades necesarias”: Variemos hay de registro, y hablemos sin consonantes, porque un ridículo cuento en jácara es bien se cante. Sepan todos que el Conejo, por si alguno lo ignorare, símbolo es de cobardía entre los irracionales. Sin embargo, el Señor mío dióse tal maña y tal arte, que en las valerosas tropas del León logró alistarse. Púsose de punta en blanco con chacó y alto plumaje, bordaduras y galones, largo y encorvado alfanje.

Orondo cual Pavo hinchado, por lucir el personaje salió al prado de bracete con la Liebre su comadre. Quiso la casualidad que un Pastor aquella tarde su manada de corderos allí mismo apacentase. Y al ver la extraña figura se creyeron, sin examen, que era un Lobo disfrazado, y corren por todas partes. Sobrecogido el Conejo de aquel no esperado lance, mete a huir de los corderos como de galgos voraces. Adiós, linda compañera, adiós plumas, adiós sable! quedáos en paz esta vez, que lo que importa es salvarse. El Pastor que al mismo tiempo ve su ganado regarse, viene tras del monifato que no conoce en el traje. Cógelo en la madriguera casi al punto de colarse y porque de entre las manos la presa no se le escape. Un golpe con el callado le descarga en los hijares; chilla entonces el Conejo y le dice: “no me mates ". Que si espanté tus corderos, esta acción es inculpable, confesándote que el miedo galgos llegó a figurarme. A esto el Pastor le replica: ten vergüenza, vil infame, pues si galgos te parecen unos mansos animales: ¿ Qué no te parecerían si vieras aproximarse verdaderos enemigos preparados al combate? Y así para que tu miedo en otra ocasión a nadie perjudique como a mi: muere ahora por cobarde. Que el que abraza una carrera sin tener las calidades y virtudes que requiere, pasa por estos ultrajes. La araña y el aguíla Contra el verdadero mérito y la buena opinión que con él se gana, nada pueden las calumnias de la envidia”: De este tiro acabóse su privanza, cayó por tierra su soberbio imperio, qué dulce es la esperanza de salir de su yugo y cautiverio! su júbilo y placer así explicaba una Araño después de haber concluido de sus débiles hilos un tejido en que prender al Aguila intentaba Su rencoroso enojo le nacía de ver cuán alto vuelo la reina de las aves emprendía de su morada a la región del cielo; que todo vil insecto de lo bueno y grande es desafecto. Viene el Aguila, observa el embarazo, muestra una garra y desbarata el lazo. Si el valimiento y la opinión estriban en mérito y virtud sobresalientes, de la envidia los tiros impotentes su solidez afianzan, no derriban.c) “Los malos nunca encuentran nada bueno en los hombres honrados, principalmente si sirven de estorbo en sus maldades”:

El Lobo y la Raposa Los malos nunca encuentran nada bueno en los hombres honrados, principalmente si sirven de estorbo en sus maldades Con impaciencia el Lobo por bosques y caminos gritaba en altas voces: ¡No sé por qué motivo! Dispensa el hombre afable al perro su cariño! Es glotón, es avaro, adula con fastidio. Y si bien se examina su ponderado instinto, no se hallará otra cosa que un falaz artificio. Si de la casa el amo le recomienda el cuido, échenle pan y carne y no dará un ladrido. Observa donde guardan el bocado exquisito, y ronda en su contorno hasta lograr el tiro. Es de la hipocresía el retrato más vivo: en lo exterior virtudes, por dentro todo vicios. Algunos animales de los pocos advertidos al fin se alucinaron con estos y otros gritos. La Raposa a este tiempo se acerca de improviso, la aguardan, la saludan y le ponen en pico. Las cosas que del Perro al Lobo habían oído y que todos estaban prontos a su exterminio. Entonces la Raposa que en su olfato fino husmeó donde estaba el veneno escondido. Después de alguna pausa, y viéndonos tranquilos, les habló con la sorna que le es propia, y les dijo: Aunque es prenda estimada el candor, mis amigos, su dosis de malicia con él hace buen mito. El trato con los buenos será franco y sencillo: mas siempre de reserva usad con los inicuos. ¿Por qué del Perro el Lobo tanto mal os ha dicho? Porque cebar quisiera en la grey su apetito. Y el Perro fiel a su amo con celo siempre activo, defiende de sus garras los mansos corderitos. Y pregunto yo ahora por iguales principios: ¿Acá entre los mortales no sucede lo mismo? ¡Oh, cuántos a los buenos atribuyen delitos! ¿Y por qué? Porque estorban sus malvados designios.

Al espíritu contestatario de Núñez de Cáceres —siempre dispuesto al enfrentamiento: basta recordar su polémica en Venezuela con Simón Bolívar- le iba bien el género de la fá-bula, pues, desde sus orígenes, este modo de expresión de procedencia oriental se nos ha presentado, además de didáctico y moralizante, como efectiva arma satírica. “Contra los que no ven la viga en su ojo, y sí la paja en el ajeno” va dirigida la fábula “El Camello y el Dromedario”, con la que él responde a críticas que le fueron adversas: Si me das, divino Iriarte, algo de la gracia y arte con que en fábula pusiste con que comúnmente oíste divulgado en un refrán, a mí referir me oirán de tu mismo númen lleno la paja en el ojo ajeno que sin caridad notamos cuando nunca reparamos la enorme viga en el nuestro: atención que ya me adiestro. De una larga caravana con placer y buena gana el Camello descansaba y en recompensa aguardaba su ración de paja y grano que con abundante mano el dueño le distribuía después que el viaje rendía. Este mismo propietario mantenía un Dromedario que en los casos de presteza por su extraña ligereza solamente era empleado y así y gordo y descansado en vida canonical era severo fiscal de la falta más pequeña porque la experiencia enseña que siempre la ociosidad fue origen de la maldad Dejemos esto al caso. Vino con ligero paso el Dromedario triscón y al ver la buena ración que se apretaba el Camello levantando el corvo cuello le dice en tono burlesco: ¡oh, cuánto me compadezco de tu suerte, camarada!, pues recibes limitada para un vientre la pitanza cuando tienes otra panza ni chica, sí, de buen tomo encaramada en el lomo la que razón no sería que se quedare vacía: y entaimando la joroba triscaba con esta trova.

Como contra toda ofensa es natural la defensa la suya con gran cachaza así el Camello rechaza. Sí, Señor, está muy bien. Mas su espinazo también carga encima dos corcovas en que caben cuatro arrobas de grano sin comprensión. Iten más otro chichón del pecho en la delantera que no es ninguna friolera, con que explicarme, en qué estribas que teniendo yo una jiba paras la atención en ella. ¿Y tú tres? ¿No te hacen mella? Aunque el Dromedario nada dijo a tan fiera estocada yo responderé por él, que este es un retrato fiel con sus pelos y señales de lo que hacen los mortales: una falta en el próximo, ¡qué fea! Yen sí muchas y grandes no hay quien vea. José Núñez de Cáceres, intelectual, periodista y político dueño de una personalidad sin-gular, tuvo una destacadísima vida pública no tan sólo en su país, sino también en Vene-zuela y en México, donde, en 1848, dos años después de fallecido y mediante Decreto, su nombre fue grabado en letras de oro en el recinto del Congreso Local del Estado de Tamaulipas. En Santo Domingo vio la luz del mundo por primera vez el 14 de marzo de 1772 y el 12 de septiembre de 1846, en el gran país azteca que él tanto amó, cerró los ojos para siempre. Sus restos, traídos al país en 1943, reposan, desde 1972, en el lugar que él supo ganarse con hidalguía y decoro: el Panteón Nacional de República Dominicana.

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