Sunday, February 18, 2007

HISTORIA DOMINICANA : LA ESPAÑA BOBA

Más apuntes sobre La España Boba y sus caudillos

Por: Francisco Berroa Ubiera
(Al maestro, Doctor Ricardo E. Alegría, arqueólogo, etnógrafo, humanista y polígrafo puertorriqueño, en quien el nacionalismo asume la forma de universalismo).

"A los tradicionalistas convendría recordarles lo que tantas veces se ha dicho contra ellos : Primero: que la historia es como el tiempo, irreversible, no hay manera de restaurar lo pasado.
Segundo: Que si hay algo en la historia fuera de tiempo, valores eternos, es eso que no ha pasado.
Tercero: Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.
Cuarto: Que si tornásemos a aquellos polvos, volveríamos a estos lodos.
Quinto: Que todo reaccionarismo consecuente termina en la caverna o en una edad de oro, en la cual sólo, y a medias, creía Juan Jacobo Rosseau".
Antonio Machado, en "Prosas".

I. La verdad histórica no tiene fecha: Rectificar es propio de sabios.
A) Una aclaración necesaria. Con la decisión de publicar el artículo: "Apuntes en torno a Ciriaco Ramírez", en la Revista Ecos, Año VI, 1999, No. 7, confieso que no primó en nuestro animo provocar una polémica en torno su contenido, sino el de ampliar los horizontes cognitivos sobre este personaje histórico, dilucidando sus aportes y enfocando la distorsión que se reproduce y fomenta desde hace muchos años con relación a éste famoso actor histórico al vincularlo a la llamada "Revolución de los Italianos".

Es oportuno aclarar que este artículo se escribió en 1999, sin embargo no pudo ser publicado por los antiguos miembros del selecto “Consejo editorial” de la revista Ecos, posiblemente porque su texto hacía alusión al académico Emilio Cordero Michel, doctor en derecho y profesor de historia dominicana que formaba parte del mencionado “Consejo” hasta su reciente renuncia debido a sus múltiples ocupaciones en la Academia de la Historia.

En su significación griega original el término historia es sinónimo de indagación, y es a partir de este concepto que nos adherimos a creer en la fecundidad del trabajo y en la investigación. Es a partir de esa consideración que intentamos abordar la historia, con expectativas centrales más en la indagación que en la discusión y la polémica. Estas últimas casi siempre son estériles, infecundas, pues distraen al polemista de sus labores habituales. Así lo expresa Pablo Lafargue al considerar que: "Sólo la acción es fecunda en el mundo material e intelectual. En el principio fue la acción".[1]

También está claro que preferimos investigar en fuentes primarias, antes que repetir lo que alguien alguna vez, usando fuentes de segunda o tercera mano dijo sobre un tercero, o sobre algo.

Estoy convencido que en nuestro medio existe una tendencia marcada a sacralizar cierta historiografía y a beatificar ciertos historiadores, que son convertidos en "vacas sagradas", y sus opiniones tienen que ser aceptadas como verdaderos actos de fe, tal y como Stalin enseñaba el materialismo histórico en las academias de la ex-U.R.S.S., desconociendo quizá que en nuestra época: "La crítica ha dejado de ser fútil para convertirse en fecunda, sólo cuando viene después de la experiencia, la que mejor que los más sutiles razonamientos, hace sentir las imperfecciones y enseña a corregirlos".[2]

Uno de nuestros historiadores, don Juan Isidro Jiménez Grullón, escribió hace mucho tiempo que: "La nueva corriente [historiográfica] busca la verdad y niega que la ciencia de la historia pueda circunscribirse a simple "reconstrucción" de los hechos pretéritos en base a documentos, y a los aportes de la arqueología y de otras ciencias".[3] Su opinión era en gran medida parcialmente errónea, e influenciada por la ideología de las autoridades del marxismo, porque si bien es cierto que la historia no la hace el documento ni la evidencia arqueológica, tampoco en historia se puede recurrir a la ficción o a la falsificación, y corriendo el riesgo de ser catalogado de positivista y de documentalista -calificativos que no incomodan-, recurriendo a lo obvio se debe reconocer que nuestra historia colonial del siglo pasado se nutre de unas fuentes esencialmente documentales, y por tal razón, coincidimos en línea de máxima con la opinión de Frank Moya Pons sobre los historiadores calificados por él de "Marxistas postrujillistas", de quienes afirma que se caracterizan por el: "Descuido de las fuentes frente al profundo respeto por las autoridades, singularmente por las autoridades del marxismo".[4]

No obstante la evidencia de un criterio muy general en el conspicuo historiador, vale considerar que entre esos "marxistas postrujillistas" se encuentran verdaderos maestros de la erudición historiográfica dominicana, verbigracia: Roberto Cassá, pero positivamente, en algunos casos el descuido de las fuentes es un mal general entre muchos de los exponentes de la corriente de la "negritud" y del "haitianismo", como los aprecia Moya Pons.

Por lo tanto, el pensamiento es convergente con Marx en función del siguiente principio: "En las ciencias no hay calzadas reales, y quien aspira a elevar sus luminosas cumbres debe hacerlo por senderos escabrosos y difíciles". Lamentablemente sus supuestos "seguidores y partidarios" son los que menos entienden el significado de esas palabras, porque muchos de ellos se encuentran aún mortalmente afectados por el "brain wash" de los manuales divulgados por Stalin en la antigua U.R.S.S.

Lamentablemente todavía algunos de nuestros historiadores están aferrados a la noción de las "leyes históricas", y se fundamentan en Marx y en las autoridades del marxismo. Sobre el uso de leyes en las ciencias sociales, sabemos que desde el siglo XVIII se ha tratado de vincular tres conceptos: ley, ciencia e historia. Más aún: en los siglos XVIII y XIX se creyó que "la tarea del científico consiste en descubrir y establecer más leyes de esta clase mediante un proceso inductivo, a partir de los datos observados".[5] Fue para esta época que en economía política se formuló la denominada Ley de Gresham, también aparecieron las Leyes del Mercado de Adam Smith, las Leyes de Comercio de Burke, la Ley de población de Malthus, la Ley Férrea de los salarios de Lasalle, y las Leyes económicas de la sociedad de Carlos Marx, entre otras, llegándose a creer que las supuestas Leyes del materialismo histórico y dialéctico eran las rectoras de toda la vida social y económica. Nada más burdo porque:

"Al encadenar todos los acontecimientos humanos a una ley fija o proceso mecánico terrestre, el objetivo primordial de la búsqueda, es decir, el dominio que la humanidad pueda ejercer sobre los sucesos y acciones humanas, pierde su completo sentido. Si la humanidad descubriese alguna ley gobernadora de todo su devenir histórico, quedaría presa en la red de su propio destino y sería impotente para modificarlo. Lo pasado, lo presente y lo futuro se revelarían como algo rígido y fuera del alcance de la elección y voluntad humanas. Hombres y mujeres quedarían sujetos a sus destinos como las estrellas a sus órbitas y los mares a sus flujos y reflujos".[6]

Creo, como Carr, que:

"Aprender de la historia no es nunca un proceso en una sola dirección. Aprender acerca del presente a la luz del pasado quiere también decir aprender del pasado a la luz del presente. La función de la historia es la de estimular una más profunda comprensión tanto del pasado como del presente, por su comparación recíproca".[7]

Y por lo tanto, la verdadera labor de la historia radica en: "Hacer que el hombre pueda comprender la sociedad del pasado, e incrementar su dominio de la sociedad del presente, tal es la doble función de la historia".[8]

B) Cómo escribo historia. Ahora bien, para escribir historia no hay ritual cabalístico ni formulas sacrosantas o escatológicas, sino técnicas y ciertos requisitos especiales de tipo cultural -aunque no son imprescindibles-. Propugnamos que tan sólo hace falta cierto dominio del lenguaje que permita escribir diciendo mucho con pocas palabras de forma clara y precisa, aunque el historiador debe estar iluminado por la honradez y la sindéresis. En este tenor es indispensable tener cierta preparación intelectual, fruto de la capacidad para leer e investigar en las fuentes de esta ciencia social.

La honradez no admite regateos, es una condición “sine qua nom”, sin la cual es imposible la genuina investigación histórica, porque el historiador no es el novelista, ni se dedica a la ficción: los hechos históricos no se inventan. Aún así, la imaginación es vital; decía Machado que se miente por falta de fantasía y que la verdad también se inventa.

Quien carezca de imaginación podrá ser compilador de hechos, buen analítico, guía seguro para recorrer los rincones del pasado desde la cómoda posición de una cátedra, pero nunca, jamás, podrá recrear el pasado, ni hacer que el pasado dialogue con el presente, ni hacer que los temas por él abordados penetren en la mente del lector enriqueciéndola.
Retomando la sindéresis o sentido común, como capacidad que nos permite evaluar y juzgar con rectitud, y hacer galas de moderación, equilibrio en el análisis; buen juicio, inteligencia crítica, amplitud de criterio, tolerancia, sentido de la proporción, que es el elemento nodal en el análisis histórico.

Sobre la elección de un tema, éste no debe ser ni muy ampuloso ni pobre; tampoco muy trillado, pero tampoco sutil. Ni muy sobado ni exótico, ni extravagante, que tan sólo satisfaga al autor.
Las fuentes del tema deben ser abundantes, y preferiblemente de primera o segunda mano. En ese tenor, los temas cuyas fuentes sean escasas se deben rechazar por su inasequibilidad. Está claro que la materia prima del historiador son los testimonios orales o escritos de los observadores directos, los documentos y las fuentes bibliográficas, entre otras. Las fuentes testimoniales se expresan en una amplia gama, que inician con las cartas, relatos de viajes, diarios, autobiografías, el diskette e incluyen los microfilmes, fotografías, filmes, la literatura, la poesía popular, la multimedia, y las líneas electrónicas en sentido amplio.

La sindéresis debe guiar toda decisión del neófito en la selección del tema que constituirá su objeto de estudio. Es preciso además que sea agradable, para que el sentido común invada el sentido de elección, como si fuera de un amigo o una novia, pues con el tema escogido compartiremos por un periodo indefinido nuestro tiempo y nuestro espacio. Por ejemplo, Cuando se trabaja una biografía, el sujeto objeto de investigación debe ser alguien que nos resulte simpático, de interés permanente, y debemos profesarle hasta cierto cariño personal.
Ahora bien, siempre debemos decir algo novedoso de nuestro tema o personaje. Una máxima permanente cuando se organiza todo el entramado de la investigación consiste en no perder el tiempo: se debe en una secuencia permanente, leer, escribir, rescribir después de leer más y así tomar el toro por los cuernos o lidiar el problema de inmediato, y, mientras más profundicemos en la investigación mayor será nuestra comprensión del tema, y cada detalle será colocado en su lugar. Poco a poco el rompecabezas quedará armado.

Se debe recopilar el material necesario para la tarea de investigación, organizarlo y elaborar el plan de trabajo continuo. Sólo escribiendo es posible rellenar las lagunas y solucionar los conflictos cognitivos que el quehacer histórico conlleva. Leer, tomar notas y escribir es la clave del éxito. No basta considerarse una "fotocopiadora humana", o un alquilado amanuense, se debe ser crítico, analizar el material, resumirlo hasta obtener el esqueleto conceptual, y escribir. Para ello no hay patrón fijo ni modelo que imitar, cada sujeto edita su estilo, sino se convierte en un plagiador vulgar, pues el arte de escribir nace de la práctica.

Partiendo del aforismo: "Yo soy único y mi estilo lo será también", obtendrá seguridad, pero antes debe tener ideas coherentes para escribir con facilidad y con fluidez, y podrá perfeccionar la forma de su expresión sintáctica. El estilo podrá, en principio, variar según el tema abordado, podrá no ser uniforme pues la forma del estilo depende de los sentimientos del autor. Nada en la vida es eterno ni inmutable, y así es el estilo. Ciertamente, si persiste devendrá un profesional de la historia, y confirmará a través de la praxis que el estilo es al tema como la moda a la época.

En resumen, la historia no es literatura y se escribe siguiendo un procedimiento específico: 1) el historiador procede a verificar la exactitud de los hechos estudiados; 2) buscará todos los datos relevantes, y entre estos no podrán faltar en el cuadro los datos conocidos o relevantes a la interpretación; 3) además, debe leer todas las fuentes y hacer notas, fichas de contenido y fichas bibliográficas, esquemas lógicos, y en fin, debe organizar la información disponible; 4) por último: escribe y rescribe.

En otro orden de ideas, dada la tendencia de ciertos historiadores de enjuiciar a los personajes históricos considerándolos reos de la justicia que se imparte su antojo y sin reglas, debe quedar claro que para la refutación del llamado "juicio histórico", o las opiniones de los demás historiadores se debe tener en cuenta:

1) que el pasado no se puede defender en el presente, sino poner lo mejor del pasado al servicio del presente. Los que admiran a Marx deben conocer conocer esta frase: "La labor de la historia consiste, en que una vez que se ha descubierto la verdad del más allá se debe descubrir la verdad del más acá";

2) que en historia no se hace un juicio al estilo penal judicial, y que por lo tanto, el juicio que no condena no tiene validez: es el juicio profesional del académico;
3) que no hay escalas de valor universales y el juicio moral reviste de una problemática laberíntica;

4) que el historiador, no es un dios ni un ser inefable, ni es fiscal ni abogado defensor, ni un ser intachable y puro. Su veredicto se puede ver como un juicio seudo moral que se disfraza de moralidad y se cubre de una falsa ética. No existe un código moral universal;
5) que el juicio moral en historia es irreal y fútil;
6) que el lector tiene su formación académica, cultural e ideológica, y su propia moral;
7) que no se deben confundir los juicios morales con los juicios profesionales.[9]

II. Más apuntes sobre la España Boba y sus caudillos.
A) La guerra contra Francia en Santo Domingo. El ejército imperial francés fue vencido por sus antiguos esclavos en Haití, en la parte occidental de la isla de Santo Domingo, entre 1802-1803, lo cual posibilitó la conformación del Estado Haitiano en 1º. de enero de 1804, previa proclamación de la independencia en 30 de noviembre de 1803. Sin embargo, la parte Este de la Isla quedó bajo el dominio de los generales franceses Kerverseau y Ferrand, logrando éste último, al destituir al primero del gobierno, mantener el control sobre sus habitantes de aquella época, hasta el año de 1808. Esta dominación francesa en el otrora Santo Domingo Español concluyó a consecuencia de una guerra separatista, auspiciada y financiada por España desde Puerto Rico, estando gobernada aquella Isla por don Toribio Montes.

Afirmo categóricamente que el financiamiento -aunque fuese parcial- procedía de Puerto Rico, porque en una hoja suelta hallada en el Archivo Histórico de Puerto Rico, el gobernador de aquella Isla, don Toribio Montes, hace saber al brigadier y oficial de inteligencia español don Manuel Caballero, y al capitán general don Juan Sánchez Ramírez que el comerciante y prestamista de aquella plaza (San Juan), don Reus Cassals, reclamaba en 1809 los siguientes gastos que fueron destinados para la conquista de Santo Domingo.[10]
Total 92,599-s-33
Producido cahobas [sic.] y negros 14,000-2-23
78,599-3-10

La primera cifra fue el monto de los gastos en que se incurrió para financiar las tropas españolas y los pertrechos militares que se emplearon en la campaña de Santo Domingo, que fueron: 2 lanchas cañoneras, 400 fusiles, 200 sables, municiones, otros pertrechos y algunos hombres[11]; la segunda cifra fue el monto que se obtuvo por la exportación y venta de la caoba y de los esclavos negros que don Juan Sánchez Ramírez envió a don Reus Cassals a Puerto Rico como pago en naturaleza hecho desde Santo Domingo, considerado un abono a la deuda total; y la tercera cifra, es el monto de la deuda pendiente de pago que se reclamaba a don Juan Sánchez Ramírez, y al oficial de inteligencia español brigadier Manuel Caballero. Lamentablemente este documento, una hoja suelta y sin fecha, no contiene información adicional.

En cuanto a Juan Sánchez Ramírez, de él sabemos que nació en Cotuí a mediados del siglo XVIII, y que falleció el 12 de febrero de 1811 en la ciudad de Santo Domingo; que tras los acontecimientos de Basilea (1795), y de la ocupación de Toussaint a la parte este de la isla de Santo Domingo (1801-1802), emigró a Puerto Rico en 1803, radicando su residencia en la ciudad de Mayagüez hasta marzo de 1808 cuando retornó a Santo Domingo para atender personalmente su negocio de corte de maderas de El Macao y su extenso hato de Cotuí.
Como se sabe, en 1808 se produjo la invasión francesa sobre España y la posterior detención de la familia real española en Bayona, nombrando el Emperador Napoleón a su hermano José Bonaparte (Pepe Botella) como nuevo monarca de España: Jose I, quién se instala en Madrid desde el 2 de mayo de 1808.

Ese mismo año de 1808 fue declarada en la Península la Guerra a Francia, razón por la cual, en Puerto Rico, el gobernador Toribio Montes decidió declarar la guerra al gobernador francés de la parte Este de Santo Domingo, general Luis Ferrand, llegando a enviar varios emisarios para insurreccionar a los dominicanos en contra de los franceses. Uno de estos emisarios, don Cristóbal Hubert y Matos logró su cometido, quién tras desembarcar discretamente por el puerto sureño de Barahona, logró trasladarse hasta Neiba, en donde conjuntamente al valiente azuano don Ciriaco Ramírez, y a los señores Manuel Jiménez, Salvador Félix, y otros levantiscos, dieron inicio a la guerra antifrancesa.

Por lo visto don Juan Sánchez Ramírez fue convencido por las autoridades españolas de Puerto Rico para que se convirtiera en un agente de la Suprema Junta Central de España e Indias, y a tales fines visitó el sitio de El Tabero para entrevistarse con don Manuel Carbajal, partiendo luego con destino hacia Higüey, El Seibo y Santo Domingo en donde asomó en 8 de agosto de 1808. Estando en la ciudad de Santo Domingo, fue acogido de buen animo por el general Ferrand, Gobernador francés de la Isla, quién le llegó a ofrecer la comandancia de su ciudad natal: Cotuí, rechazándole la oferta, y partiendo hacía allí, en donde llegó en 13 de agosto; saliendo el día 15 del mismo mes y año hacía La Vega, en donde se entrevista con don Agustín Franco, Jefe de ese Departamento, a quien invitó a participar en un movimiento para restablecer el poderío español en la parte este de la Isla.

Don Juan Sánchez Ramírez siguió luego hasta Santiago en donde recabó la ayuda del cura don Vicente Luna y del militar don Marcos Torres, Comandante del cuerpo de caballería de “Los Dragones” de aquella plaza cibaeña, para luego enfilar de inmediato hacía Puerto Plata en donde aprovecha la presencia del barco del capitán Miguel Pérez para solicitar el socorro de las autoridades de Puerto Rico, intentando enviar a dos emisarios, los señores: don Antonio López de Villanueva, Comandante de Artillería, y don José Pacheco, para que estos trataran de convencer a don Toribio Montes sobre la conveniencia de ayudar con armas y dinero a la separación de Francia de la parte Este de Santo Domingo.
Sin embargo, las autoridades francesas prohibieron la salida de dichos señores. Después de ello, don Juan Sánchez Ramírez regresó a La Vega, y luego fue a Cotuí en donde permaneció desde el 24 al 30 de agosto de 1808, partiendo luego hacia Bayaguana a donde llegó en primero de septiembre de 1808, y aseguró con su visita el apoyo del Prebistero don José Moreno, pasando luego a la ciudad de El Seibo en 4 de septiembre de 1808 para culminar con sus preparativos militares a fin de enfrentar a los ocupantes franceses, disponiendo finalmente de la ayuda española.[12]

Como había ocurrido con Leclerc y sus tropas en la parte Occidental, el general Louis Ferrand y sus contingentes militares fueron igualmente rechazados y derrotados militarmente en el este de Santo Domingo por fuerzas pro-españolas integradas por negros libertos y esclavos, mulatos, españoles criollos y peninsulares quienes lucharon por el restablecimiento del dominio español, de tal suerte que en 1809 se reorganizó en el este de “La Española” un estado colonial dependiente y obediente a los intereses peninsulares y reales de Fernando VII. Fue el periodo denominado por la historiografía dominicana “La España Boba” (1809-1821).
Desde la segunda mitad del siglo XVII, pero sobre todo durante estos años se produce la cristalización embrionaria del sentimiento nacional dominicano a resultas de la conformación de un conglomerado social cuyos miembros se hallaban vinculados entre sí por fuertes lazos de cultura, lengua, sicología, y territorio, enmarcados en un contexto económico de capitalismo embrionario, es decir, de economía mercantil simple, articulada a formas de producción precapitalistas y esclavistas.

Cuando quedó iniciada la guerra contra Francia en la parte Oriental de la isla de Santo Domingo, hasta su derrota definitiva, en ese proceso bélico se destacaron dos lideres político-militares: don Ciriaco Ramírez y don Juan Sánchez Ramírez. Sobre el papel desempeñado por estos dos criollos, y sobre las contradicciones que los distanciaron, y los enfrentaron recomendamos leer el artículo titulado: "Apuntes en torno a Ciriaco Ramírez", publicado en la Revista Ecos, Año VI, 1999, No. 7, PP. 149-158, aunque sabemos que nadie pone en duda que el primero en destacarse como el líder militar de vanguardia en esta lucha fue el valiente criollo azuano don Ciriaco Ramírez, aunque finalmente, nuestro primer caudillo, don Juan Sánchez Ramírez, logró imponerse al líder azuano.

Algo más sobre la Junta de Bondillo. En Haití se creyó que en esta Junta se enfrentaron tres corrientes políticas distintas. Ardoin sostiene que en Bondillo: "Unos querían la alianza con el estado del Norte [de Cristhope], otros con la República de Haití [de Pethión en el Sur], y otros restaurar la dominación de España".[13] Sobre los partidarios de los caudillos haitianos no tengo información, aunque está claro que tanto Ciriaco Ramírez como Juan Sánchez Ramírez actuaron motivados por sus compromisos con los hispanos. También en nuestro artículo anterior hemos demostrado que don Juan Sánchez Ramírez, para distraer a Ciriaco Ramírez de los asuntos de la Junta de Bondillo, lo hizo ausentarse de la reunión a fin de tomar las decisiones más convenientes para sí mismo, haciendo "una verdadera junta política que la formaron los adeptos incondicionales del brigadier D. Juan Sánchez Ramírez, que tuvo por principales miras obtener la unidad de mando en favor del caudillo, y sus resoluciones fueron dadas en defecto, es decir, de espaldas del otro jefe del movimiento de la reconquista D. Ciriaco Ramírez y de sus partidarios".[14] Por lo tanto, resulta evidente que nuestro primer caudillo político militar fue don Juan Sánchez Ramírez, el verdadero Alter Ego de los Santana, padre e hijo, con quienes mantuvo un vinculo directo, ya que el padre de Pedro Santana fue uno de sus ayudantes de campo, y el hijo nunca quiso que nadie lo cubriera con su sombra. Todo esto confirma esta apreciación de Engels sobre el papel del gran hombre en la historia:

"Los hombres hacen ellos mismos su historia, pero hasta ahora no con una voluntad colectiva y con arreglo a un plan colectivo, ni siquiera dentro de una sociedad dada y circunscrita. Sus aspiraciones se entrecruzan; por eso en todas esas sociedades impera la necesidad, cuyo complemento y forma de manifestarse en la casualidad. La necesidad que aquí se impone a través de la casualidad es también, en última instancia, la económica. Y aquí es donde debemos hablar de los llamados grandes hombres. El hecho de que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento y en un país determinado, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo suprimimos, se planteará la necesidad de reemplazarlo, y aparecerá un sustituto, más o menos bueno, pero a la larga aparecerá. Que fuese Napoleón, precisamente este corso, el dictador militar que exigía la República Francesa, agotada por su propia guerra, fue una casualidad; pero que si no hubiese habido un Napoleón habría venido otro a ocupar su puesto, lo demuestra el hecho de que siempre que ha sido necesario un hombre: César, Augusto, Cromwell, etc..., este hombre ha surgido".[15]

El gobierno de Sánchez Ramírez y las conspiraciones. Don Juan Sánchez Ramírez asumió el control de la Isla desde 1809 hasta que se produjo su muerte en 12 de febrero de 1812. Durante su gestión gubernativa al frente de la Isla, sostiene don José Gabriel García, se produjo la conspiración de don Manuel Del Monte, desterrado a España y posteriormente absuelto por el Consejo de Regencia gracias a los auxilios que le prestó su pariente y amigo Francisco Javier Caro; otra conspiración fue la del habanero don Fermín, condenado a la pena de reclusión por siete años en la cárcel de la Torre del Homenaje de “La Fuerza” (hoy fortaleza Ozama).
También, durante el gobierno de Sánchez Ramírez se verificó la denominada conspiración o revolución de los Italianos (1810), con la participación de los señores: Santiago Faló o Faleau -sastre mulato natural de Cabo Francés que se desempeñaba como oficial de Compañía del Regimiento 31 a cargo del coronel Pablo Alí-; el zapatero venezolano -caraqueño- José Ricardo Castaños; el puertorriqueño Juan José Ramírez; y, los oficiales del Batallón Fijo Ugarte y Joaquín Mojica, estos últimos infiltrados como espías en la conspiración, hallándose todos vinculados al capitán italiano Emilio Pezzi (conocido también como Manuel o Edmundo o Edmigio Persi), quienes posiblemente llegaron a tener ciertos nexos con la República de Pethión,[16] y cuyos pormenores hemos analizado en nuestra anterior entrega.

Pero, para que no queden dudas en torno a la cuestión de la ausencia de don Ciriaco Ramírez en la Isla a raíz de la "Revolución de los Italianos", debo decir que en el Auto para la sustanciación judicial del proceso de dicha conspiración, de fecha 8 de septiembre de 1810[17] los únicos sometidos a la justicia por el gobierno fueron el mulato Juan José Ramírez, el caraqueño José Ricardo Castaños -quienes supuestamente contaban con el apoyo de 600 hombres-, el oficial mulato de la Compañía de Alí Santiago Foló, y el capitán de la Compañía de los Italianos don Emilio Pezzi, quienes se estimó tenían posibles nexos con Pethión y con los independentistas venezolanos.

Y por si los argumentos antes esgrimidos fueran cuestionados, o si alguien quisiera rebatirlos sin evidencias documentales, debo agregar que en el proceso seguido a los conspiradores de la llamada "Revolución de los Italianos" se produjo una sentencia[18] de fecha 25 de septiembre de 1810, que condenó a Emilio Pezzi a ser pasado por las armas (fusilado), y a los señores Santiago Faló, Juan José Ramírez, José Ricardo Castaños -posiblemente agente de la Gran Colombia-, a ser ahorcados, dejándolos colgar por seis horas en el patíbulo, ordenando la sentencia separar luego sus cabezas de sus cuerpos, y, que se colocara en el pecho de los cadáveres una inscripción en letras grandes: "Así castiga la justicia a quien es traidor a la patria"[19], y ciertamente, a Cristóbal Úber o Hubert, y a Ciriaco Ramírez trataron de implicarlos en la conspiración posiblemente con el único propósito de confiscar sus bienes, odiosa práctica del colonialismo español de aquel entonces en toda Hispanoamérica. A Hubert se le condenó a 10 años de prisión con trabajos públicos sin sueldo en San Juan de Úlua -una cárcel de Veracruz, México-, a la confiscación de sus bienes, y al destierro perpetuo, aunque en lo que concierne a don Ciriaco Ramírez, que se hallaba preso en Puerto Rico, cuando fue requerido por el tribunal presidido por Juan Sánchez Ramírez, éste no fue enviado por la Capitanía General de aquella Isla, entendiendo posiblemente las autoridades de la colonia de Puerto Rico que don Juan Sánchez Ramírez sólo buscaba una suerte de vendetta personal.

Unas líneas finales sobre don José Núñez de Cáceres. Algunos de nuestros historiadores han implicado a don José Núñez de Cáceres en los asuntos relativos al juicio seguido a los conspiradores de la "Revolución de los Italianos", sin embargo, la sentencia condenatoria solamente se halla firmada por los señores: Domingo Díaz Páez, y Martín de Mueses, Escribano Público. Además, se debe saber que don Juan Sánchez Ramírez, Leonardo del Monte, José Joaquín del Monte, Doctor José Núñez de Cáceres llegó a Santo Domingo procedente de Cuba en enero de 1811, como el mismo lo establece en una carta reproducida parcialmente más adelante.
A Sánchez Ramírez, una vez se produjo su muerte, le sucedió en el gobierno don José Núñez de Cáceres, procedente de Cuba, y, en donde se desempeñaba como Relator de la Real Audiencia en aquella hermana Antilla. Aunque don José Gabriel García sostiene que la muerte de Juan Sánchez Ramírez se produjo el 7 de enero de 1811,[20] en una carta un tanto mutilada de don José Núñez de Cáceres al entonces gobernador de Puerto Rico de fecha 21 de febrero de 1811, éste le hace saber que falleció en 12 de febrero de 1811. He aquí el texto legible de la misiva indicada:

“Habiendo llegado a esta plaza el diez y ocho de enero último [de 1811] a servir los empleos de Ten.te de Gob.n [Teniente de Gobernación], Asesor General y Auditor de Guerra, a que he sido nombrado en nombre de S.M [Su Majestad]. Dios le guíe y prospere, aprovecho la primera ocasión directa que se presenta p.a [para] ese puerto, después de estar en exercicio (sic.) que comenzó el día veinte y ocho del mismo enero, p.a ofrecer á V.S. [Vuestro Señor] la buena disposición en que me hallo á cultivar y mantener en buen pie las relaciones amistosas, y sincera armonía que encargan las leyes, y debe haber entre los gobiernos vecinos pa. el mejor servicio del Rey, y reciproco auxilio que en todos los tiempos son obligados a prestarse en qualquiera (Sic,) caso de necesidad, y con especialidad en el día, por las críticas circunstancias de la guerra, en que gloriosamente se halla empeñada la nación con un enemigo tan pérfido y astuto.
A mi llegada a este destino tuve la desgracia de encontrar á nuestro Gral. D.n Juan Sánchez Ramírez, tan agoviado (sic.) de sus males q.e nada pudo comunicarme ni conferenciar conmigo de asuntos relativos al Gob.o. [gobierno] ni del estado en que dexaba (Sic.) sus relaciones amistosas con los demás vecinos y aliados. Por su muerte acaecida el día dose (Sic.) de los corrientes estoy encargado del mando político y de la Yntendencia y V.S. puede disponer con entera confianza de las facultades anexas a uno y otro ramo.”
[21]

Por lo tanto, fue tras la muerte de Sánchez Ramírez que se produjeron las rebeliones de esclavos en las haciendas de Mendoza y Mojarra, ubicadas en el oriente de Santo Domingo, participando en la primera los Seda, los Betances, los Meas y Fragoso, y en la segunda Pedro Figueroa. Durante el desempeño del gobierno don José Núñez de Cáceres ordenó la detención de José Leocadio, cabeza de los rebeldes esclavos, mulatos y libres, vía el Escribano Dionisio de la Rocha por medio de un Auto Judicial enviado a las autoridades de Bayaguana, El Seibo, Cotuí, Azua, y a los jueces pedáneos y ordinarios del Norte, Este y Sur, y el señor de La Rocha hizo gestiones personalmente en tal sentido en la región Oriental.

También, destaca Beabrum Ardoin[22] -historiador haitiano que fue funcionario de Boyer- que en el gobierno de Sebastián Kindelán se produjo la conspiración del Capitán Manuel Martínez detectada en 19 de marzo de 1821; posteriormente fue implicado en otra conspiración independentista don Antonio Martínez Valdez, delegado a las Cortes de diputación provincial, es decir, de la asamblea colonial, siendo apresado y sometido a la justicia, pero éste se salvó de la cárcel por la oportuna intervención del Auditor de Guerra don José Núñez de Cáceres, quien también se mantuvo vigilado por las autoridades, y de hecho era el cabecilla de la conspiración independentista. En ese momento, en la parte del Este, todos los grupos representativos de la sociedad: Militares, profesionales, comerciantes, artesanos, etc.., eran partidarios de la separación de España. Poco tiempo después de ser detectados estos focos rebeldes en 1821, se formaron dos partidos (más bien tendencias):

"El primero, compuesto por una débil minoría, pedía aliarse a la república de Colombia, sin considerar que esa República, no teniendo marina y separada de Haití por vastos mares, no podía darle ninguna clase de protección". "El segundo quería la independencia pura y simple, sin preguntarse si una población de no más de 130,000 almas podía aspirar al papel de Estado independiente".
"Así, los dos partidos se encontraban frente a frente, su sangre iba a correr y nuestra tranquilidad se encontraba afectada."
[23]

Tomás Modiou[24] -historiador haitiano que fue durante mucho tiempo secretario del general Joseph Balthazar Inginac, a su vez Secretario personal de Boyer y hombre importante de la inteligencia haitiana de la época- identifica cuatro tendencias en torno al destino del Este en 1821: 1) los partidarios de la independencia, quienes eran mayoría; 2) los prohaitianos; 3) los procolombinos; y, 4) los partidarios de España.

Se sabe, contrario a lo que afirma cierta historiografía, que las actividades populares e independentistas de Beller, Dajabón, y Monte Cristi, dirigidas por los comandantes Andrés Amarante y Francisco Estévez, y que se manifiestan a partir del 8 de noviembre de 1821 eran movimientos que perseguían declarar la independencia amparados en los corsarios de Buenos Aires del crucero de La Orange que ocasionalmente se refugiaban en la bahía de Manzanillo, infiltrados por agentes secretos haitianos -por ejemplo: el comerciante Carlos Arrieu o Harrieux- interesados en lograr una manifestación favorable a la unificación insular.[25] El General de División y ex-secretario de Boyer (1797-1843), Joseph Balthazar Inginac en sus Memorias[26] reconoce que Amarante y Estévez se acercaron a Arrieu sólo para solicitar por su vía ayuda en armas y municiones al gobierno haitiano, o para que él las procurara en el Oeste.

Referencias y bibliografía mínima consultada:

Aimé Césaire: Toussaint L'Ouverture, la revolución francesa y el problema colonial. Edición del Instituto del Libro, La Habana, 1967.
Archivo General de Puerto Rico (AGPR): RG. 186: Records of the Spanisch Governors of Puerto Rico. Political and Civil affairs. Cónsules: Santo Domingo, 1796-1858.
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[1] Pablo Lafargue: El método histórico, en: Varios autores: El materialismo histórico según los grandes marxistas, ediciones Roca, México, 1973, P. 51.
[2] Opus cit., PP. 49-50.
[3] Juan I. Jimenes Grullón: “Historia de nuestra historiografía”, Listín Diario, 4 de nov. De 1975, P. 7.
[4] Frank Moya Pons, Historia dominicana, historisadores, y percepción de la dominicanidad, discurso reproducido por el Listín Diario, lunes 5 de oct. De 1975, P. 7.
[5] E. H. Carr, ¿ Qué es la historia?, Seix Barral, 1978, P. 77.
[6] Steele, 1967: P. 85, cita la obra: The open door at home, The MacMillan, P. 14.
[7] E. H. Carr, Opus Citatus, P. 91.
[8] Ibídem, P. 73.
[9] Ver: Steele, La historia, su naturaleza, UTEHA, México, 1967.
[10] AGPR: R.G. 186: Records of the Spanisch Governors of Puerto Rico. Political and Civil affairs. Cónsules: Santo Domingo, 1796-1858. Entry 16, Box 34. Las cantidades corresponden a pesos españoles de plata (Nota de Francisco Berroa).
[11] Ver: Salvador Brau: Historia de Puerto Rico, ediciones Edil, Río Piedras, 1974, P. 199.
[12] Ver: Juan Sánchez Ramírez, Diario de la reconquista, en: Mejía Ricart, Gustavo Adolfo, Historia de Santo Domingo, Vol. VII, Pol Hermanos, Santo Domingo, 1954, P.192 y siguientes.
[13] Beabrum Ardoin, Etudes Sur L’Histoire d’Haití, 1958, Tomo VII, P. 58, Edición facsímil de la de 1856.
[14] Resolución o acuerdo tercero del Instituto de Investigaciones Históricas en el periodo de reincorporación a España redactado por Gustavo Adolfo Mejía Ricart, en: Boletín del Archivo General de la Nación, Año 3, Vol. 3, No. 9, ciudad Trujillo, 29 de febrero de 1940, P. 8.
[15] Carta de Federico Engels a Konrad Schmidt, en: Varios autores, El materialismo histórico según los grandes marxistas, Ediciones Roca, México, 1973, P. 43.
[16] Cassá, Roberto, Historia social y económica de la República Dominicana, Tomo I, P. 167.
[17] Auto del proceso de la Revolución de los Italianos, 8 de septiembre de 1810, en: Boletín del Archivo General de la Nación, 1948, Núm. 58, PP. 218-220.
[18] Sentencia emitida en el proceso seguido contra los patriotas de la llamada Revolución de los Italianos (sic.), 25 de septiembre de 1810, Boletín del Archivo General de la Nación, 1948, Núm. 59, PP. 425-427.
[19] La patria invocada era la española (Nota de Francisco Berroa).
[20] José Gabriel García, Rasgos biográficos de dominicanos célebres (Compilación y notas de Vetilio Alfau Durán, Academia Dominicana de la Historia, Vol. XXIX, Editorial El Caribe, Santo Domingo, 1971.
El resto de la carta es ilegible por hallarse parcialmente mutilada y consumida por la polilla, se halla firmada por don José Núñez de Cáceres y es de fecha 21 de febrero de 1811. Las palabras entre corchetes me corresponden, y los subrayados son míos (Nota de Francisco Berroa). AGPR: RG. 186: Records of the Spanisch Governors of Puerto Rico, Political and Civil affairs, Cónsules, Santo Domingo, 1796-1858. Entry 16, Box 34.
[21] El resto de la carta es ilegible por hallarse parcialmente mutilada y consumida por la polilla, se halla firmada por don José Núñez de Cáceres y es de fecha 21 de febrero de 1811. Las palabras entre corchetes me corresponden, y los subrayados son míos (Nota de Francisco Berroa). AGPR: RG. 186: Records of the Spanisch Governors of Puerto Rico, Political and Civil affairs, Cónsules, Santo Domingo, 1796-1858. Entry 16, Box 34.
[22] Ardoin, Opus Cit., P. 25.
[23] De la reunión de la ci-devant partie Espagnole á la Republique d’Haití. Periódico Le Propagateur Haitien, Puerto Príncipe, 1º. De junio de 1821.
[24] Modiou, Histoire d’Haití, Tome Troisieme, Port-au-Prince, 1922, P. 386.
[25] Beabrum Ardoin: Opus Cit., Tome neuviéme, P. 13.
[26] Kingston, Jamaica, 1843.

FRANK BERROA





FRANCISCO BERROA UBIERA


Francisco M. Berroa Ubiera, historiador dominicano. Estudió en la Universidad Autónoma de Santo Domingo licenciaturas en Educación mención Ciencias Sociales (1980), y en la Universidad Católica Nordestana, licenciatura en Derecho (1986). Además tiene título de Maestría en Estudios de Las Antillas Mayores, en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe (San Juan de Puerto Rico, 1996). Posee Certificado de Curso avanzado sobre Derecho Laboral (1986), Curso de Postgrado y especialización en Ciencias Sociales, y sobre Fundamentos Económicos. Fue coordinador de la Cátedra de Historia Dominicana en la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades (UASD). Tiene innumerables ensayos aparecidos en revistas especializadas y periódicos dominicanos y entre sus publicaciones se encuentran: Apuntes para la historia de las Banderas de los países latinos de las Grandes Antillas (2005), La UASD y la Facultad de Humanidades, Apuntes para su estudio en el 467 aniversario (2005), Historia Dominicana Siglo XX (Historia Dominicana Contemporánea) (2005). En la actualidad es director del Instituto de Historia de la Facultad de Humanidades (UASD).





Sunday, February 11, 2007

RAYMUNDO GONZÁLEZ Y ROBERTO CASSÁ



"La figura social del montero en la formación histórica del campesinado dominicano"

Raymundo González

(Discurso de ingreso como miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia, 13 diciembre 2004, publicado originalmente en Clío, año 73, núm. 168, julio-diciembre 2004)

Quiero dar la gracias, antes que nada, por su presencia en este acto a cada uno de ustedes, especialmente a mi madre y mi esposa que hoy me acompañan. Valoro la estimación y el afecto que se siente esta noche en esta sala de conferencias. Además, deseo expresar mi agradecimiento por la paciencia e indulgencia que me dispensó la Junta Directiva de esta Academia, pues cuando acepté el compromiso de integrar la nomina de académicos de número, en el año 2003, no imaginé que iba a incumplir todos los plazos ni que iba a tener que recurrir a varias prorrogas, las cuales siempre me fueron concedidas sin demora. Cumplo, pues, en este momento con el honroso compromiso de ocupar un nuevo puesto en esta Academia Dominicana de la Historia en el sillón “U”.

El tema que esbozaré esta noche sobre la figura social del montero en la historia dominicana trata de lo que suelen llamar los historiadores “historia de la gente corriente”: “historia desde abajo”, o también, “historia de la gente sin historia”. La aparente contradicción de esta última frase ayuda a comprender el subrayado de la historia social de nuestros días, frente al punto de vista restrictivo que impuso en el siglo XIX el término de “pueblos sin historia”. Hoy en día no se discute el valor de esa historia social, que cultivan con éxito diversas corrientes historiográficas, aunque sigue siendo difícil su acometimiento ya que cuando se trata de períodos algo alejados del presente las fuentes son escasas y por lo general sumamente dispersas. En lo que a nuestro país se refiere, ya han comenzado a elaborarse una serie de estudios sobre el movimiento obrero y los campesinos dominicanos que abarcan sobre todo los siglos XIX y XX, los cuales constituyen una base significativa para su desarrollo.

Escogí, más que nada, para este discurso el tema señalado porque me pareció que esta figura olvidada y casi siempre despreciada puede darnos una clave muy importante para entender la transformación de la sociedad colonial (en su largo ciclo de más de tres siglos) y también de la sociedad republicana que emergió de la anterior en el siglo XIX. Pero, además, porque proporciona al mismo tiempo la posibilidad de leer con nuevos ojos nuestro presente y así tomar conciencia de su compleja densidad histórica.

Otra vez me reconozco deudor en esta elección de Pedro Francisco Bonó, quien es responsable del primer trazado de una historia sociológica en los años 80 del siglo XIX, la cual no tuvo paralelo en nuestro país hasta después de medio siglo, cuando en 1940 se publicó en La Habana la obra República Dominicana: Análisis de su pasado y su presente, de la autoría de Juan Isidro Jimenes Grullón. Como ustedes saben, en mi trabajo he intentado seguir la pista a Bonó en la tarea de poner de relieve las aportaciones del mundo popular y trabajador a la conformación de nuestra sociedad contemporánea.

Desde luego, lo que podamos conocer a través del estudio de los monteros sobre la dinámica de la formación de clases durante el período colonial y principios del republicano, dependerá de manera decisiva de que podamos desarrollar el instrumental analítico y una perspectiva de interpretación teórica que lo sustente. Hasta ahora, tanto la historiografía como los documentos dan buena cuenta de descripciones atinadas del mundo rural donde se desenvolvió la vida del montero, aunque la mayoría de las veces se repiten hasta convertirse en una familia de definiciones e imágenes folclóricas por no decir anquilosadas.

Cuando no es el ser bárbaro o semisalvaje, capaz de las peores violencias, repugnante para cualquier persona civilizada, ese “olvidado espécimen de campesino dominicano”, como le llama Rodríguez Demorizi, quien lo representa de la siguiente forma en su mejor y más indulgente retrato:

“El montero, poco menos que siervo del hatero, no era el campesino dedicado al cultivo de la tierra, sino el que, semidesnudo, machete en mano y con su abigarrada truilla de perros amaestrados, andaba a pie por el hato, por la montería, entre las breñas, tras las reses montaraces; hombre de valor que había de enfrentarse al toro salvaje de cuernos acerados y al terrible verraco de agudos y cortantes colmillos, curvas navajas que le sobresalían a ambos lados del destructor hocico. Hombre también de sobriedad pasmosa, que andaba todo un día en pos de la caza espantadiza con sólo el sorbo del café mañanero”. (Emilio Rodríguez Demorizi. Lengua y folklore en Santo Domingo. Santiago, UCMM, 1975, p. 308).

En general, las descripciones del fenómeno ubican la montería como una actividad subsidiaria del hato, como en efecto lo fue, y subrayan su carácter atrasado. Pero tal análisis se conforma con presentar el lado pasivo de la montería, no su lado activo. Lo que intentaré aquí es profundizar en esa otra dirección que parte de considerar dicha actividad en cuanto responde a la organización de un modo de vida, una lógica social, que contrasta intensamente con la lógica de la sociedad colonial.

Para ello será preciso suspender por un momento nuestro modo habitual de mirar el pasado que pone la etiqueta de “pre-moderno” o “no-moderno” a aquello que no refleja nuestro modo de sentir y de pensar, a manera de sentencia de condena, con la pretensión inmediata de “modernizarlo” con nuestra intervención. Digo suspender porque de esta manera podremos penetrar en la lógica alternativa de ese “otro mundo” que fue el de los monteros. Suspender para conocer y así enjuiciar racionalmente ese “otro” que, como veremos, no es tan ajeno a nuestro presente como puede parecer a primera vista.

Todos los cronistas se refieren a la gran cantidad de ganado que había en la colonia española de Santo Domingo: Oviedo, Gómara, Benzoni, Las Casas, Herrera. Los mismos, además, se refieren a la gran cantidad de animales alzados que ya existía en la isla desde el mismo siglo XVI. Especialmente numerosas eran la piaras de cerdos cimarrones, que se multiplicaban con facilidad, tras los cuales también iban los perros jíbaros que se convirtieron en una gran calamidad en la siguiente centuria. Eso provocó que desde temprano en aquel siglo apareciera una ocupación vinculada a la caza de estos animales que se internaban en los bosques y montes, ya que de otro modo eran inaprovechables.

La implantación violenta de la dominación española había dado lugar a una nueva sociedad regida por una normativa basada en la esclavitud primero del indígena y luego del negro africano importado por la fuerza. Esa realidad provocó la doble “destrucción” de las Indias y del África que condenó Las Casas en sus escritos. En la Isla de Haití o La Española no sólo conllevó la desaparición de la sociedad indígena, la destrucción de sus gentes y de las estructuras políticas y sociales, sino también –a postre- la sustitución de la economía agrícola por la pastoril. La agricultura popular se convirtió en actividad cerril junto a los alzados indios, blancos y negros. Pero aun en ese ámbito se vio rápidamente subordinada a la cacería del enorme número de ganado cimarrón que se adueño de los bosques y montes de la isla. Los seres humanos que tuvieron la suerte de escapar de la esclavitud se adaptaron a la trashumancia de la vida cimarrona en aquellos montes henchidos e impenetrables.

Desde luego, la montería que entonces se desarrolló nunca fue la actividad casi cortesana que presentó don Emilio Rodríguez Demorizi en la voz “montería” (Enciclopedia dominicana del caballo. C. T., Editora Montalvo, 1960, p. 244; véase, además, la voz “montero” (p. 246), donde se refiere a este como un oficio “heroico”), haciéndose eco de la práctica española medieval que se prolongó hasta el Antiguo Régimen. La montería no era un coto de caza para la entretención de reyes, nobles o segundones, ni el montero era un señor feudal que salía a divertirse. Ciertamente ella podía proporcionar alegrías y satisfacciones a quienes la practicaban, ¡qué duda cabe! Mas, el bosque espeso, la naturaleza desconocida y enmarañada, el hecho de que en esos mismos monte se hallaban indios y negros alzados presentaba riesgos mayores adicionales a los que se corrían detrás de la presa, ninguno de los cuales eran precisamente de la atracción de los colonos blancos. Por eso, la práctica de montear fue desde temprano una ocupación de gente rural que habitaba en los hatos, especialmente de negros libres y esclavos. En consecuencia, una actividad mal vista por todos los sectores de la sociedad colonial, incluidos los que se aprovechaban de su trabajo, como era el caso de los hateros.


En medio de la colonia despoblada que fue Santo Domingo, no es de extrañar que tal modo de vida se difundiera como la misma ganadería extensiva que implicó el hato exento de la agricultura de plantación. El poblador rural estuvo por lo general íntimamente ligado al hato como unidad productiva predominante, que se convirtió en el referente mayoritario del mundo rural. Las monterías que rodeaban los hatos proporcionaban el medio de vida para esa población flotante que excedía las necesidades de la mano de obra de la economía hatera, en la que apenas encontraba una ocupación marginal. (Por ejemplo, en la importante Descripción de la Isla Española o de Santo Domingo del oidor decano don Fernando de Araujo y Rivera, escrita en 1699, se describe como la actividad de la gente rural, de la siguiente forma: “(…). Su más común y ordinario ejercicio en que se crían, y mantienen es pelear con fieras, como está dicho, matando a lanzadas los toros para quitarles la piel, con los caballos, mulas y jumentos bravíos, domesticarlos, y aprovecharse de ellos, y con el ganado de cerda como jabalíes de estos Reynos para su alimento, los convierte este ejercicio en una ferocidad, y naturaleza casi inhumana para pelear a lanzadas, y cometer muertes, siendo muy pocos los que se aplican a hacer algunas cortas sementeras”. Véase E. Rodríguez Demorizi, Relaciones históricas de Santo Domingo, tomo I, C. T., Montalvo, 1942, p. 306).

En todo caso, donde aquellos esforzados hombres del monte se destacaron fue en las acciones de guerra frente a los enemigos externos, representantes de los imperios europeos que se disputaban la posesión y el comercio de estas tierras.

Así lo refieren las fuentes tanto españolas como inglesas y francesas. Las arremetidas de los monteros con sus lanzas para desjarretar reses y machetes para enfrentar fieras cuerpo a cuerpo, fueron decisivas en diversas acciones de guerra en los siglos XVII a XIX. Son frecuentes los relatos sobre monteros que consiguieron victorias increíbles o que se desaparecieron en medio un bosque de árboles de espinas enormes como el campeche, para luego reaparecer y destruir un enemigo varias veces más numeroso. Pero el personaje exaltado a héroe en tales sucesos de guerra, es el mismo que aparece como un villano en los relatos de la vida social, o aun peor, es el vago y el bárbaro que impide todo progreso. Como los llamó el Cabildo de Santo Domingo en el año 1769, representan “la polilla de la república”.

En otro lugar me he referido al modo de vida de los campesinos monteros y otros grupos (conuqueros, maroteros, rayanos) con la expresión “campesinos arcaicos”. Por modo de vida de los campesinos arcaicos entiendo un tipo de relaciones sociales de producción que se basa en el aprovechamiento directo de la naturaleza, sin que los productos del trabajo humano tengan que realizarse bajo la forma de predominante, aunque el acceso a los medios de producción suponga el pago de un canon a un intermediario que la posea legítimamente o tenga lugar por medios ilegítimos con respecto a las reglas de la sociedad dominante. En tal sentido, el contexto en que se desarrolla la esencia de esta actividad es de una “economía natural”, pero no de manera exclusiva, ya que se encuentra inserta en una economía rentista y esclavista.

El término de campesinos arcaicos también está inspirado en una lectura de la obra de Hobsbawm, Rebeldes primitivos, convencido de que con el mismo nombre puede ponerse de relieve una arista contrastante con la sociedad esclavista colonial, aunque sin reducirla a la plantación esclavista que no fue el caso típico en Santo Domingo desde fines del siglo XVI. No he abandonado tal denominación, pese a que puede parecer un tanto despectiva, porque entiendo que las categorías propuestas por Sydney Mintz, Ciro F. Cardoso y Eric Wolf, entre otros, sobre “campesinos reconstituidos” o “protocampesinos”, aunque tienen puntos de contactos, dejan fuera la experiencia de La Española, ya que su punto de partida explicativo tiene como referencia central a la sociedad de plantación, cosa que ellos mismos subrayan en sus obras. Por eso quisiera, sin entrar en una discusión pormenorizada con dichos autores, aclarar el criterio de arcaísmo con que he analizado dichos grupos, el cual me ha permitido englobarlos bajo un mismo modo de vida.

El criterio aquí adoptado atiende básicamente a tres aspectos: El primero que salta a la vista es, sin lugar a dudas, el extremado individualismo que produce en el sujeto que depende de su habilidad y de su fuerza para sobrevivir cotidianamente en su enfrentamiento con la fiera. Bonó atisbó en ello el arraigado particularismo de nuestra gente rural. Para él su valor personal, entendido como el arrojo del individuo osado y hasta temerario, constituye la mayor prueba del carácter. Este no puede ser desafiado por nada ni nadie a menos que quisiera medirse inmediatamente con todas las consecuencias y riesgos que eso comporta. Como consecuencia de lo anterior aparecen, en segundo lugar, el arraigado sentimiento de autarquía que genera en los individuos y la sociedad que se va formando con ellos.

En efecto, la autonomía de la vida rural está asociada tanto a la forma dispersa de su patrón de asentamiento y uso del suelo, como al concepto de libertad y bienestar de esta sociedad rural que puede resumirse en el acceso libre a la tierra como valor central. La autarquía y el particularismo minaban, además, el espíritu de asociación de estos pobladores, regularmente reducido al grupo que acostumbraba a salir de caza o que accedía a la tierra; la única excepción fue el fenómeno del caudillo, que por lo común fue el vehículo para alcanzar beneficios colectivos y disfrutar más plenamente de la autarquía, cosa que de modo individual no hubiesen podido conseguir. Por lo demás, la solidaridad social de estos grupos se expresó de manera espontánea, no meditada ni organizada, y casi siempre como resistencia a la violencia del Estado colonial, como he estudiado en el caso del negro incógnito.

El tercero y más importante e los aspectos señalados está dado por el poco valor que se otorga a la propiedad privada dentro del modo de vida de los campesinos arcaicos. Por su relevancia voy a detenerme un poco más en este aspecto, analizando las dos caras que éste último ofrece: por un lado, su situación con respecto a las relaciones de propiedad; y por otro, el conflicto que implicó esa posición en la sociedad colonial.

Al analizar la situaron respecto a la propiedad, se observa que el montero representa un extremo, acaso el más alejado de la propiedad privada. Al parecer, por lo que se desprende de la lectura de los documentos consultados, tampoco hace mucho caso de la propiedad mancomunada o comunera. Su prioridad es la subsistencia, en tal sentido le basta con el usufructo o el permiso de usufructo. No pretende perpetuarse en los sitios de montería más allá de la búsqueda de los animales que persigue, aunque penetre a ellos cada vez que lo necesite. El animal cimarrón, su presa, es por definición libre, no está sujeto a los límites de ninguna propiedad. Asimismo la actividad de cazarlo debe ser libre. De ahí que el montero esté más enteresado en el acceso libre a la tierra de todos los que viven dentro de ese modo de vida, guardando sin que le importe nada el derecho de propiedad de los demás, que no pretende disminuir ni negar; pero tampoco se somete a la propiedad esclavista. Su existencia más bien la cuestiona o impugna en tanto se coloca por fuera de ella, al margen de la normativa esclavista de la sociedad colonial.

No obstante ello, y de forma paradójica, la actividad de estos campesinos creó las condiciones para el desarrollo al interior de la sociedad colonial de la pequeña propiedad campesina. Claro, lo hizo de un modo negativo, por cuanto surgió por la oposición de la sociedad esclavista a la propagación de un modo de vida autárquico que amenazaba con dejar sin brazos el trabajo de sus haciendas. Esto fue más evidente a partir de mediados del siglo XVIII, cuando se regularizó el comercio con la colonia francesa y se permitió el comercio de negros esclavos a través de la frontera, una puerta abierta para nutrir la colonia de nuevos esclavos y una nueva esperanza de los colonos españoles contagiados entonces por la riqueza de Saint-Domingue. Roberto Cassá se refiere a este período como de “resurgimiento” del proyecto de la plantación esclavista. (Roberto Cassá, Historia social y económica de la República Dominicana, t.I, Santo Domingo, Alfa y Omega, 2003, Cáp. XIII).

Recordemos que la propiedad campesina o pequeña propiedad era inexistente en el mundo colonial. Como lo ha sentado Ots Capdequi (José María Ots Capdequi, España en América. El régimen de la tierra en la época colonial. México, Fondo de Cultura Económica, 1959, y El régimen de la tierra en la América española durante el período colonial. C.T., Montalvo, 1946), en su clásico estudio sobre la propiedad de la tierra ella estaba organizada sobre la base de concesiones reales, que podían variar conforme a la calidad y méritos de la persona favorecida, y avecindamientos en determinadas poblaciones, fuesen villas o ciudades. Más tarde fue posible también la composición de tierras, o compra a plazos en las que hubiera incrementado la propiedad original, incluso, en el siglo XVIII, fue posible hacerlo con lotes de terrenos que podríamos considerar medianos, puesto que eran inferiores a media caballería.

Durante mucho tiempo la base del acceso a la tierra por parte de la plebe rural fue el trabajo dentro de las haciendas donde era posible obtener un pedazo de tierra en usufructo para la producción de vivieres. Este fenómeno ha sido estudiado por diversos autores al interior de la plantación tanto en el Caribe como en Brasil.


Aunque no ha sido aún estudiado en nuestro país, existen referencias e indicios claros de que también aquí los esclavos negros gozaron de esa posibilidad de acceso a la tierra, que Ciro F. Cardoso ha investigado en la “brecha campesina del sistema esclavista”, aunque –como se dijo antes- en un contexto de plantación o la producción se vino al suelo o los brazos eran excesivos para la demanda de los hatos, este acceso se tradujo en una especie de contrato o censo enfitéutico mediante el cual los ocupantes de terreno pagaban un cano o pensión anual a cambio del uso del mismo. Esta evolución era coherente además con el desarrollo de una esclavitud rentista desde mediados del siglo XVII. Como indica claramente Sánchez Valverde:

“Conucos se llaman en Santo Domingo las labranzas de frutos del país, que en cierto número de varas de terreno hacen regularmente los negros libres, etc ., o los esclavos jornaleros, a quienes lo conceden los propietarios que no pueden cultivar el área de su pertenencia, por el precio de cinco pesos al año. Pasado éste, o quando más dos, le abandona el arrendamiento y pasa a desmontar y sembrar otro pedazo por igual pensión”. (Antonio Sánchez Valverde, Idea del valor de la Isla Española. En Ensayos. Santo Domingo, Editora Corripio, 1988, p.222n.).

Existen numerosos expedientes de la época colonial n el Archivo Real de Bayaguana, Archivo Real de Higuey y Archivo Real del Seibo, conservados sen el Archivo General de la Nación, que esperan por el estudio detallado de esos arrendamientos y censos enfitéuticos, aunque por lo general debemos suponer que la mayoría de tales contratos fueron verbales y nunca llegaron a escribirse. No obstante, ya en el siglo XVIII el investigador se encuentra con un sistema evolucionado de propiedad comunera del suelo (Hay una importante bibliografía jurídica al respecto. En cambio, los enfoques históricos son contados, aunque existe en la actualidad un interés creciente por esta materia. Véase: Wenceslao Vega Boyrie. “Historia de los terrenos comuneros de la República Dominicana”. Clio, Año 68, No.152, Santo Domingo, enero-junio de 2000, pp.81-108), a través del cual su acceso está regulado de una manera completamente funcional a los modos de vida campesinos.

Por otra parte, la intervención real sobre la propiedad en Santo Domingo durante el siglo XVIII ratificó de otra manera dicha evolución. Como se sabe, para este tiempo en la metrópoli se imponían los puntos de vista fisiocráticos e ilustrados. Los dos procesos de composiciones de tierra más importante se produjeron, el primero, con la venta de los bienes de los jesuitas, expulsados de los reinos españoles en 1767, y, el segundo, con la aplicación de la Real Cédula de 1754 sobre venta y composición de tierras realengas, que finalmente comenzó verificarse el mismo año 1767 bajo la dirección del oidor Ruperto Vicente de Luyando, quien pretendió que esa fuera una forma de extender la producción de esas tierras. Esas ventas fueron en sumatoria hechas a título de censos, esto es, a modo de rentas casi perpetuas, las cuales fueron dadas por finalizadas mediante Real Orden de 1810, que declaró tales censo extinguidos, entre otras medidas para impulsar la agricultura de la colonia.

La venta de los bienes de los jesuitas favoreció a los grandes propietarios, pero la comisión del oidor Luyando supuso la dotación de amparos reales a gran número de medianos y pequeños propietarios, a los cuales éste pretendió orientar hacia la producción de mantenimientos para la colonia, lo que significaría una verdadera revolución agraria en la isla. (Ots Capdequi habla de la cédula de 1754 como el fundamento de una segunda reforma agraria en América, después de la cédula de 1573 de Felipe II, que considera la primera). Entre los beneficiarios de estas medidas en diversas zonas del país debieron contarse no pocos monteros y sus descendientes, puesto que tales amparos afectaron muchos de los terrenos dedicados a monterías que eran usurpados por grandes propietarios quienes no pudieron presentar títulos legítimos de su posesión en el tribunal del juez Luyando.

Por supuesto, los propietarios se opusieron rotundamente a la reforma de la propiedad iniciada por la comisión Luyando. Protestaron y llevaron su “movimiento” de oposición ante la audiencia y el Rey y finalmente consiguieron la suspensión de la medida en 1769 y el traslado del oidor fuera de la colonia en 1773. Pero el efecto ya se hizo sentir. Por eso, no puede obviar el punto el proyecto de Código Negro redactado por el oidor Agustín de Emparán, quien en la ley 9 de la tercera parte del mismo dedicada al régimen económico ordena:

“Destinarán también a cada uno (de los esclavos) una proporción corta de tierra, para su cultivo privado en el concepto de peculio pues el amor a su pequeña propiedad la (sic) contendrá de sus emigraciones y fugas, y le apegará más y más a la hacienda de su señor haciéndola amar, por decirlo así, las mismas cadenas que le sujetan” (Joaquina Malagón Barceló. Código Negro Carolino (1784). Santo Domingo, Editora Taller, 1974, p.227).

Inmediatamente después, la ley 10, ordena que: “ningún hacendado pueda conmutar los alimentos en darles un día a la semana para su cultivo privado o por mejor decirlo, para sus robos y liviandades, o en aguardientes, melado o cosa equivalente. (J. Malagón Barceló. Código Negro Carolino, p. 228).

Es decir, concede la tierra en el espacio de la hacienda, pero no se les permite tiempo libre más allá del que esté reglamentado por los días de dos y tres cruces del calendario, ya que el legislador presume que será empleado no en la tierra que ama tanto sino en la vagancia. Esta presunción habla de que tal medida no está destinada sólo a los esclavos, sino a aquellos jornaleros que puedan ser reducidos a la situación de esclavitud, por medio de la institución del agrego forzoso que fue puesto en práctica con la leva de 1782 (Cfr. nuestro trabajo, “La leva de 1782”. Clio, año 67, No.161. Santo Domingo, julio-diciembre de 1999, pp. 26-80). Además de que trataba de impedir la comunicación con los otros negros libres o esclavos con “casa aparte” que viven fuera de la hacienda a la que están “encadenados”.

Por esta vía los monteros, al afianzar su modo de vida, contribuyeron de manera indirecta a diluir la normativa de la sociedad esclavista colonial, hasta el punto de empujar, sin proponérselo, en dirección a la transformación de la propiedad del suelo. La situación de la propiedad no varió en lo fundamental hasta el siglo XIX, pero ya la propiedad comunera y campesina había ganado un espacio que no perdió sino ya avanzado el siglo XX.

La metáfora de alejamiento con respecto a la propiedad privada a la que hice arriba alusión le parecerá al sociólogo una repetición de aquella imagen lineal del paso de lo tradicional a lo moderno. Con la particularidad de que ahora se sustituye la palabra tradicional por arcaico y moderno por propiedad privada. Ciertamente, se pudiera colocar en una línea de más a menos arcaicos a los grupos campesinos de que hablo, en el primer extremo estarían los maroteros y los monteros, seguidos por los conuqueros y arrimados o agregados, luego los copropietarios de sitios comuneros hasta llegar a la pequeña propiedad campesina. Una evolución que, en lo fundamental, ya trazó en el siglo XIX Pedro Francisco Bonó en sus Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas, al referirse a la fragmentación de los sitios y ranchos. (En: Emilio Rodríguez Demorizi, Papeles de Pedro Francisco Bonó. Santo Domingo, Editora El Caribe, 1964, pp. 190-245).

Sin embargo, el punto es que tal línea no existe. Si alguna imagen lineal fuera pertinente, entonces sería la de un abismo entre varias líneas paralelas con puentes entre ellas que sólo funcionan de modo intermitente y luego desaparecen. De hecho, durante mucho tiempo coincidieron y convivieron formas de vida diferentes en la sociedad dominicana, y aun gentes que podían vivir en ambos modos de vida “entrando” y “saliendo” con cierta facilidad de uno a otro. Tampoco se trata de entradas o salidas del mundo tradicional al moderno y viceversa; conocemos situaciones similares a través de los estudios de sociólogos e historiadores, José del Castillo (Ensayos de sociología dominicana, Santo Domingo, Editora Taller, 1981), Roberto Marte (Cuba y la República Dominicana. Transición económica en el Caribe del siglo XIX. Santo Domingo, APEC, s.f. (1988?) y otros. Estos autores señalan cómo los cultivos de auto subsistencia fueron un refugio de los trabajadores para resistir a la proletarización en los ingenios azucareros hasta casi mediados del siglo XX.

Lo mismo ocurrió al interior de la sociedad esclavista colonial, que no se puede juzgar precisamente de moderna. Esta última fue el primer escenario de entrada y salida para estos pobladores rurales que no tenían lugar en la estructura social de la colonia. El problema es que desde un momento determinado estas entradas y salidas fueron haciéndose más difíciles para estos mismos sujetos, los cuales entonces se vieron atrapados en uno de estos modos sin posibilidad de vuelta atrás.

Desde luego, la monetaria, como modo de vida, tampoco permaneció estática, sino que se ajusto y modificó casi de forma continua. El montero del siglo XVI no es el mismo que el de los siglos siguientes. Desde luego, sigue habiendo rasgos comunes, en tanto que no ha desaparecido su actividad principal, definitoria, que está asociada a la cacería de animales cimarrones. Pero este montero está en interacción con el conjunto social más amplio, dentro del cual debe reconstruir cotidianamente su lugar, o mejor dicho, su “no lugar” en la sociedad colonial esclavista. Ese “no lugar“ es precisamente lo que le convierte en un ente sospechoso dentro de esa sociedad. (La expresión la he tomado de Michel de Certeau, La escritura de la historia. Trad. Jorge López Moctezuma, 3ª. edición, México, Universidad Iberoamericana, 1993, pp.69-82).

Lo anterior remite a la segunda arista del aspecto de la propiedad antes señalada, y lleva de inmediato a la cuestión de la dinámica de la formación de clases en el seno del régimen de esclavitud vigente en el Santo Domingo colonial.

La suspensión de la reforma de la propiedad fue conmutada por la formación de una Junta de Hacendados que fue ordenada al gobernador Azlor en 1769, pero cuyas resultas fueron remitidas al Rey en 1772 por su sucesor en el gobierno, Joseph Solano. En efecto, en las conclusiones de aquella Junta de hacendados citaron explícitamente los modos de vida de dichos pobladores rurales y presentaron una propuesta de solución:

“Que los monteros, esto es, los hombres que por vivir de la caza, viven dispersos y otros vagos se reúnan en pueblos, estableciéndolos a expensas de la Real Hacienda, como la piedad de Vuestra Majestad auxilia a las familias que embía de las Yslas Canarias, ya sea agregando algunos a los bien situados para la salud en tierras fructíferas y proporcionados lugares, para el más fácil y menos costoso transporte a la capital de sus frutos sobrantes, o en otros fundados de nuevo en parages de estas conveniencias, y con vecinos blancos y labradores que den exemplo de sociables costumbres y de aplicación a la agricultura, a aquellos nacidos y criados en la desidia y barbarie, y se ponga al cargo de capitanes-pobladores, puestos por el governador con el sueldo de quatrocientos pesos anuales y quádruplo de las tierras que se den a vn vecino con las demás gracias del agrado de Vuestra Magestad.“

Como se ve, los ojos de la Junta de Hacendados estaban puestos sobre los monteros. En contestación a esta proposición el fiscal del Consejo de Indias, José Pablo de Agüero, quien había desempeñado años esa misma función en la Real Audiencia de Santo Domingo, expuso su criterio resaltando:

“que no se pueden entresacar de las ciudades, villas y lugares tantos sugetos blancos como eran menester para sugetar los negros dispersos que viven derramados por la Ysla, y que este medio sobre ser más difícil es más costoso como lo propone la Junta (de Fomento de Santo Domingo)”. (AGN, Santo Domingo 1059).

El parecer del fiscal recordaba lo dispuesto en las Leyes de Indias, y en esa virtud propuso que se distribuyeran los dichos negros:

“por los lugares y villas ya establecidas en la Ysla, agregándolos a ellas (...), para que así tengan mayor sugeción y se mueban e inclinen al trabajo, a la observancia de la rreligión y a la regularidad de costumbres, mediante el buen exemplo que su vecindario les dé”. (AGN, 1059).

El Consejo de Indias, sin embargo, no tomó ninguna decisión al respecto y se limitó a pedir más informes al gobernador, a los oficiales reales y al cabildo.

Entretanto, las persecuciones contra los vividores rurales arreciaron con el fin de colocarlos como trabajadores en las haciendas con calidad de “agregados”, pero en condiciones que representaban punto menos que un regreso a la esclavitud. Tales persecuciones se iniciaron en el gobierno de Manuel Azlor (1762-1771) y siguieron en el gobierno de José Solano (1771-1778), cuando la obligación de devolver a sus dueños franceses los esclavos escapados de la colonia vecina, conforme a lo pactado entre las coronas española y francesa, hizo escasear la mano de obra esclava y se tornó dificultosa la “ocultación” de esclavos. Al parecer, los negros libres consiguieron zafarse de esta obligación que se les impuso presentando a las justicias un conuco en un pedazo de tierra arrendada en la que se aplicarían al trabajo, o simplemente presentándose como “arrimados” o “agregados” en medianos y pequeños hatos. No obstante, todo parece indicar que aumentaron los abusos en contra de la población liberta, lo que debió crear una situación de intranquilidad en los campos.

Desde luego, la idea de someter a los monteros tuvo sus vaivenes. Todavía en una carta dirigida al Rey, fechada el 29 de octubre de 1769, el Cabildo de la ciudad de Santo Domingo, se expresaba en estos términos en relación a los vividores de los campos:

“No tenemos que querellarnos de la desidia y pereza de los naturales, ni pretendemos escusarla, ni la abonamos, pero lo cierto es que aunque a todos los vagantes y nuevos aplicados se obligasen al trabajo, como éstos son en corto número, sería también corto de adelantamiento.” (AGN, 976).

Por el contrario, un atento observador de la vida rural, el hatero y escritor banilejo Luis Joseph Peguero, llegó incluso a expresar duras críticas durante el gobierno de Manuel Azlor, críticas que estaban dirigidas contra los comandantes o gobernadores de las armas de los diferentes partidos de la colonia española:

“¿Cómo puede llamarse un governador bueno (…) y sobre todo, viendo que las vituallas se escasean por la sobra de haraganes: y las carnes se esterilizan por la demasía de vagamundos: y sólo están sobrados los latrocinios, embriagueces y las lascivias, por su inadvertencia y péssimo descuydo?” (Luis Joseph Peguero, Historia de la conquista de la Isla Española de Santo Domingo. Trasumptada el año de 1762. 2 t. (Edición, estudio preliminar y notas de Pedro J. Santiago), Santo Domingo, Museo de las Casas Reales, 1975; t. II. El hatero escritor se cuidó muy bien de la forma en que hacia estas criticas, ya que era el mismo Presidente, Gobernador y Capitán General quien hacia dichos nombramientos de los jefes de partidos, y así las incluyó en una carta –que aparece al final del segundo tomo de su obra-donde hacia, además, una serie de recomendaciones).

Los juicios de Peguero, en 1762, sacan a flote indirecta pero tempranamente la problemática rural que poco después se definió en torno a los monteros, quienes fueron tildados de haraganes, vagabundos, y responsables de robos y vicios de todo tipo.

Un punto de vista distinto se encuentra en la obra de Sánchez Valverde Idea del valor de la Isla Española, publicada en 1785. En este libro el racionero de la catedral ilustra la doble apreciación que recayó sobre esos pobladores rurales. Para él, que había observado el trabajo de dichos monteros en la caza del abundante ganado cimarrón existente en el interior de la isla, éstas eran personas esforzadas y capaces de una actividad productiva, ya que de otra forma no era aprovechable tanta corambre y carne, las cuales podrían ser decisivas en momentos de aguda escasez como el que se vivía entonces. Pero además, estos eran prácticos en los caminos interiores más difíciles y desconocidos para muchos, lo cual era un conocimiento estratégico en tiempos de guerra. Al referirse a ellos expresa dicho autor:

“Esta es la vida verdaderamente aparreada de nuestros Monteros, que llaman Pastores holgazanes. Sus pies crían una soleta o costra de espesor de un dedo con la continuación de andar descalzos. Las espinas, que son muchas y varían en el tamaño o calidad, suelen no penetrarlas a lo vivo. Verles en la operación de sacárselas, después que vuelven de su exercicio, cortando con una nabaja en las plantas de sus pies, parece que lo executan como los cirujanos en cuerpo estraño o en un pie postizo de madera. Todo el día que ha pasado en montear, se ha mantenido mitigando la sed con narajas agrias o dulzes, según las encuentra, y engañando el calor natural con alguna fruta silvestre que se presenta al país. Pocos centenares de estos holgazanes eran los que triunfaban en el siglo pasado (XVII) y triunfarían de éste de millares de Estrangeros DOTADOS DE SUPERIOR ACTIVIDAD Y GENIO”. (Antonio Sánchez Valverde. Idea del valor de la Isla Española. p. 284 (mayúsculas en el original).

A la inversa, al referirse a la situación presente de 1785, hace responsable a los descendientes de los monteros por la inseguridad y los robos en la colonia. Al proponer que debían ser obligados a trabajar en las haciendas arguye:

“(...) la ocupación de estos (negros) libres de la segunda utilidad que decíamos. Utilidad que rebajaría el número de ladrones, que no son otros que estos mismos hijos y parientes de monteros, los quales después de consumir o dexar perder lo que heredan, van oliendo de un Hato a otro para comer; y hurtando, para las otras necesidades o vicios. Estos son los verdaderos holgazanes, y los que han desacreditado a los verdaderos Monteros.”

Como he señalado, el despertar del proyecto esclavista de plantación agitó la conciencia dominante sobre el mundo rural alternativo que representaban los negros libres internados en los montes, que arbitristas con mentalidad ilustrada buscaban reformar de diferentes maneras. Las Ordenanzas Municipales de 1768 y 1786, así como las Instrucciones Para el Recogimiento de Vagos de 1782, el proyecto de Código Negro de Emparán en 1784, o el Bando de Buen Gobierno de Urrutia en 1811, no son más que expresiones de esta conciencia política de la clase dominante criolla sobre la situación que se le iba de las manos en la campiña.

Refiere doña María Ugarte, para poner un solo pero significativo ejemplo, que el contenido de las Ordenanzas Municipales de 1786, “dan una clara idea, a través de sus disposiciones prohibitivas, del clima de inquietud rural en el campo.” Más allá del afán normativo que denota el activismo de las autoridades y las clases propietarias de la colonia, se encuentra el conflicto social planteado por la realidad de un mundo alternativo y anónimo que no estaba sujeto ni comprendido bajo su dominación, el cual para entonces se hallaba conformado por los campesinos arcaicos.

Se comprende así que los modos de vida que sustentaron la montería y el conuquismo fueron no sólo respuesta de resistencia a la dominación esclavista, sino también medios activos de la transformación de la sociedad rural y de la formación de una clase campesina, cuya configuración dispersa y autárquica dio origen al campesinado dominicano, incluso al interior del sistema esclavista. Ese campesinado con todo y su idea arcaica de libertad, consiguió afianzar, armas en mano, la independencia de la República en el siglo XIX.

Para concluir, una ultima reflexión: la sociedad dominicana moderna se ha constituido sobre la base del rechazo a otras configuraciones sociales que la precedieron y que han sido ignoradas durante largo tiempo. Sobre dichas formaciones precedentes se ha depositado una montaña de olvido y desprecio. Hoy, desde el cultivo de la historia social de nuestro país, se puede iniciar la tarea de desmontar algo de toda aquella ignorancia acumulada y presentar un aspecto del largo proceso de constitución de la actual sociedad en que vivimos. Con ello se lograría mostrar una imagen de nuestra sociedad menos deprimente del mito del progreso, tal como lo hemos heredado de los siglos XIX y XX. Ese estudio, por tanto, debe contribuir a la crítica de las diversas formas de exclusión social que han sido estructuradas con el pretexto del progreso, promoviendo así la construcción de una nueva sociedad civil más consciente de su identidad histórica, que le permita retornar la lucidez que requiere el presente para transformarlo.


Discurso de recepción del académico Raymundo Manuel González de Peña


Por: Roberto Cassá Bernaldo de Quirós

(Miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia)


(Pronunciado en el salón de actos de la Academia Dominicana de la Historia, la noche del 13 de diciembre del 2004, publicado originalmente en Clío, año 73, núm. 168, julio-diciembre 2004)


Señor presidente de la Academia Dominicana de la Historia, Colegas y académicos presentes, Damas y caballeros.

Raymundo González, sin lugar a dudas, desde su juventud se ha erigido en uno de los historiadores que han realizado una labor más productiva y original en la interpretación de los contornos de la evolución del pueblo dominicano. Cuando los numerarios de la Academia Dominicana de la Historia decidieron incorporarlo a su rango, calibraron los méritos acumulados por él como ciudadano, intelectual e historiador. Su persona es un acopio refulgente y natural de atributos excelsos de la humanidad, tales como la solidaridad, la generosidad, la integridad y la compasión. Él es uno de los escasos seres humanos que he conocido inmunes a tantas pasiones negativas que mellan la calidad moral. Es de los que prefieren, sin ambages, situarse junto a los oprimidos antes que beneficiarse de su capacidad para ser aceptado entre los privilegiados. Su actitud ha mostrado una consistencia inconmovible en la asunción del imperativo de un orden superior, negador del presente, en el que prevalezcan la igualdad y la solidaridad.

Pero, además, lo adornan los atributos de la inteligencia y la constancia, que le han permitido hacerse el intelectual que corona su condición moral. Desde niño se hizo un lector asiduo y disciplinado. Supo nutrirse de lo que le transmitieron sus maestros de la primera juventud, entre los que conozco a Julio Sánchez, Leo Valeirón, Julio Zayas y Marcos Villamán, en una época de efervescencia de intenciones nobles entre los jóvenes.

Resulta natural que en su discurso el saber haya rezumado rigor, como es característico de todos sus escritos. Esto no es ajeno a la virtud que verdaderamente le confiere singularidad a su persona, quintaesencia de su sustancia moral, política, e intelectual: la modestia, como sabemos a perfección quienes lo conocemos. Sus escritos son una prolongación espontánea de su vida. Precisamente como parte de su rigor, se contrapone a lo apodíctico, y avanza en el reconocimiento de la realidad con suavidad y una consiguiente fortaleza, a la usanza de la metáfora taoísta acerca de la propiedad corrosiva de la blanda agua.

En cierta manera este discurso resume el estado de la cuestión a que ha llegado en el estudio de la sociedad colonial. Conocedor de las claves de la historia dominicana, las ha tamizado a través del contacto con los pensadores sobre sus materias. De esta manera, se ha constituido doblemente en especialista de la historia social y de la historia intelectual. En el ámbito social, su especialización como investigador se ha orientado hacia el período colonial, específicamente, el siglo XVIII. La compenetración con los procesos de esa centuria le ha permitido fojarse nociones estratégicas sobre algunos de los grandes procesos de la historia dominicana y de su procesamiento por parte de los pensadores, sin importar sus signos opuestos, desde Pedro Francisco Bonó hasta Manuel Arturo Peña Batlle.

Inició su familiarización con el hasta entonces cuasi-ignoto siglo XVIII, en la segunda mitad de la década de1980, como integrante de la misión en el Archivo General de Indias en Sevilla, dirigida por fray Vicente Rubio, en el cual también participó Genaro Rodríguez. Esos años de incursión en los centenares de legajos relativos a dicha centuria operaron como coronación práctica de su formación cultural, forjando al erudito sobre el fundamento del teórico que ya era, tornándolo “técnico y científico” al mismo tiempo acerca de hechos, datos, personas, estructuras, y procesos de desarrollo para concebir una teoría en movimiento acerca de aquellas lejanas décadas, plasmada en una vasta gama de artículos.

El sentido de compromiso inherente a él lo vincula a una atención prioritaria por la vida de los estratos de la población pobre, aquellos supuestamente carentes de historia. Sin proponérselo taxativamente, al menos hasta cierto punto, ha cuestionado productivamente los supuestos elitistas y excluyentes de las elaboraciones de los historiadores tradicionales, para quienes el único factor dinámico de la historia dominicana ha sido patrimonio de las minorías dirigentes.

La empresa intelectual por él desarrollada ha propendido a rescatar contornos de la existencia de las clases populares y a proyectar su pragmática social y cultural en beneficio de la colectividad dominicana del presente. Esta labor historiográfica sin precedentes se ha centrado en el campesinado, la clase trabajadora por excelencia tras la abolición de la esclavitud, como lo puso de relieve ese grandioso del análisis socio-histórico que fue Pedro Francisco Bonó, inspirador de las miradas renovadas de nuestro nuevo compañero numerario.

Advierte que el campesinado no es una entidad cosificada, sino un sujeto cambiante y dependiente de la evolución de múltiples planos de relaciones. De ahí que su perspectiva de rastreo de los orígenes del campesinado, por medio de la categoría de “arcaico”, haya sido la de la exploración de líneas paralelas, expresión de evoluciones múltiples y desiguales de figuras sociales, entre las cuales se halla el montero, el objeto o, yo diría, en cierta manera, el pretexto de esta radiografía de la mecánica social de una centuria.

Lo que está en juego en el discurso no es describir al montero, y menos detenerse en el plano del folklore o del exotismo, sino rastrear su ubicación dentro de circunstancias macrohistóricas. Desde tal perspectiva, lo que se nos ofrece hoy es nada menos que una síntesis sumaria de la dinámica estructural del siglo XVIII que condujo a la eclosión de las modalidades incipientes del campesinado, entre las cuales destaca la del montero.

Ahora bien, el hecho de que no se detenga en lo anecdótico, al grado de que ni siquiera refiere como problema los tópicos de la primera novela dominicana con ese nombre y de la autoría de Bonó, no significa que desconozca el papel activo de la figura social, consignando su trascendencia para la consolidación del estilo de vida autónomo de libres pobres y libertos. Visualiza en ello, con incisiva capacidad explicativa, la relación entre los mecanismos de reproducción del sistema esclavista patriarcal y las particulares modalidades de resistencia de esclavos y otros sectores subalternos.

Lejos del tópico de la historiografía tradicional acerca de la conformidad perfecta de esclavos y libertos, correlato de su nulidad, el montero es una expresión de los anhelos de autonomía que permitían las grietas del sistema. Fue, por tanto, un hacedor activo de historia, en primer término en la plasmación de su capacidad de intervención en el terreno militar, que lo llevó a constituirse en una categoría explicativa de la subsistencia del conglomerado proto-dominicano frente a los intentos absorbentes de los franceses del occidente de la isla. Al mismo tiempo, el montero fue la encarnación de un estilo de vida que defendió con ayuda de su eficacia en el terreno de la lucha por la subsistencia y de la búsqueda de la autonomía social.

En consecuencia, lo que Raymundo González emprende trasciende incluso a la ubicación de la génesis de determinadas categorías, sociales, no obstante su atención al protagonismo de las figuras del pueblo; más allá, radica en la búsqueda explicativa de los rasgos originales del siglo XVIII, visualizado como un momento de conformación estructural llamado a tener repercusiones cruciales en el decurso ulterior del proceso histórico dominicano. El montero, al igual que las restantes figuras del campesinado en su génesis arcaica, responde a la dinámica estructural de un orden esclavista no evolucionado, en una fase de progresiva descomposición, conectada con la configuración de un escenario de complejo debate social y cultural.

Lo que podemos inferir es que el sistema se encontraba inserto en una dinámica crónica de descomposición, de donde emanaba la imposibilidad de la transición a una fase consolidada y de donde igualmente provenía el requerimiento de someter a las indisciplinadas clases subalternas. Frente a la pretensión de los poderosos por someter a cánones disciplinarios a la población trabajadora, en búsqueda de que generara mayores márgenes de excedentes, el montero simbolizaba la imagen idealizada por los poderosos de la supuesta barbarie rural, remisa a toda noción de civilización y progreso.

Precisamente, en esta temática ideológica y clasista se inserta una de las preocupaciones constantes de nuestro nuevo compañero numerario: la crítica a la ideología del progreso emanada de los sectores ilustrados, adscrito excluyentemente al etnocentrismo del mundo occidental como fuente del único modelo posible de sociedad y cultura. Frente a tal aserto, se legaliza en retrospectiva y, por extensión, en el terreno de la historicidad actual, la alternativa de modos de vida que no se compaginen con el paradigma de la modernización.

En definitiva, para Raymundo González, en lo fundamental, la conformación del colectivo dominicano no ha sido sino el producto de la historicidad de los sectores subalternos.

Aunque la noción de su estructuración nacional haya emergido de porciones ilustradas de los sectores dirigentes, no hicieron más que sustentarse en las realidades generadas en primer lugar por la acción del campesinado y sus expresiones. Particularmente, la gestación de la noción de una comunidad de iguales, síntesis del ideal nacional, tuvo que hacerse en contraposición con el exclusivismo ideológico y social de los sectores superiores. A mi juicio, en problemas de este tipo radica la trascendencia de la elaboración historiográfica sintetizada brillantemente esta noche.

De lo anterior concluyo con que la sustancia de la producción de Raymundo González obliga a su lectura como un referente intelectual de primordial actualidad. Si bien él representa la antítesis de aquellos que, arrogantemente, se proclaman introductores exclusivos del saber, tenemos en él a un maestro, porque sus textos contribuyen a sugerir la reflexión creadora. Entre sus meritos pertinentemente se encuentra la dedicación a la labor educativa, aplicada en el Centro Poveda, en su militancia en organizaciones populares como Copadeba, en la cátedra en el seminario jesuita y en los cursos de postgrado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Tal pragmatismo pedagógico se canaliza en una prosa llana y directa, de brillantez expositiva por retratar un afán creativo, pese a estar exenta de pretensiones literarias.

Habiendo tenido el privilegio de ser su profesor de historia en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, en las postrimerías de la década de 1970, impresionado por la capacidad de vuelo aventajado del alumno, con estas palabras de recepción, me toca el nuevo privilegio de hacer entrega del cetro de académico a nuestro delfín en edad y exponente renovador de la reflexión historiográfica dominicana de nuestros días.























(Pronunciado en el salón de actos de la Academia Dominicana de la Historia, la noche del 13 de diciembre del 2004, publicado originalmente en Clío, año 73, núm. 168, julio-diciembre 2004).


(Miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia).


Señor presidente de la Academia Dominicana de la Historia, Colegas y académicos presentes, Damas y caballeros.

Raymundo González, sin lugar a dudas, desde su juventud se ha erigido en uno de los historiadores que han realizado una labor más productiva y original en la interpretación de los contornos de la evolución del pueblo dominicano. Cuando los numerarios de la Academia Dominicana de la Historia decidieron incorporarlo a su rango, calibraron los méritos acumulados por él como ciudadano, intelectual e historiador. Su persona es un acopio refulgente y natural de atributos excelsos de la humanidad, tales como la solidaridad, la generosidad, la integridad y la compasión. Él es uno de los escasos seres humanos que he conocido inmunes a tantas pasiones negativas que mellan la calidad moral. Es de los que prefieren, sin ambages, situarse junto a los oprimidos antes que beneficiarse de su capacidad para ser aceptado entre los privilegiados. Su actitud ha mostrado una consistencia inconmovible en la asunción del imperativo de un orden superior, negador del presente, en el que prevalezcan la igualdad y la solidaridad.

Pero, además, lo adornan los atributos de la inteligencia y la constancia, que le han permitido hacerse el intelectual que corona su condición moral. Desde niño se hizo un lector asiduo y disciplinado. Supo nutrirse de lo que le transmitieron sus maestros de la primera juventud, entre los que conozco a Julio Sánchez, Leo Valeirón, Julio Zayas y Marcos Villamán, en una época de efervescencia de intenciones nobles entre los jóvenes.

Resulta natural que en su discurso el saber haya rezumado rigor, como es característico de todos sus escritos. Esto no es ajeno a la virtud que verdaderamente le confiere singularidad a su persona, quintaesencia de su sustancia moral, política, e intelectual: la modestia, como sabemos a perfección quienes lo conocemos. Sus escritos son una prolongación espontánea de su vida. Precisamente como parte de su rigor, se contrapone a lo apodíctico, y avanza en el reconocimiento de la realidad con suavidad y una consiguiente fortaleza, a la usanza de la metáfora taoísta acerca de la propiedad corrosiva de la blanda agua.

En cierta manera este discurso resume el estado de la cuestión a que ha llegado en el estudio de la sociedad colonial. Conocedor de las claves de la historia dominicana, las ha tamizado a través del contacto con los pensadores sobre sus materias. De esta manera, se ha constituido doblemente en especialista de la historia social y de la historia intelectual. En el ámbito social, su especialización como investigador se ha orientado hacia el período colonial, específicamente, el siglo XVIII. La compenetración con los procesos de esa centuria le ha permitido fojarse nociones estratégicas sobre algunos de los grandes procesos de la historia dominicana y de su procesamiento por parte de los pensadores, sin importar sus signos opuestos, desde Pedro Francisco Bonó hasta Manuel Arturo Peña Batlle.

Inició su familiarización con el hasta entonces cuasi-ignoto siglo XVIII, en la segunda mitad de la década de1980, como integrante de la misión en el Archivo General de Indias en Sevilla, dirigida por fray Vicente Rubio, en el cual también participó Genaro Rodríguez. Esos años de incursión en los centenares de legajos relativos a dicha centuria operaron como coronación práctica de su formación cultural, forjando al erudito sobre el fundamento del teórico que ya era, tornándolo “técnico y científico” al mismo tiempo acerca de hechos, datos, personas, estructuras, y procesos de desarrollo para concebir una teoría en movimiento acerca de aquellas lejanas décadas, plasmada en una vasta gama de artículos.

El sentido de compromiso inherente a él lo vincula a una atención prioritaria por la vida de los estratos de la población pobre, aquellos supuestamente carentes de historia. Sin proponérselo taxativamente, al menos hasta cierto punto, ha cuestionado productivamente los supuestos elitistas y excluyentes de las elaboraciones de los historiadores tradicionales, para quienes el único factor dinámico de la historia dominicana ha sido patrimonio de las minorías dirigentes.

La empresa intelectual por él desarrollada ha propendido a rescatar contornos de la existencia de las clases populares y a proyectar su pragmática social y cultural en beneficio de la colectividad dominicana del presente. Esta labor historiográfica sin precedentes se ha centrado en el campesinado, la clase trabajadora por excelencia tras la abolición de la esclavitud, como lo puso de relieve ese grandioso del análisis socio-histórico que fue Pedro Francisco Bonó, inspirador de las miradas renovadas de nuestro nuevo compañero numerario.

Advierte que el campesinado no es una entidad cosificada, sino un sujeto cambiante y dependiente de la evolución de múltiples planos de relaciones. De ahí que su perspectiva de rastreo de los orígenes del campesinado, por medio de la categoría de “arcaico”, haya sido la de la exploración de líneas paralelas, expresión de evoluciones múltiples y desiguales de figuras sociales, entre las cuales se halla el montero, el objeto o, yo diría, en cierta manera, el pretexto de esta radiografía de la mecánica social de una centuria.

Lo que está en juego en el discurso no es describir al montero, y menos detenerse en el plano del folklore o del exotismo, sino rastrear su ubicación dentro de circunstancias macrohistóricas. Desde tal perspectiva, lo que se nos ofrece hoy es nada menos que una síntesis sumaria de la dinámica estructural del siglo XVIII que condujo a la eclosión de las modalidades incipientes del campesinado, entre las cuales destaca la del montero.

Ahora bien, el hecho de que no se detenga en lo anecdótico, al grado de que ni siquiera refiere como problema los tópicos de la primera novela dominicana con ese nombre y de la autoría de Bonó, no significa que desconozca el papel activo de la figura social, consignando su trascendencia para la consolidación del estilo de vida autónomo de libres pobres y libertos. Visualiza en ello, con incisiva capacidad explicativa, la relación entre los mecanismos de reproducción del sistema esclavista patriarcal y las particulares modalidades de resistencia de esclavos y otros sectores subalternos.

Lejos del tópico de la historiografía tradicional acerca de la conformidad perfecta de esclavos y libertos, correlato de su nulidad, el montero es una expresión de los anhelos de autonomía que permitían las grietas del sistema. Fue, por tanto, un hacedor activo de historia, en primer término en la plasmación de su capacidad de intervención en el terreno militar, que lo llevó a constituirse en una categoría explicativa de la subsistencia del conglomerado proto-dominicano frente a los intentos absorbentes de los franceses del occidente de la isla. Al mismo tiempo, el montero fue la encarnación de un estilo de vida que defendió con ayuda de su eficacia en el terreno de la lucha por la subsistencia y de la búsqueda de la autonomía social.

En consecuencia, lo que Raymundo González emprende trasciende incluso a la ubicación de la génesis de determinadas categorías, sociales, no obstante su atención al protagonismo de las figuras del pueblo; más allá, radica en la búsqueda explicativa de los rasgos originales del siglo XVIII, visualizado como un momento de conformación estructural llamado a tener repercusiones cruciales en el decurso ulterior del proceso histórico dominicano. El montero, al igual que las restantes figuras del campesinado en su génesis arcaica, responde a la dinámica estructural de un orden esclavista no evolucionado, en una fase de progresiva descomposición, conectada con la configuración de un escenario de complejo debate social y cultural.

Lo que podemos inferir es que el sistema se encontraba inserto en una dinámica crónica de descomposición, de donde emanaba la imposibilidad de la transición a una fase consolidada y de donde igualmente provenía el requerimiento de someter a las indisciplinadas clases subalternas. Frente a la pretensión de los poderosos por someter a cánones disciplinarios a la población trabajadora, en búsqueda de que generara mayores márgenes de excedentes, el montero simbolizaba la imagen idealizada por los poderosos de la supuesta barbarie rural, remisa a toda noción de civilización y progreso.

Precisamente, en esta temática ideológica y clasista se inserta una de las preocupaciones constantes de nuestro nuevo compañero numerario: la crítica a la ideología del progreso emanada de los sectores ilustrados, adscrito excluyentemente al etnocentrismo del mundo occidental como fuente del único modelo posible de sociedad y cultura. Frente a tal aserto, se legaliza en retrospectiva y, por extensión, en el terreno de la historicidad actual, la alternativa de modos de vida que no se compaginen con el paradigma de la modernización.

En definitiva, para Raymundo González, en lo fundamental, la conformación del colectivo dominicano no ha sido sino el producto de la historicidad de los sectores subalternos.

Aunque la noción de su estructuración nacional haya emergido de porciones ilustradas de los sectores dirigentes, no hicieron más que sustentarse en las realidades generadas en primer lugar por la acción del campesinado y sus expresiones. Particularmente, la gestación de la noción de una comunidad de iguales, síntesis del ideal nacional, tuvo que hacerse en contraposición con el exclusivismo ideológico y social de los sectores superiores. A mi juicio, en problemas de este tipo radica la trascendencia de la elaboración historiográfica sintetizada brillantemente esta noche.

De lo anterior concluyo con que la sustancia de la producción de Raymundo González obliga a su lectura como un referente intelectual de primordial actualidad. Si bien él representa la antítesis de aquellos que, arrogantemente, se proclaman introductores exclusivos del saber, tenemos en él a un maestro, porque sus textos contribuyen a sugerir la reflexión creadora. Entre sus meritos pertinentemente se encuentra la dedicación a la labor educativa, aplicada en el Centro Poveda, en su militancia en organizaciones populares como Copadeba, en la cátedra en el seminario jesuita y en los cursos de postgrado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Tal pragmatismo pedagógico se canaliza en una prosa llana y directa, de brillantez expositiva por retratar un afán creativo, pese a estar exenta de pretensiones literarias.

Habiendo tenido el privilegio de ser su profesor de historia en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, en las postrimerías de la década de 1970, impresionado por la capacidad de vuelo aventajado del alumno, con estas palabras de recepción, me toca el nuevo privilegio de hacer entrega del cetro de académico a nuestro delfín en edad y exponente renovador de la reflexión historiográfica dominicana de nuestros días.