Sunday, February 11, 2007

RAYMUNDO GONZÁLEZ Y ROBERTO CASSÁ



"La figura social del montero en la formación histórica del campesinado dominicano"

Raymundo González

(Discurso de ingreso como miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia, 13 diciembre 2004, publicado originalmente en Clío, año 73, núm. 168, julio-diciembre 2004)

Quiero dar la gracias, antes que nada, por su presencia en este acto a cada uno de ustedes, especialmente a mi madre y mi esposa que hoy me acompañan. Valoro la estimación y el afecto que se siente esta noche en esta sala de conferencias. Además, deseo expresar mi agradecimiento por la paciencia e indulgencia que me dispensó la Junta Directiva de esta Academia, pues cuando acepté el compromiso de integrar la nomina de académicos de número, en el año 2003, no imaginé que iba a incumplir todos los plazos ni que iba a tener que recurrir a varias prorrogas, las cuales siempre me fueron concedidas sin demora. Cumplo, pues, en este momento con el honroso compromiso de ocupar un nuevo puesto en esta Academia Dominicana de la Historia en el sillón “U”.

El tema que esbozaré esta noche sobre la figura social del montero en la historia dominicana trata de lo que suelen llamar los historiadores “historia de la gente corriente”: “historia desde abajo”, o también, “historia de la gente sin historia”. La aparente contradicción de esta última frase ayuda a comprender el subrayado de la historia social de nuestros días, frente al punto de vista restrictivo que impuso en el siglo XIX el término de “pueblos sin historia”. Hoy en día no se discute el valor de esa historia social, que cultivan con éxito diversas corrientes historiográficas, aunque sigue siendo difícil su acometimiento ya que cuando se trata de períodos algo alejados del presente las fuentes son escasas y por lo general sumamente dispersas. En lo que a nuestro país se refiere, ya han comenzado a elaborarse una serie de estudios sobre el movimiento obrero y los campesinos dominicanos que abarcan sobre todo los siglos XIX y XX, los cuales constituyen una base significativa para su desarrollo.

Escogí, más que nada, para este discurso el tema señalado porque me pareció que esta figura olvidada y casi siempre despreciada puede darnos una clave muy importante para entender la transformación de la sociedad colonial (en su largo ciclo de más de tres siglos) y también de la sociedad republicana que emergió de la anterior en el siglo XIX. Pero, además, porque proporciona al mismo tiempo la posibilidad de leer con nuevos ojos nuestro presente y así tomar conciencia de su compleja densidad histórica.

Otra vez me reconozco deudor en esta elección de Pedro Francisco Bonó, quien es responsable del primer trazado de una historia sociológica en los años 80 del siglo XIX, la cual no tuvo paralelo en nuestro país hasta después de medio siglo, cuando en 1940 se publicó en La Habana la obra República Dominicana: Análisis de su pasado y su presente, de la autoría de Juan Isidro Jimenes Grullón. Como ustedes saben, en mi trabajo he intentado seguir la pista a Bonó en la tarea de poner de relieve las aportaciones del mundo popular y trabajador a la conformación de nuestra sociedad contemporánea.

Desde luego, lo que podamos conocer a través del estudio de los monteros sobre la dinámica de la formación de clases durante el período colonial y principios del republicano, dependerá de manera decisiva de que podamos desarrollar el instrumental analítico y una perspectiva de interpretación teórica que lo sustente. Hasta ahora, tanto la historiografía como los documentos dan buena cuenta de descripciones atinadas del mundo rural donde se desenvolvió la vida del montero, aunque la mayoría de las veces se repiten hasta convertirse en una familia de definiciones e imágenes folclóricas por no decir anquilosadas.

Cuando no es el ser bárbaro o semisalvaje, capaz de las peores violencias, repugnante para cualquier persona civilizada, ese “olvidado espécimen de campesino dominicano”, como le llama Rodríguez Demorizi, quien lo representa de la siguiente forma en su mejor y más indulgente retrato:

“El montero, poco menos que siervo del hatero, no era el campesino dedicado al cultivo de la tierra, sino el que, semidesnudo, machete en mano y con su abigarrada truilla de perros amaestrados, andaba a pie por el hato, por la montería, entre las breñas, tras las reses montaraces; hombre de valor que había de enfrentarse al toro salvaje de cuernos acerados y al terrible verraco de agudos y cortantes colmillos, curvas navajas que le sobresalían a ambos lados del destructor hocico. Hombre también de sobriedad pasmosa, que andaba todo un día en pos de la caza espantadiza con sólo el sorbo del café mañanero”. (Emilio Rodríguez Demorizi. Lengua y folklore en Santo Domingo. Santiago, UCMM, 1975, p. 308).

En general, las descripciones del fenómeno ubican la montería como una actividad subsidiaria del hato, como en efecto lo fue, y subrayan su carácter atrasado. Pero tal análisis se conforma con presentar el lado pasivo de la montería, no su lado activo. Lo que intentaré aquí es profundizar en esa otra dirección que parte de considerar dicha actividad en cuanto responde a la organización de un modo de vida, una lógica social, que contrasta intensamente con la lógica de la sociedad colonial.

Para ello será preciso suspender por un momento nuestro modo habitual de mirar el pasado que pone la etiqueta de “pre-moderno” o “no-moderno” a aquello que no refleja nuestro modo de sentir y de pensar, a manera de sentencia de condena, con la pretensión inmediata de “modernizarlo” con nuestra intervención. Digo suspender porque de esta manera podremos penetrar en la lógica alternativa de ese “otro mundo” que fue el de los monteros. Suspender para conocer y así enjuiciar racionalmente ese “otro” que, como veremos, no es tan ajeno a nuestro presente como puede parecer a primera vista.

Todos los cronistas se refieren a la gran cantidad de ganado que había en la colonia española de Santo Domingo: Oviedo, Gómara, Benzoni, Las Casas, Herrera. Los mismos, además, se refieren a la gran cantidad de animales alzados que ya existía en la isla desde el mismo siglo XVI. Especialmente numerosas eran la piaras de cerdos cimarrones, que se multiplicaban con facilidad, tras los cuales también iban los perros jíbaros que se convirtieron en una gran calamidad en la siguiente centuria. Eso provocó que desde temprano en aquel siglo apareciera una ocupación vinculada a la caza de estos animales que se internaban en los bosques y montes, ya que de otro modo eran inaprovechables.

La implantación violenta de la dominación española había dado lugar a una nueva sociedad regida por una normativa basada en la esclavitud primero del indígena y luego del negro africano importado por la fuerza. Esa realidad provocó la doble “destrucción” de las Indias y del África que condenó Las Casas en sus escritos. En la Isla de Haití o La Española no sólo conllevó la desaparición de la sociedad indígena, la destrucción de sus gentes y de las estructuras políticas y sociales, sino también –a postre- la sustitución de la economía agrícola por la pastoril. La agricultura popular se convirtió en actividad cerril junto a los alzados indios, blancos y negros. Pero aun en ese ámbito se vio rápidamente subordinada a la cacería del enorme número de ganado cimarrón que se adueño de los bosques y montes de la isla. Los seres humanos que tuvieron la suerte de escapar de la esclavitud se adaptaron a la trashumancia de la vida cimarrona en aquellos montes henchidos e impenetrables.

Desde luego, la montería que entonces se desarrolló nunca fue la actividad casi cortesana que presentó don Emilio Rodríguez Demorizi en la voz “montería” (Enciclopedia dominicana del caballo. C. T., Editora Montalvo, 1960, p. 244; véase, además, la voz “montero” (p. 246), donde se refiere a este como un oficio “heroico”), haciéndose eco de la práctica española medieval que se prolongó hasta el Antiguo Régimen. La montería no era un coto de caza para la entretención de reyes, nobles o segundones, ni el montero era un señor feudal que salía a divertirse. Ciertamente ella podía proporcionar alegrías y satisfacciones a quienes la practicaban, ¡qué duda cabe! Mas, el bosque espeso, la naturaleza desconocida y enmarañada, el hecho de que en esos mismos monte se hallaban indios y negros alzados presentaba riesgos mayores adicionales a los que se corrían detrás de la presa, ninguno de los cuales eran precisamente de la atracción de los colonos blancos. Por eso, la práctica de montear fue desde temprano una ocupación de gente rural que habitaba en los hatos, especialmente de negros libres y esclavos. En consecuencia, una actividad mal vista por todos los sectores de la sociedad colonial, incluidos los que se aprovechaban de su trabajo, como era el caso de los hateros.


En medio de la colonia despoblada que fue Santo Domingo, no es de extrañar que tal modo de vida se difundiera como la misma ganadería extensiva que implicó el hato exento de la agricultura de plantación. El poblador rural estuvo por lo general íntimamente ligado al hato como unidad productiva predominante, que se convirtió en el referente mayoritario del mundo rural. Las monterías que rodeaban los hatos proporcionaban el medio de vida para esa población flotante que excedía las necesidades de la mano de obra de la economía hatera, en la que apenas encontraba una ocupación marginal. (Por ejemplo, en la importante Descripción de la Isla Española o de Santo Domingo del oidor decano don Fernando de Araujo y Rivera, escrita en 1699, se describe como la actividad de la gente rural, de la siguiente forma: “(…). Su más común y ordinario ejercicio en que se crían, y mantienen es pelear con fieras, como está dicho, matando a lanzadas los toros para quitarles la piel, con los caballos, mulas y jumentos bravíos, domesticarlos, y aprovecharse de ellos, y con el ganado de cerda como jabalíes de estos Reynos para su alimento, los convierte este ejercicio en una ferocidad, y naturaleza casi inhumana para pelear a lanzadas, y cometer muertes, siendo muy pocos los que se aplican a hacer algunas cortas sementeras”. Véase E. Rodríguez Demorizi, Relaciones históricas de Santo Domingo, tomo I, C. T., Montalvo, 1942, p. 306).

En todo caso, donde aquellos esforzados hombres del monte se destacaron fue en las acciones de guerra frente a los enemigos externos, representantes de los imperios europeos que se disputaban la posesión y el comercio de estas tierras.

Así lo refieren las fuentes tanto españolas como inglesas y francesas. Las arremetidas de los monteros con sus lanzas para desjarretar reses y machetes para enfrentar fieras cuerpo a cuerpo, fueron decisivas en diversas acciones de guerra en los siglos XVII a XIX. Son frecuentes los relatos sobre monteros que consiguieron victorias increíbles o que se desaparecieron en medio un bosque de árboles de espinas enormes como el campeche, para luego reaparecer y destruir un enemigo varias veces más numeroso. Pero el personaje exaltado a héroe en tales sucesos de guerra, es el mismo que aparece como un villano en los relatos de la vida social, o aun peor, es el vago y el bárbaro que impide todo progreso. Como los llamó el Cabildo de Santo Domingo en el año 1769, representan “la polilla de la república”.

En otro lugar me he referido al modo de vida de los campesinos monteros y otros grupos (conuqueros, maroteros, rayanos) con la expresión “campesinos arcaicos”. Por modo de vida de los campesinos arcaicos entiendo un tipo de relaciones sociales de producción que se basa en el aprovechamiento directo de la naturaleza, sin que los productos del trabajo humano tengan que realizarse bajo la forma de predominante, aunque el acceso a los medios de producción suponga el pago de un canon a un intermediario que la posea legítimamente o tenga lugar por medios ilegítimos con respecto a las reglas de la sociedad dominante. En tal sentido, el contexto en que se desarrolla la esencia de esta actividad es de una “economía natural”, pero no de manera exclusiva, ya que se encuentra inserta en una economía rentista y esclavista.

El término de campesinos arcaicos también está inspirado en una lectura de la obra de Hobsbawm, Rebeldes primitivos, convencido de que con el mismo nombre puede ponerse de relieve una arista contrastante con la sociedad esclavista colonial, aunque sin reducirla a la plantación esclavista que no fue el caso típico en Santo Domingo desde fines del siglo XVI. No he abandonado tal denominación, pese a que puede parecer un tanto despectiva, porque entiendo que las categorías propuestas por Sydney Mintz, Ciro F. Cardoso y Eric Wolf, entre otros, sobre “campesinos reconstituidos” o “protocampesinos”, aunque tienen puntos de contactos, dejan fuera la experiencia de La Española, ya que su punto de partida explicativo tiene como referencia central a la sociedad de plantación, cosa que ellos mismos subrayan en sus obras. Por eso quisiera, sin entrar en una discusión pormenorizada con dichos autores, aclarar el criterio de arcaísmo con que he analizado dichos grupos, el cual me ha permitido englobarlos bajo un mismo modo de vida.

El criterio aquí adoptado atiende básicamente a tres aspectos: El primero que salta a la vista es, sin lugar a dudas, el extremado individualismo que produce en el sujeto que depende de su habilidad y de su fuerza para sobrevivir cotidianamente en su enfrentamiento con la fiera. Bonó atisbó en ello el arraigado particularismo de nuestra gente rural. Para él su valor personal, entendido como el arrojo del individuo osado y hasta temerario, constituye la mayor prueba del carácter. Este no puede ser desafiado por nada ni nadie a menos que quisiera medirse inmediatamente con todas las consecuencias y riesgos que eso comporta. Como consecuencia de lo anterior aparecen, en segundo lugar, el arraigado sentimiento de autarquía que genera en los individuos y la sociedad que se va formando con ellos.

En efecto, la autonomía de la vida rural está asociada tanto a la forma dispersa de su patrón de asentamiento y uso del suelo, como al concepto de libertad y bienestar de esta sociedad rural que puede resumirse en el acceso libre a la tierra como valor central. La autarquía y el particularismo minaban, además, el espíritu de asociación de estos pobladores, regularmente reducido al grupo que acostumbraba a salir de caza o que accedía a la tierra; la única excepción fue el fenómeno del caudillo, que por lo común fue el vehículo para alcanzar beneficios colectivos y disfrutar más plenamente de la autarquía, cosa que de modo individual no hubiesen podido conseguir. Por lo demás, la solidaridad social de estos grupos se expresó de manera espontánea, no meditada ni organizada, y casi siempre como resistencia a la violencia del Estado colonial, como he estudiado en el caso del negro incógnito.

El tercero y más importante e los aspectos señalados está dado por el poco valor que se otorga a la propiedad privada dentro del modo de vida de los campesinos arcaicos. Por su relevancia voy a detenerme un poco más en este aspecto, analizando las dos caras que éste último ofrece: por un lado, su situación con respecto a las relaciones de propiedad; y por otro, el conflicto que implicó esa posición en la sociedad colonial.

Al analizar la situaron respecto a la propiedad, se observa que el montero representa un extremo, acaso el más alejado de la propiedad privada. Al parecer, por lo que se desprende de la lectura de los documentos consultados, tampoco hace mucho caso de la propiedad mancomunada o comunera. Su prioridad es la subsistencia, en tal sentido le basta con el usufructo o el permiso de usufructo. No pretende perpetuarse en los sitios de montería más allá de la búsqueda de los animales que persigue, aunque penetre a ellos cada vez que lo necesite. El animal cimarrón, su presa, es por definición libre, no está sujeto a los límites de ninguna propiedad. Asimismo la actividad de cazarlo debe ser libre. De ahí que el montero esté más enteresado en el acceso libre a la tierra de todos los que viven dentro de ese modo de vida, guardando sin que le importe nada el derecho de propiedad de los demás, que no pretende disminuir ni negar; pero tampoco se somete a la propiedad esclavista. Su existencia más bien la cuestiona o impugna en tanto se coloca por fuera de ella, al margen de la normativa esclavista de la sociedad colonial.

No obstante ello, y de forma paradójica, la actividad de estos campesinos creó las condiciones para el desarrollo al interior de la sociedad colonial de la pequeña propiedad campesina. Claro, lo hizo de un modo negativo, por cuanto surgió por la oposición de la sociedad esclavista a la propagación de un modo de vida autárquico que amenazaba con dejar sin brazos el trabajo de sus haciendas. Esto fue más evidente a partir de mediados del siglo XVIII, cuando se regularizó el comercio con la colonia francesa y se permitió el comercio de negros esclavos a través de la frontera, una puerta abierta para nutrir la colonia de nuevos esclavos y una nueva esperanza de los colonos españoles contagiados entonces por la riqueza de Saint-Domingue. Roberto Cassá se refiere a este período como de “resurgimiento” del proyecto de la plantación esclavista. (Roberto Cassá, Historia social y económica de la República Dominicana, t.I, Santo Domingo, Alfa y Omega, 2003, Cáp. XIII).

Recordemos que la propiedad campesina o pequeña propiedad era inexistente en el mundo colonial. Como lo ha sentado Ots Capdequi (José María Ots Capdequi, España en América. El régimen de la tierra en la época colonial. México, Fondo de Cultura Económica, 1959, y El régimen de la tierra en la América española durante el período colonial. C.T., Montalvo, 1946), en su clásico estudio sobre la propiedad de la tierra ella estaba organizada sobre la base de concesiones reales, que podían variar conforme a la calidad y méritos de la persona favorecida, y avecindamientos en determinadas poblaciones, fuesen villas o ciudades. Más tarde fue posible también la composición de tierras, o compra a plazos en las que hubiera incrementado la propiedad original, incluso, en el siglo XVIII, fue posible hacerlo con lotes de terrenos que podríamos considerar medianos, puesto que eran inferiores a media caballería.

Durante mucho tiempo la base del acceso a la tierra por parte de la plebe rural fue el trabajo dentro de las haciendas donde era posible obtener un pedazo de tierra en usufructo para la producción de vivieres. Este fenómeno ha sido estudiado por diversos autores al interior de la plantación tanto en el Caribe como en Brasil.


Aunque no ha sido aún estudiado en nuestro país, existen referencias e indicios claros de que también aquí los esclavos negros gozaron de esa posibilidad de acceso a la tierra, que Ciro F. Cardoso ha investigado en la “brecha campesina del sistema esclavista”, aunque –como se dijo antes- en un contexto de plantación o la producción se vino al suelo o los brazos eran excesivos para la demanda de los hatos, este acceso se tradujo en una especie de contrato o censo enfitéutico mediante el cual los ocupantes de terreno pagaban un cano o pensión anual a cambio del uso del mismo. Esta evolución era coherente además con el desarrollo de una esclavitud rentista desde mediados del siglo XVII. Como indica claramente Sánchez Valverde:

“Conucos se llaman en Santo Domingo las labranzas de frutos del país, que en cierto número de varas de terreno hacen regularmente los negros libres, etc ., o los esclavos jornaleros, a quienes lo conceden los propietarios que no pueden cultivar el área de su pertenencia, por el precio de cinco pesos al año. Pasado éste, o quando más dos, le abandona el arrendamiento y pasa a desmontar y sembrar otro pedazo por igual pensión”. (Antonio Sánchez Valverde, Idea del valor de la Isla Española. En Ensayos. Santo Domingo, Editora Corripio, 1988, p.222n.).

Existen numerosos expedientes de la época colonial n el Archivo Real de Bayaguana, Archivo Real de Higuey y Archivo Real del Seibo, conservados sen el Archivo General de la Nación, que esperan por el estudio detallado de esos arrendamientos y censos enfitéuticos, aunque por lo general debemos suponer que la mayoría de tales contratos fueron verbales y nunca llegaron a escribirse. No obstante, ya en el siglo XVIII el investigador se encuentra con un sistema evolucionado de propiedad comunera del suelo (Hay una importante bibliografía jurídica al respecto. En cambio, los enfoques históricos son contados, aunque existe en la actualidad un interés creciente por esta materia. Véase: Wenceslao Vega Boyrie. “Historia de los terrenos comuneros de la República Dominicana”. Clio, Año 68, No.152, Santo Domingo, enero-junio de 2000, pp.81-108), a través del cual su acceso está regulado de una manera completamente funcional a los modos de vida campesinos.

Por otra parte, la intervención real sobre la propiedad en Santo Domingo durante el siglo XVIII ratificó de otra manera dicha evolución. Como se sabe, para este tiempo en la metrópoli se imponían los puntos de vista fisiocráticos e ilustrados. Los dos procesos de composiciones de tierra más importante se produjeron, el primero, con la venta de los bienes de los jesuitas, expulsados de los reinos españoles en 1767, y, el segundo, con la aplicación de la Real Cédula de 1754 sobre venta y composición de tierras realengas, que finalmente comenzó verificarse el mismo año 1767 bajo la dirección del oidor Ruperto Vicente de Luyando, quien pretendió que esa fuera una forma de extender la producción de esas tierras. Esas ventas fueron en sumatoria hechas a título de censos, esto es, a modo de rentas casi perpetuas, las cuales fueron dadas por finalizadas mediante Real Orden de 1810, que declaró tales censo extinguidos, entre otras medidas para impulsar la agricultura de la colonia.

La venta de los bienes de los jesuitas favoreció a los grandes propietarios, pero la comisión del oidor Luyando supuso la dotación de amparos reales a gran número de medianos y pequeños propietarios, a los cuales éste pretendió orientar hacia la producción de mantenimientos para la colonia, lo que significaría una verdadera revolución agraria en la isla. (Ots Capdequi habla de la cédula de 1754 como el fundamento de una segunda reforma agraria en América, después de la cédula de 1573 de Felipe II, que considera la primera). Entre los beneficiarios de estas medidas en diversas zonas del país debieron contarse no pocos monteros y sus descendientes, puesto que tales amparos afectaron muchos de los terrenos dedicados a monterías que eran usurpados por grandes propietarios quienes no pudieron presentar títulos legítimos de su posesión en el tribunal del juez Luyando.

Por supuesto, los propietarios se opusieron rotundamente a la reforma de la propiedad iniciada por la comisión Luyando. Protestaron y llevaron su “movimiento” de oposición ante la audiencia y el Rey y finalmente consiguieron la suspensión de la medida en 1769 y el traslado del oidor fuera de la colonia en 1773. Pero el efecto ya se hizo sentir. Por eso, no puede obviar el punto el proyecto de Código Negro redactado por el oidor Agustín de Emparán, quien en la ley 9 de la tercera parte del mismo dedicada al régimen económico ordena:

“Destinarán también a cada uno (de los esclavos) una proporción corta de tierra, para su cultivo privado en el concepto de peculio pues el amor a su pequeña propiedad la (sic) contendrá de sus emigraciones y fugas, y le apegará más y más a la hacienda de su señor haciéndola amar, por decirlo así, las mismas cadenas que le sujetan” (Joaquina Malagón Barceló. Código Negro Carolino (1784). Santo Domingo, Editora Taller, 1974, p.227).

Inmediatamente después, la ley 10, ordena que: “ningún hacendado pueda conmutar los alimentos en darles un día a la semana para su cultivo privado o por mejor decirlo, para sus robos y liviandades, o en aguardientes, melado o cosa equivalente. (J. Malagón Barceló. Código Negro Carolino, p. 228).

Es decir, concede la tierra en el espacio de la hacienda, pero no se les permite tiempo libre más allá del que esté reglamentado por los días de dos y tres cruces del calendario, ya que el legislador presume que será empleado no en la tierra que ama tanto sino en la vagancia. Esta presunción habla de que tal medida no está destinada sólo a los esclavos, sino a aquellos jornaleros que puedan ser reducidos a la situación de esclavitud, por medio de la institución del agrego forzoso que fue puesto en práctica con la leva de 1782 (Cfr. nuestro trabajo, “La leva de 1782”. Clio, año 67, No.161. Santo Domingo, julio-diciembre de 1999, pp. 26-80). Además de que trataba de impedir la comunicación con los otros negros libres o esclavos con “casa aparte” que viven fuera de la hacienda a la que están “encadenados”.

Por esta vía los monteros, al afianzar su modo de vida, contribuyeron de manera indirecta a diluir la normativa de la sociedad esclavista colonial, hasta el punto de empujar, sin proponérselo, en dirección a la transformación de la propiedad del suelo. La situación de la propiedad no varió en lo fundamental hasta el siglo XIX, pero ya la propiedad comunera y campesina había ganado un espacio que no perdió sino ya avanzado el siglo XX.

La metáfora de alejamiento con respecto a la propiedad privada a la que hice arriba alusión le parecerá al sociólogo una repetición de aquella imagen lineal del paso de lo tradicional a lo moderno. Con la particularidad de que ahora se sustituye la palabra tradicional por arcaico y moderno por propiedad privada. Ciertamente, se pudiera colocar en una línea de más a menos arcaicos a los grupos campesinos de que hablo, en el primer extremo estarían los maroteros y los monteros, seguidos por los conuqueros y arrimados o agregados, luego los copropietarios de sitios comuneros hasta llegar a la pequeña propiedad campesina. Una evolución que, en lo fundamental, ya trazó en el siglo XIX Pedro Francisco Bonó en sus Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas, al referirse a la fragmentación de los sitios y ranchos. (En: Emilio Rodríguez Demorizi, Papeles de Pedro Francisco Bonó. Santo Domingo, Editora El Caribe, 1964, pp. 190-245).

Sin embargo, el punto es que tal línea no existe. Si alguna imagen lineal fuera pertinente, entonces sería la de un abismo entre varias líneas paralelas con puentes entre ellas que sólo funcionan de modo intermitente y luego desaparecen. De hecho, durante mucho tiempo coincidieron y convivieron formas de vida diferentes en la sociedad dominicana, y aun gentes que podían vivir en ambos modos de vida “entrando” y “saliendo” con cierta facilidad de uno a otro. Tampoco se trata de entradas o salidas del mundo tradicional al moderno y viceversa; conocemos situaciones similares a través de los estudios de sociólogos e historiadores, José del Castillo (Ensayos de sociología dominicana, Santo Domingo, Editora Taller, 1981), Roberto Marte (Cuba y la República Dominicana. Transición económica en el Caribe del siglo XIX. Santo Domingo, APEC, s.f. (1988?) y otros. Estos autores señalan cómo los cultivos de auto subsistencia fueron un refugio de los trabajadores para resistir a la proletarización en los ingenios azucareros hasta casi mediados del siglo XX.

Lo mismo ocurrió al interior de la sociedad esclavista colonial, que no se puede juzgar precisamente de moderna. Esta última fue el primer escenario de entrada y salida para estos pobladores rurales que no tenían lugar en la estructura social de la colonia. El problema es que desde un momento determinado estas entradas y salidas fueron haciéndose más difíciles para estos mismos sujetos, los cuales entonces se vieron atrapados en uno de estos modos sin posibilidad de vuelta atrás.

Desde luego, la monetaria, como modo de vida, tampoco permaneció estática, sino que se ajusto y modificó casi de forma continua. El montero del siglo XVI no es el mismo que el de los siglos siguientes. Desde luego, sigue habiendo rasgos comunes, en tanto que no ha desaparecido su actividad principal, definitoria, que está asociada a la cacería de animales cimarrones. Pero este montero está en interacción con el conjunto social más amplio, dentro del cual debe reconstruir cotidianamente su lugar, o mejor dicho, su “no lugar” en la sociedad colonial esclavista. Ese “no lugar“ es precisamente lo que le convierte en un ente sospechoso dentro de esa sociedad. (La expresión la he tomado de Michel de Certeau, La escritura de la historia. Trad. Jorge López Moctezuma, 3ª. edición, México, Universidad Iberoamericana, 1993, pp.69-82).

Lo anterior remite a la segunda arista del aspecto de la propiedad antes señalada, y lleva de inmediato a la cuestión de la dinámica de la formación de clases en el seno del régimen de esclavitud vigente en el Santo Domingo colonial.

La suspensión de la reforma de la propiedad fue conmutada por la formación de una Junta de Hacendados que fue ordenada al gobernador Azlor en 1769, pero cuyas resultas fueron remitidas al Rey en 1772 por su sucesor en el gobierno, Joseph Solano. En efecto, en las conclusiones de aquella Junta de hacendados citaron explícitamente los modos de vida de dichos pobladores rurales y presentaron una propuesta de solución:

“Que los monteros, esto es, los hombres que por vivir de la caza, viven dispersos y otros vagos se reúnan en pueblos, estableciéndolos a expensas de la Real Hacienda, como la piedad de Vuestra Majestad auxilia a las familias que embía de las Yslas Canarias, ya sea agregando algunos a los bien situados para la salud en tierras fructíferas y proporcionados lugares, para el más fácil y menos costoso transporte a la capital de sus frutos sobrantes, o en otros fundados de nuevo en parages de estas conveniencias, y con vecinos blancos y labradores que den exemplo de sociables costumbres y de aplicación a la agricultura, a aquellos nacidos y criados en la desidia y barbarie, y se ponga al cargo de capitanes-pobladores, puestos por el governador con el sueldo de quatrocientos pesos anuales y quádruplo de las tierras que se den a vn vecino con las demás gracias del agrado de Vuestra Magestad.“

Como se ve, los ojos de la Junta de Hacendados estaban puestos sobre los monteros. En contestación a esta proposición el fiscal del Consejo de Indias, José Pablo de Agüero, quien había desempeñado años esa misma función en la Real Audiencia de Santo Domingo, expuso su criterio resaltando:

“que no se pueden entresacar de las ciudades, villas y lugares tantos sugetos blancos como eran menester para sugetar los negros dispersos que viven derramados por la Ysla, y que este medio sobre ser más difícil es más costoso como lo propone la Junta (de Fomento de Santo Domingo)”. (AGN, Santo Domingo 1059).

El parecer del fiscal recordaba lo dispuesto en las Leyes de Indias, y en esa virtud propuso que se distribuyeran los dichos negros:

“por los lugares y villas ya establecidas en la Ysla, agregándolos a ellas (...), para que así tengan mayor sugeción y se mueban e inclinen al trabajo, a la observancia de la rreligión y a la regularidad de costumbres, mediante el buen exemplo que su vecindario les dé”. (AGN, 1059).

El Consejo de Indias, sin embargo, no tomó ninguna decisión al respecto y se limitó a pedir más informes al gobernador, a los oficiales reales y al cabildo.

Entretanto, las persecuciones contra los vividores rurales arreciaron con el fin de colocarlos como trabajadores en las haciendas con calidad de “agregados”, pero en condiciones que representaban punto menos que un regreso a la esclavitud. Tales persecuciones se iniciaron en el gobierno de Manuel Azlor (1762-1771) y siguieron en el gobierno de José Solano (1771-1778), cuando la obligación de devolver a sus dueños franceses los esclavos escapados de la colonia vecina, conforme a lo pactado entre las coronas española y francesa, hizo escasear la mano de obra esclava y se tornó dificultosa la “ocultación” de esclavos. Al parecer, los negros libres consiguieron zafarse de esta obligación que se les impuso presentando a las justicias un conuco en un pedazo de tierra arrendada en la que se aplicarían al trabajo, o simplemente presentándose como “arrimados” o “agregados” en medianos y pequeños hatos. No obstante, todo parece indicar que aumentaron los abusos en contra de la población liberta, lo que debió crear una situación de intranquilidad en los campos.

Desde luego, la idea de someter a los monteros tuvo sus vaivenes. Todavía en una carta dirigida al Rey, fechada el 29 de octubre de 1769, el Cabildo de la ciudad de Santo Domingo, se expresaba en estos términos en relación a los vividores de los campos:

“No tenemos que querellarnos de la desidia y pereza de los naturales, ni pretendemos escusarla, ni la abonamos, pero lo cierto es que aunque a todos los vagantes y nuevos aplicados se obligasen al trabajo, como éstos son en corto número, sería también corto de adelantamiento.” (AGN, 976).

Por el contrario, un atento observador de la vida rural, el hatero y escritor banilejo Luis Joseph Peguero, llegó incluso a expresar duras críticas durante el gobierno de Manuel Azlor, críticas que estaban dirigidas contra los comandantes o gobernadores de las armas de los diferentes partidos de la colonia española:

“¿Cómo puede llamarse un governador bueno (…) y sobre todo, viendo que las vituallas se escasean por la sobra de haraganes: y las carnes se esterilizan por la demasía de vagamundos: y sólo están sobrados los latrocinios, embriagueces y las lascivias, por su inadvertencia y péssimo descuydo?” (Luis Joseph Peguero, Historia de la conquista de la Isla Española de Santo Domingo. Trasumptada el año de 1762. 2 t. (Edición, estudio preliminar y notas de Pedro J. Santiago), Santo Domingo, Museo de las Casas Reales, 1975; t. II. El hatero escritor se cuidó muy bien de la forma en que hacia estas criticas, ya que era el mismo Presidente, Gobernador y Capitán General quien hacia dichos nombramientos de los jefes de partidos, y así las incluyó en una carta –que aparece al final del segundo tomo de su obra-donde hacia, además, una serie de recomendaciones).

Los juicios de Peguero, en 1762, sacan a flote indirecta pero tempranamente la problemática rural que poco después se definió en torno a los monteros, quienes fueron tildados de haraganes, vagabundos, y responsables de robos y vicios de todo tipo.

Un punto de vista distinto se encuentra en la obra de Sánchez Valverde Idea del valor de la Isla Española, publicada en 1785. En este libro el racionero de la catedral ilustra la doble apreciación que recayó sobre esos pobladores rurales. Para él, que había observado el trabajo de dichos monteros en la caza del abundante ganado cimarrón existente en el interior de la isla, éstas eran personas esforzadas y capaces de una actividad productiva, ya que de otra forma no era aprovechable tanta corambre y carne, las cuales podrían ser decisivas en momentos de aguda escasez como el que se vivía entonces. Pero además, estos eran prácticos en los caminos interiores más difíciles y desconocidos para muchos, lo cual era un conocimiento estratégico en tiempos de guerra. Al referirse a ellos expresa dicho autor:

“Esta es la vida verdaderamente aparreada de nuestros Monteros, que llaman Pastores holgazanes. Sus pies crían una soleta o costra de espesor de un dedo con la continuación de andar descalzos. Las espinas, que son muchas y varían en el tamaño o calidad, suelen no penetrarlas a lo vivo. Verles en la operación de sacárselas, después que vuelven de su exercicio, cortando con una nabaja en las plantas de sus pies, parece que lo executan como los cirujanos en cuerpo estraño o en un pie postizo de madera. Todo el día que ha pasado en montear, se ha mantenido mitigando la sed con narajas agrias o dulzes, según las encuentra, y engañando el calor natural con alguna fruta silvestre que se presenta al país. Pocos centenares de estos holgazanes eran los que triunfaban en el siglo pasado (XVII) y triunfarían de éste de millares de Estrangeros DOTADOS DE SUPERIOR ACTIVIDAD Y GENIO”. (Antonio Sánchez Valverde. Idea del valor de la Isla Española. p. 284 (mayúsculas en el original).

A la inversa, al referirse a la situación presente de 1785, hace responsable a los descendientes de los monteros por la inseguridad y los robos en la colonia. Al proponer que debían ser obligados a trabajar en las haciendas arguye:

“(...) la ocupación de estos (negros) libres de la segunda utilidad que decíamos. Utilidad que rebajaría el número de ladrones, que no son otros que estos mismos hijos y parientes de monteros, los quales después de consumir o dexar perder lo que heredan, van oliendo de un Hato a otro para comer; y hurtando, para las otras necesidades o vicios. Estos son los verdaderos holgazanes, y los que han desacreditado a los verdaderos Monteros.”

Como he señalado, el despertar del proyecto esclavista de plantación agitó la conciencia dominante sobre el mundo rural alternativo que representaban los negros libres internados en los montes, que arbitristas con mentalidad ilustrada buscaban reformar de diferentes maneras. Las Ordenanzas Municipales de 1768 y 1786, así como las Instrucciones Para el Recogimiento de Vagos de 1782, el proyecto de Código Negro de Emparán en 1784, o el Bando de Buen Gobierno de Urrutia en 1811, no son más que expresiones de esta conciencia política de la clase dominante criolla sobre la situación que se le iba de las manos en la campiña.

Refiere doña María Ugarte, para poner un solo pero significativo ejemplo, que el contenido de las Ordenanzas Municipales de 1786, “dan una clara idea, a través de sus disposiciones prohibitivas, del clima de inquietud rural en el campo.” Más allá del afán normativo que denota el activismo de las autoridades y las clases propietarias de la colonia, se encuentra el conflicto social planteado por la realidad de un mundo alternativo y anónimo que no estaba sujeto ni comprendido bajo su dominación, el cual para entonces se hallaba conformado por los campesinos arcaicos.

Se comprende así que los modos de vida que sustentaron la montería y el conuquismo fueron no sólo respuesta de resistencia a la dominación esclavista, sino también medios activos de la transformación de la sociedad rural y de la formación de una clase campesina, cuya configuración dispersa y autárquica dio origen al campesinado dominicano, incluso al interior del sistema esclavista. Ese campesinado con todo y su idea arcaica de libertad, consiguió afianzar, armas en mano, la independencia de la República en el siglo XIX.

Para concluir, una ultima reflexión: la sociedad dominicana moderna se ha constituido sobre la base del rechazo a otras configuraciones sociales que la precedieron y que han sido ignoradas durante largo tiempo. Sobre dichas formaciones precedentes se ha depositado una montaña de olvido y desprecio. Hoy, desde el cultivo de la historia social de nuestro país, se puede iniciar la tarea de desmontar algo de toda aquella ignorancia acumulada y presentar un aspecto del largo proceso de constitución de la actual sociedad en que vivimos. Con ello se lograría mostrar una imagen de nuestra sociedad menos deprimente del mito del progreso, tal como lo hemos heredado de los siglos XIX y XX. Ese estudio, por tanto, debe contribuir a la crítica de las diversas formas de exclusión social que han sido estructuradas con el pretexto del progreso, promoviendo así la construcción de una nueva sociedad civil más consciente de su identidad histórica, que le permita retornar la lucidez que requiere el presente para transformarlo.


Discurso de recepción del académico Raymundo Manuel González de Peña


Por: Roberto Cassá Bernaldo de Quirós

(Miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia)


(Pronunciado en el salón de actos de la Academia Dominicana de la Historia, la noche del 13 de diciembre del 2004, publicado originalmente en Clío, año 73, núm. 168, julio-diciembre 2004)


Señor presidente de la Academia Dominicana de la Historia, Colegas y académicos presentes, Damas y caballeros.

Raymundo González, sin lugar a dudas, desde su juventud se ha erigido en uno de los historiadores que han realizado una labor más productiva y original en la interpretación de los contornos de la evolución del pueblo dominicano. Cuando los numerarios de la Academia Dominicana de la Historia decidieron incorporarlo a su rango, calibraron los méritos acumulados por él como ciudadano, intelectual e historiador. Su persona es un acopio refulgente y natural de atributos excelsos de la humanidad, tales como la solidaridad, la generosidad, la integridad y la compasión. Él es uno de los escasos seres humanos que he conocido inmunes a tantas pasiones negativas que mellan la calidad moral. Es de los que prefieren, sin ambages, situarse junto a los oprimidos antes que beneficiarse de su capacidad para ser aceptado entre los privilegiados. Su actitud ha mostrado una consistencia inconmovible en la asunción del imperativo de un orden superior, negador del presente, en el que prevalezcan la igualdad y la solidaridad.

Pero, además, lo adornan los atributos de la inteligencia y la constancia, que le han permitido hacerse el intelectual que corona su condición moral. Desde niño se hizo un lector asiduo y disciplinado. Supo nutrirse de lo que le transmitieron sus maestros de la primera juventud, entre los que conozco a Julio Sánchez, Leo Valeirón, Julio Zayas y Marcos Villamán, en una época de efervescencia de intenciones nobles entre los jóvenes.

Resulta natural que en su discurso el saber haya rezumado rigor, como es característico de todos sus escritos. Esto no es ajeno a la virtud que verdaderamente le confiere singularidad a su persona, quintaesencia de su sustancia moral, política, e intelectual: la modestia, como sabemos a perfección quienes lo conocemos. Sus escritos son una prolongación espontánea de su vida. Precisamente como parte de su rigor, se contrapone a lo apodíctico, y avanza en el reconocimiento de la realidad con suavidad y una consiguiente fortaleza, a la usanza de la metáfora taoísta acerca de la propiedad corrosiva de la blanda agua.

En cierta manera este discurso resume el estado de la cuestión a que ha llegado en el estudio de la sociedad colonial. Conocedor de las claves de la historia dominicana, las ha tamizado a través del contacto con los pensadores sobre sus materias. De esta manera, se ha constituido doblemente en especialista de la historia social y de la historia intelectual. En el ámbito social, su especialización como investigador se ha orientado hacia el período colonial, específicamente, el siglo XVIII. La compenetración con los procesos de esa centuria le ha permitido fojarse nociones estratégicas sobre algunos de los grandes procesos de la historia dominicana y de su procesamiento por parte de los pensadores, sin importar sus signos opuestos, desde Pedro Francisco Bonó hasta Manuel Arturo Peña Batlle.

Inició su familiarización con el hasta entonces cuasi-ignoto siglo XVIII, en la segunda mitad de la década de1980, como integrante de la misión en el Archivo General de Indias en Sevilla, dirigida por fray Vicente Rubio, en el cual también participó Genaro Rodríguez. Esos años de incursión en los centenares de legajos relativos a dicha centuria operaron como coronación práctica de su formación cultural, forjando al erudito sobre el fundamento del teórico que ya era, tornándolo “técnico y científico” al mismo tiempo acerca de hechos, datos, personas, estructuras, y procesos de desarrollo para concebir una teoría en movimiento acerca de aquellas lejanas décadas, plasmada en una vasta gama de artículos.

El sentido de compromiso inherente a él lo vincula a una atención prioritaria por la vida de los estratos de la población pobre, aquellos supuestamente carentes de historia. Sin proponérselo taxativamente, al menos hasta cierto punto, ha cuestionado productivamente los supuestos elitistas y excluyentes de las elaboraciones de los historiadores tradicionales, para quienes el único factor dinámico de la historia dominicana ha sido patrimonio de las minorías dirigentes.

La empresa intelectual por él desarrollada ha propendido a rescatar contornos de la existencia de las clases populares y a proyectar su pragmática social y cultural en beneficio de la colectividad dominicana del presente. Esta labor historiográfica sin precedentes se ha centrado en el campesinado, la clase trabajadora por excelencia tras la abolición de la esclavitud, como lo puso de relieve ese grandioso del análisis socio-histórico que fue Pedro Francisco Bonó, inspirador de las miradas renovadas de nuestro nuevo compañero numerario.

Advierte que el campesinado no es una entidad cosificada, sino un sujeto cambiante y dependiente de la evolución de múltiples planos de relaciones. De ahí que su perspectiva de rastreo de los orígenes del campesinado, por medio de la categoría de “arcaico”, haya sido la de la exploración de líneas paralelas, expresión de evoluciones múltiples y desiguales de figuras sociales, entre las cuales se halla el montero, el objeto o, yo diría, en cierta manera, el pretexto de esta radiografía de la mecánica social de una centuria.

Lo que está en juego en el discurso no es describir al montero, y menos detenerse en el plano del folklore o del exotismo, sino rastrear su ubicación dentro de circunstancias macrohistóricas. Desde tal perspectiva, lo que se nos ofrece hoy es nada menos que una síntesis sumaria de la dinámica estructural del siglo XVIII que condujo a la eclosión de las modalidades incipientes del campesinado, entre las cuales destaca la del montero.

Ahora bien, el hecho de que no se detenga en lo anecdótico, al grado de que ni siquiera refiere como problema los tópicos de la primera novela dominicana con ese nombre y de la autoría de Bonó, no significa que desconozca el papel activo de la figura social, consignando su trascendencia para la consolidación del estilo de vida autónomo de libres pobres y libertos. Visualiza en ello, con incisiva capacidad explicativa, la relación entre los mecanismos de reproducción del sistema esclavista patriarcal y las particulares modalidades de resistencia de esclavos y otros sectores subalternos.

Lejos del tópico de la historiografía tradicional acerca de la conformidad perfecta de esclavos y libertos, correlato de su nulidad, el montero es una expresión de los anhelos de autonomía que permitían las grietas del sistema. Fue, por tanto, un hacedor activo de historia, en primer término en la plasmación de su capacidad de intervención en el terreno militar, que lo llevó a constituirse en una categoría explicativa de la subsistencia del conglomerado proto-dominicano frente a los intentos absorbentes de los franceses del occidente de la isla. Al mismo tiempo, el montero fue la encarnación de un estilo de vida que defendió con ayuda de su eficacia en el terreno de la lucha por la subsistencia y de la búsqueda de la autonomía social.

En consecuencia, lo que Raymundo González emprende trasciende incluso a la ubicación de la génesis de determinadas categorías, sociales, no obstante su atención al protagonismo de las figuras del pueblo; más allá, radica en la búsqueda explicativa de los rasgos originales del siglo XVIII, visualizado como un momento de conformación estructural llamado a tener repercusiones cruciales en el decurso ulterior del proceso histórico dominicano. El montero, al igual que las restantes figuras del campesinado en su génesis arcaica, responde a la dinámica estructural de un orden esclavista no evolucionado, en una fase de progresiva descomposición, conectada con la configuración de un escenario de complejo debate social y cultural.

Lo que podemos inferir es que el sistema se encontraba inserto en una dinámica crónica de descomposición, de donde emanaba la imposibilidad de la transición a una fase consolidada y de donde igualmente provenía el requerimiento de someter a las indisciplinadas clases subalternas. Frente a la pretensión de los poderosos por someter a cánones disciplinarios a la población trabajadora, en búsqueda de que generara mayores márgenes de excedentes, el montero simbolizaba la imagen idealizada por los poderosos de la supuesta barbarie rural, remisa a toda noción de civilización y progreso.

Precisamente, en esta temática ideológica y clasista se inserta una de las preocupaciones constantes de nuestro nuevo compañero numerario: la crítica a la ideología del progreso emanada de los sectores ilustrados, adscrito excluyentemente al etnocentrismo del mundo occidental como fuente del único modelo posible de sociedad y cultura. Frente a tal aserto, se legaliza en retrospectiva y, por extensión, en el terreno de la historicidad actual, la alternativa de modos de vida que no se compaginen con el paradigma de la modernización.

En definitiva, para Raymundo González, en lo fundamental, la conformación del colectivo dominicano no ha sido sino el producto de la historicidad de los sectores subalternos.

Aunque la noción de su estructuración nacional haya emergido de porciones ilustradas de los sectores dirigentes, no hicieron más que sustentarse en las realidades generadas en primer lugar por la acción del campesinado y sus expresiones. Particularmente, la gestación de la noción de una comunidad de iguales, síntesis del ideal nacional, tuvo que hacerse en contraposición con el exclusivismo ideológico y social de los sectores superiores. A mi juicio, en problemas de este tipo radica la trascendencia de la elaboración historiográfica sintetizada brillantemente esta noche.

De lo anterior concluyo con que la sustancia de la producción de Raymundo González obliga a su lectura como un referente intelectual de primordial actualidad. Si bien él representa la antítesis de aquellos que, arrogantemente, se proclaman introductores exclusivos del saber, tenemos en él a un maestro, porque sus textos contribuyen a sugerir la reflexión creadora. Entre sus meritos pertinentemente se encuentra la dedicación a la labor educativa, aplicada en el Centro Poveda, en su militancia en organizaciones populares como Copadeba, en la cátedra en el seminario jesuita y en los cursos de postgrado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Tal pragmatismo pedagógico se canaliza en una prosa llana y directa, de brillantez expositiva por retratar un afán creativo, pese a estar exenta de pretensiones literarias.

Habiendo tenido el privilegio de ser su profesor de historia en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, en las postrimerías de la década de 1970, impresionado por la capacidad de vuelo aventajado del alumno, con estas palabras de recepción, me toca el nuevo privilegio de hacer entrega del cetro de académico a nuestro delfín en edad y exponente renovador de la reflexión historiográfica dominicana de nuestros días.























(Pronunciado en el salón de actos de la Academia Dominicana de la Historia, la noche del 13 de diciembre del 2004, publicado originalmente en Clío, año 73, núm. 168, julio-diciembre 2004).


(Miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia).


Señor presidente de la Academia Dominicana de la Historia, Colegas y académicos presentes, Damas y caballeros.

Raymundo González, sin lugar a dudas, desde su juventud se ha erigido en uno de los historiadores que han realizado una labor más productiva y original en la interpretación de los contornos de la evolución del pueblo dominicano. Cuando los numerarios de la Academia Dominicana de la Historia decidieron incorporarlo a su rango, calibraron los méritos acumulados por él como ciudadano, intelectual e historiador. Su persona es un acopio refulgente y natural de atributos excelsos de la humanidad, tales como la solidaridad, la generosidad, la integridad y la compasión. Él es uno de los escasos seres humanos que he conocido inmunes a tantas pasiones negativas que mellan la calidad moral. Es de los que prefieren, sin ambages, situarse junto a los oprimidos antes que beneficiarse de su capacidad para ser aceptado entre los privilegiados. Su actitud ha mostrado una consistencia inconmovible en la asunción del imperativo de un orden superior, negador del presente, en el que prevalezcan la igualdad y la solidaridad.

Pero, además, lo adornan los atributos de la inteligencia y la constancia, que le han permitido hacerse el intelectual que corona su condición moral. Desde niño se hizo un lector asiduo y disciplinado. Supo nutrirse de lo que le transmitieron sus maestros de la primera juventud, entre los que conozco a Julio Sánchez, Leo Valeirón, Julio Zayas y Marcos Villamán, en una época de efervescencia de intenciones nobles entre los jóvenes.

Resulta natural que en su discurso el saber haya rezumado rigor, como es característico de todos sus escritos. Esto no es ajeno a la virtud que verdaderamente le confiere singularidad a su persona, quintaesencia de su sustancia moral, política, e intelectual: la modestia, como sabemos a perfección quienes lo conocemos. Sus escritos son una prolongación espontánea de su vida. Precisamente como parte de su rigor, se contrapone a lo apodíctico, y avanza en el reconocimiento de la realidad con suavidad y una consiguiente fortaleza, a la usanza de la metáfora taoísta acerca de la propiedad corrosiva de la blanda agua.

En cierta manera este discurso resume el estado de la cuestión a que ha llegado en el estudio de la sociedad colonial. Conocedor de las claves de la historia dominicana, las ha tamizado a través del contacto con los pensadores sobre sus materias. De esta manera, se ha constituido doblemente en especialista de la historia social y de la historia intelectual. En el ámbito social, su especialización como investigador se ha orientado hacia el período colonial, específicamente, el siglo XVIII. La compenetración con los procesos de esa centuria le ha permitido fojarse nociones estratégicas sobre algunos de los grandes procesos de la historia dominicana y de su procesamiento por parte de los pensadores, sin importar sus signos opuestos, desde Pedro Francisco Bonó hasta Manuel Arturo Peña Batlle.

Inició su familiarización con el hasta entonces cuasi-ignoto siglo XVIII, en la segunda mitad de la década de1980, como integrante de la misión en el Archivo General de Indias en Sevilla, dirigida por fray Vicente Rubio, en el cual también participó Genaro Rodríguez. Esos años de incursión en los centenares de legajos relativos a dicha centuria operaron como coronación práctica de su formación cultural, forjando al erudito sobre el fundamento del teórico que ya era, tornándolo “técnico y científico” al mismo tiempo acerca de hechos, datos, personas, estructuras, y procesos de desarrollo para concebir una teoría en movimiento acerca de aquellas lejanas décadas, plasmada en una vasta gama de artículos.

El sentido de compromiso inherente a él lo vincula a una atención prioritaria por la vida de los estratos de la población pobre, aquellos supuestamente carentes de historia. Sin proponérselo taxativamente, al menos hasta cierto punto, ha cuestionado productivamente los supuestos elitistas y excluyentes de las elaboraciones de los historiadores tradicionales, para quienes el único factor dinámico de la historia dominicana ha sido patrimonio de las minorías dirigentes.

La empresa intelectual por él desarrollada ha propendido a rescatar contornos de la existencia de las clases populares y a proyectar su pragmática social y cultural en beneficio de la colectividad dominicana del presente. Esta labor historiográfica sin precedentes se ha centrado en el campesinado, la clase trabajadora por excelencia tras la abolición de la esclavitud, como lo puso de relieve ese grandioso del análisis socio-histórico que fue Pedro Francisco Bonó, inspirador de las miradas renovadas de nuestro nuevo compañero numerario.

Advierte que el campesinado no es una entidad cosificada, sino un sujeto cambiante y dependiente de la evolución de múltiples planos de relaciones. De ahí que su perspectiva de rastreo de los orígenes del campesinado, por medio de la categoría de “arcaico”, haya sido la de la exploración de líneas paralelas, expresión de evoluciones múltiples y desiguales de figuras sociales, entre las cuales se halla el montero, el objeto o, yo diría, en cierta manera, el pretexto de esta radiografía de la mecánica social de una centuria.

Lo que está en juego en el discurso no es describir al montero, y menos detenerse en el plano del folklore o del exotismo, sino rastrear su ubicación dentro de circunstancias macrohistóricas. Desde tal perspectiva, lo que se nos ofrece hoy es nada menos que una síntesis sumaria de la dinámica estructural del siglo XVIII que condujo a la eclosión de las modalidades incipientes del campesinado, entre las cuales destaca la del montero.

Ahora bien, el hecho de que no se detenga en lo anecdótico, al grado de que ni siquiera refiere como problema los tópicos de la primera novela dominicana con ese nombre y de la autoría de Bonó, no significa que desconozca el papel activo de la figura social, consignando su trascendencia para la consolidación del estilo de vida autónomo de libres pobres y libertos. Visualiza en ello, con incisiva capacidad explicativa, la relación entre los mecanismos de reproducción del sistema esclavista patriarcal y las particulares modalidades de resistencia de esclavos y otros sectores subalternos.

Lejos del tópico de la historiografía tradicional acerca de la conformidad perfecta de esclavos y libertos, correlato de su nulidad, el montero es una expresión de los anhelos de autonomía que permitían las grietas del sistema. Fue, por tanto, un hacedor activo de historia, en primer término en la plasmación de su capacidad de intervención en el terreno militar, que lo llevó a constituirse en una categoría explicativa de la subsistencia del conglomerado proto-dominicano frente a los intentos absorbentes de los franceses del occidente de la isla. Al mismo tiempo, el montero fue la encarnación de un estilo de vida que defendió con ayuda de su eficacia en el terreno de la lucha por la subsistencia y de la búsqueda de la autonomía social.

En consecuencia, lo que Raymundo González emprende trasciende incluso a la ubicación de la génesis de determinadas categorías, sociales, no obstante su atención al protagonismo de las figuras del pueblo; más allá, radica en la búsqueda explicativa de los rasgos originales del siglo XVIII, visualizado como un momento de conformación estructural llamado a tener repercusiones cruciales en el decurso ulterior del proceso histórico dominicano. El montero, al igual que las restantes figuras del campesinado en su génesis arcaica, responde a la dinámica estructural de un orden esclavista no evolucionado, en una fase de progresiva descomposición, conectada con la configuración de un escenario de complejo debate social y cultural.

Lo que podemos inferir es que el sistema se encontraba inserto en una dinámica crónica de descomposición, de donde emanaba la imposibilidad de la transición a una fase consolidada y de donde igualmente provenía el requerimiento de someter a las indisciplinadas clases subalternas. Frente a la pretensión de los poderosos por someter a cánones disciplinarios a la población trabajadora, en búsqueda de que generara mayores márgenes de excedentes, el montero simbolizaba la imagen idealizada por los poderosos de la supuesta barbarie rural, remisa a toda noción de civilización y progreso.

Precisamente, en esta temática ideológica y clasista se inserta una de las preocupaciones constantes de nuestro nuevo compañero numerario: la crítica a la ideología del progreso emanada de los sectores ilustrados, adscrito excluyentemente al etnocentrismo del mundo occidental como fuente del único modelo posible de sociedad y cultura. Frente a tal aserto, se legaliza en retrospectiva y, por extensión, en el terreno de la historicidad actual, la alternativa de modos de vida que no se compaginen con el paradigma de la modernización.

En definitiva, para Raymundo González, en lo fundamental, la conformación del colectivo dominicano no ha sido sino el producto de la historicidad de los sectores subalternos.

Aunque la noción de su estructuración nacional haya emergido de porciones ilustradas de los sectores dirigentes, no hicieron más que sustentarse en las realidades generadas en primer lugar por la acción del campesinado y sus expresiones. Particularmente, la gestación de la noción de una comunidad de iguales, síntesis del ideal nacional, tuvo que hacerse en contraposición con el exclusivismo ideológico y social de los sectores superiores. A mi juicio, en problemas de este tipo radica la trascendencia de la elaboración historiográfica sintetizada brillantemente esta noche.

De lo anterior concluyo con que la sustancia de la producción de Raymundo González obliga a su lectura como un referente intelectual de primordial actualidad. Si bien él representa la antítesis de aquellos que, arrogantemente, se proclaman introductores exclusivos del saber, tenemos en él a un maestro, porque sus textos contribuyen a sugerir la reflexión creadora. Entre sus meritos pertinentemente se encuentra la dedicación a la labor educativa, aplicada en el Centro Poveda, en su militancia en organizaciones populares como Copadeba, en la cátedra en el seminario jesuita y en los cursos de postgrado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Tal pragmatismo pedagógico se canaliza en una prosa llana y directa, de brillantez expositiva por retratar un afán creativo, pese a estar exenta de pretensiones literarias.

Habiendo tenido el privilegio de ser su profesor de historia en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, en las postrimerías de la década de 1970, impresionado por la capacidad de vuelo aventajado del alumno, con estas palabras de recepción, me toca el nuevo privilegio de hacer entrega del cetro de académico a nuestro delfín en edad y exponente renovador de la reflexión historiográfica dominicana de nuestros días.






















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